Porque la liviana aplicación del 155 por un lado, y las sospechas contra las negociaciones soterradas del Gobierno con los golpistas por otro lado, son muy graves, es menester que todos los partidos políticos formulen programas claros y precisos de defensa de la democracia que pasan por determinar sin ambages su idea de España como nación. O nación democrática, España, o república federada de pueblos, nada real y todo virtual. Esos programas tendrán que recoger los cambios de la sociedad española en general, y la catalana en particular, si quieren tener alguna plausibilidad más allá de una próxima coyuntura electoral. Varias son las transformaciones y nuevas las circunstancias, todas ellas de amplio calado, que se han operado en España por la crisis provocada por los separatistas. La utilización sin complejos de los símbolos nacionales, sentirse orgulloso de la democracia española, la búsqueda de estabilidad política de más de 2000 empresas que han sacado su sede social de Cataluña, la movilización de millones de ciudadanos de toda España, y especialmente de Cataluña, a favor de la Constitución, el discurso del rey, la justificación política del Gobierno de la aplicación del artículo 155, el apoyo de todos los países democráticos del mundo, empezando por los de la UE, para que se castigue a los golpistas de Cataluña, el funcionamiento del Estado de Derecho, etcétera, son cambios que confluyen en haber creado un inmenso espíritu democrático a favor de la unidad de la nación española.
Ese espíritu democrático se ha llevado por delante muchos vicios y prácticas políticas que con cierta benevolencia intelectual podríamos calificar de carácter autoritario, aunque algunas de ellas rozan las conductas totalitarias, por ejemplo, esa manía supremacista de que ellos son muy superiores al resto mundo solo porque han nacido o adoptados en Cataluña. Varias falacias del nacionalismo identitario están puestas en cuestión por la inmensa movilización democrática de las últimas semanas: el “hecho diferencial” catalán no puede ser premisa previa para negociar algo; le costará mucho a los golpistas reconstruir esa añagaza ideológica llamada excepcionalidad catalana si no son aceptadas las otras 16 excepcionalidades que conforman España. También el castellano, que había sido excluido de la vida pública política, ha vuelto con más vigor que en el pasado, es decir, una Cataluña con una sola lengua es imposible. La protesta ciudadana contra los separatistas ha demostrado, otra vez, que existe algo peor que prohibir la enseñanza en una lengua secundaria que es imponerla. La movilización democrática contra el golpismo independentista ha demostrado con creces que no hay “un solo pueblo” catalán; por lo menos, hay dos grandes “bloques” en Cataluña: españoles demócratas frente a independentistas desleales a las normas constitucionales y estatutarias.
Las grandes manifestaciones contra los golpistas han dejado al descubierto la cruel ideología que alberga la mentira nacionalista: “un sol poble”, cuyo perverso origen es fácil de descubrir. Esta máxima totalitaria provocó uno de los mayores genocidios de la historia de la humanidad; sí, los nazis empezaron gritando “somos el pueblo” (wir sind das Volk) ; más tarde, cuando conquistaron el poder, volvieron a gritar “somos un pueblo” (wir sind ein Volk), y, al final, cuando quisieron imponer su poder al resto del mundo, insultaron la inteligencia con el eslogan “somos el único pueblo” (wir sind einzig Volk). Los catalanes no son ni el pueblo, ni un pueblo, ni el único pueblo, sino que son -nada más y nada menos- ciudadanos españoles. Adiós, pues, a “un sol poble”.
Las conquistas democráticas que los ciudadanos catalanes están consiguiendo, propiciadas, paradójicamente, por el procés, no son pocas. Ahora solo falta que sean recogidas con la debida diligencia por los nuevos programas de los partidos políticos constitucionalistas; si estos, junto al Gobierno de España, no las tuvieran en cuenta, entonces estarían colaborando con los secesionistas para mantener a la sociedad en vilo, o sea encanallada. También serían infieles a la firmeza democrática que el Jefe del Estado mostró en su discurso a la nación contra el intento de golpe de Estado catalán. Por cierto, fue idea del monarca grabar toda su intervención en un plano fijo, sin ningún corte, ni cambio de tamaño de la imagen, para que el espectador no se distrajera ni un sólo instante. Genial. Tenemos un rey que defiende la democracia y sabe cómo decirlo por la tele; según Garci, han sido los 6 minutos mejores de los últimos cuarenta años de TVE, y eso que no salió vestido de Capitán General de todos los Ejércitos, según le permite la Constitución española…