Contradiciendo el significado primero de su oficio, un grupo de policías han manifestado su más elemental carencia de formas (politesse) al referirse a la alcaldesa de Madrid. No repetiré las calificaciones, ni los deseos expresos contra la vida misma de la alcaldesa. Poco antes fueron otros los incontinentes manifestantes de su bufonesca euforia, ante la muerte del fiscal general del Estado. El caso es recurrente y, como tal, un signo de la calidad de nuestra vida social. No se trata sólo de la Schadenfreude, una cierta alegría derivada del mal ajeno, sino de un odio cristalizado, de un desprecio brutal de la vida de otros a los que se concibe como enemigos totales. Deseos de muerte, manifestados con un odio sin clemencia, sin atención alguna al sufrimiento ajeno, y expresados en pestilentes términos acaso propios del lupanar o de la charca. Cuesta encontrar el ámbito apropiado para semejante calaña. O quizás no, quizás su ámbito propio sea precisamente ése en el que se expresan: los grupos de whatsappo las redes sociales. Un espacio virtual, en el que parece gozarse de una aparente impunidad, puesto que la distancia y el disfraz garantizan en apariencia la ocultación. Ese espacio virtual produce un efecto sumariamente descrito por G. Anders: "cuando lo lejano se acerca demasiado, lo cercano se aleja o desaparece. Cuando el fantasma se hace real, lo real se convierte en fantasma". En ese espacio onírico y sugestivo no es preciso arrostrar al objeto del odio o del asco, ni se afronta a los que comparten semejante forma desvirtuada de virtual“comunicación”.
Es posible que esté fuera de lugar cualquier demanda de cortesía. Hace tiempo que se quiso ver en todo gesto de delicadeza y atención en el trato una oscura intención de dominio, hace tiempo que los valores trascendentales perdieron su posición ante al avance de la crítica de toda metafísica teológica, hace tiempo que los bienes culturales se desvelaron como superestructuras o simples sublimaciones de la libido. Nuestra vida, crecientemente descarnada y directa, juzga toda expresión ceremonial, toda actitud social heredada de los viejos ideales caballerescos, como oscuro y despreciable vestigio. O menos benévolamente como elemento microfísicode una intolerable dominación, cuanto menos advertida más peligrosa. Pero la cuestión no es reciente: A. Huxley recordaba en 1946 al marqués de Sade y su intención de lavar nuestra subjetividad de "todo pudor natural, de todas las inhibiciones, laboriosamente adquiridas de la civilización tradicional". Al liberarnos habríamos arrojado las formas que nos constreñían, logrando una liberación perfecta, pero perfectamente negativa. Dueños de una libertad negativa perdemos, sin embargo, el rumbo en el momento pro-positivo; somos libres para cualquier banalidad: libres para vestir de un modo u otro, libres para elegir menú o dejarnos crecer la barba.
Pero las ceremonias cotidianas,fundamento del trato mutuo, no son meros corsés sobrepuestos que normalizan y coartan una voluntad originaria que, liberada de esas fórmulas, se expresaría sin trabas. Son la estructura que configura y define la propia voluntad y es precisamente la educación de esa voluntad, empezando por la formación del gusto, la que está complemente olvidada por nuestros modelos educativos, y entregada a las poderosas herramientas de la sociedad erótico-publicitaria en que malvivimos. La formación de la voluntad, del recto querer, ha quedado destruida por la oleada crítica contra las técnicas disciplinarias. Bajo semejante rótulo se confunden, sin embargo,las técnicas de gestión y explotación del trabajo en la sociedad industrial con las formas antropológicas que erigían y sostenían la vida humana. Una vida humana que no puede ser tal sin comunicación, porque enla comunidad radica la singularidad de nuestra existencia. Su perversión por las nuevas tecnologías, impúdicamente llamadas de información y comunicación, conduce a un nuevo grado, ya no de aspereza, sino de violencia descarnada en la vida social. Manadas para las que el prójimo se oscurece o desaparece y, convertido en fantasma, puede ser violado según prácticas aprendidas de la industria pornográfica, mientras se transmite con jactancia la propia acción. Hordas patibularias que celebran la muerte de un niño que quiso ser torero o desean la agonía lenta de un político. No niego la capacidad de cada uno para sobreponerse a la potencia de sugestión y engaño de las citadas tecnologías, no niego la libertad para la libre oposición y crítica de las acciones políticas, de las tradiciones o de las costumbres. Señalo que nuestra libertad y nuestra capacidad de crítica racional no sólo no serían limitadas, sino que serían sostenidas y fortalecidas por las viejas formas de cortesía que fundaban la vida en común.