La próxima década se antoja como un periodo clave para encontrar mundos como el nuestro.
Mucho ha acontecido desde que en el invierno de 1609 Galileo contemplara maravillado la Luna, los planetas del Sistema Solar o las estrellas de la Vía Láctea, con el telescopio que él mismo
acababa de fabricarse. En todo ese tiempo hemos construido instrumentos infinitamente más potentes, hemos elaborado complejas teorías sobre el origen y la composición del Universo e incluso hemos viajado a algunos de los lugares que el astrónomo italiano divisara hace ya más de cuatro siglos.
En las últimas décadas, la búsqueda de vida ha pasado de ser una actividad marginal relegada a un grupo más o menos reducido de astrónomos (casi considerados frikis) a copar la centralidad del debate en la comunidad astronómica. Ya no se trata de un divertimento. Hablamos, probablemente, del mayor desafío científico, junto con la búsqueda de la Inteligencia Artificial, al que se enfrenta la humanidad. Paradójico ¿verdad? Todos nuestros esfuerzos se centran en encontrar inteligencia, ya sea en otros mundos o en las máquinas que nosotros mismos construimos…
Para llevar a cabo la primera de las misiones, el homo sapiens cuenta con diversas herramientas, que no dejan de ser ampliaciones o mejoras de sus propios sentidos. El anterior artículo abordaba dos de ellos: el oído y la voz. Desde hace mucho tiempo, astrónomos, cosmólogos, astrobiólogos o radioastrónomos escuchan atentamente todo lo que el Universo tiene que decir. Por desgracia hasta el momento no ha sido gran cosa, con excepción de la ya tratada señal Wow!, para cuyo origen seguimos sin encontrar una explicación lógica.
Cansados de escuchar sin que hasta ahora haya habido un interlocutor al otro lado del hilo cósmico, algunos científicos decidieron pasar a la acción, y ser ellos mismos quienes comenzaran la conversación. Esta iniciativa, conocida como proyecto METI ha causado un acalorado debate entre los partidarios del envío selectivo de mensajes a planetas extrasolares similares a la Tierra y los detractores, que consideran esta decisión imprudente y precipitada, dado que nuestros supuestos vecinos galácticos podrían no ser tan altruistas y abnegados como creemos.
¿Qué hay de la vista?
Los telescopios ópticos han evolucionado enormemente desde el rudimentario artilugio de 20 aumentos usado por Galileo para otear el firmamento. Con 39 metros de diámetro, 90 de altura y una longitud focal de hasta 840 metros, el ELT (Por sus siglas en inglés, Telescopio Extremadamente Grande), que entrará en funcionamiento en 2022, permitirá a los observadores ver a distancias de hasta 12.000 millones de años luz.
Pero nuestros ojos modernos no se sitúan sólo en la Tierra, sino también en el exterior. Con el telescopio espacial James Webb (el más grande construido hasta la fecha) los astrónomos dispondrán de una formidable herramienta que incrementará de forma considerable sus dioptrías espaciales, aumentando exponencialmente las posibilidades de encontrar un planeta gemelo de la Tierra.

Exoplanetas y vida
Si las señales de radio son la esperanza de los investigadores “auditivos” que buscan vida inteligente, los planetas extrasolares centran la atención de todos los que miran el cielo. Un exoplaneta se define como todo planeta que orbita en torno a una estrella distinta del Sol, y se sitúa, por tanto, en el exterior del Sistema Solar.
El primero de estos cuerpos astrales fue descubierto en 1992 por Aleksander Wolszczan, un astrónomo polaco que describió 3 objetos sub-estelares de baja masa orbitando alrededor del púlsar PSR B1257+12. Desde esa fecha hasta hoy el número de exoplanetas detectados ha crecido de forma notable. Según la NASA, hasta la fecha se han descubierto 8.054 exoplanetas (todos ellos en la Vía Láctea), de los que 3.558 han sido confirmados y 4.496 permanecen pendientes de verificación.

No obstante, la vida en la mayoría de estos astros sería imposible puesto que se trata de gigantes gaseosos o bien de planetas terrestres, pero sometidos a condiciones extremas. De todos ellos, seis son los principales candidatos de la NASA para albergar formas de vida, a nivel unicelular, pluricelular o incluso inteligente. Estos son Wolf 1061 c (1,64 veces el radio terrestre), GJ 667 C (1.5 veces el radio terrestre) Kepler 62 f (1.41 veces el radio terrestre), Kepler 442 b (1.34 veces el radio terrestre), Kepler 186 f (1.11 veces el radio terrestre) o Kepler 438 b (1,1 veces el radio terrestre), el más parecido a la Tierra de todos ellos.
Técnicas de detección
Pero para divisar un exoplaneta no basta con apuntar el telescopio hacia un determinado punto del Universo y esperar a que pase por delante de nuestra lente. Desgraciadamente resulta bastante más complicado que eso. De todos los hallados hasta la fecha tan sólo un 1,2 % se ha detectado mediante imagen directa.
El método que más éxitos ha reportado de momento se denomina tránsito. Esta técnica se basa en contemplar una estrella y esperar a que el planeta observado pase por delante de ella, formando un pequeñísimo eclipse. “Si esta disminución en la luz que percibimos se repite de forma periódica, podemos estar seguros de que se trata de un planeta”, explica el investigador Jorge Prieto Arranz del Instituto Astrofísico de Canarias. El 77,9 % de los planetas extrasolares han sido descubiertos gracias a este método.

La segunda de las fórmulas más utilizadas, y complementaria de la anterior, es la velocidad radial, a través de la cual han sido encontrados un 18,4 % de los exoplanetas. Esta técnica se basa en observar el titileo de una estrella, el cuál varía debido a la órbita que los planetas siguen a su alrededor. “Imaginemos dos patinadores, uno mucho más voluminoso que el otro. Si ambos se cogen de la mano y comienzan a dar vueltas, el más pesado (estrella) se moverá mucho menos que el delgado (planeta). Como no podemos ver el planeta lo que medimos es la variación en la frecuencia del espectro de la estrella, alrededor de la que gira”, señala Arranz.
Otro método es el de la microlente gravitacional, que se basa en el efecto de los campos de gravedad del planeta y la estrella actuando para aumentar o focalizar la luz de una estrella distante. Es decir, cuando el planeta, su estrella y una estrella lejana se alinean, se produce un efecto lupa que permite a los científicos detectar el exoplaneta en cuestión. No obstante, el principal defecto de esta técnica es que las alineaciones de este tipo sólo sucederán una vez, por lo que el astrónomo no podrá verificar la periodicidad, y por tanto será incapaz de discernir si se trata de un planeta, o de cualquier otro cuerpo celeste que se ha colado en su objetivo.
“Hermanos gemelos”
Si lo que movía a los radioastrónomos era la búsqueda de señales de radio artificiales, como prueba inequívoca de la existencia de vida inteligente, el sueño de todo “cazador” de exoplanetas que se precie es dar con un “hermano gemelo” de la Tierra, es decir, un astro que se encuentre en la zona de habitabilidad del sistema (a una distancia de su estrella que asegure temperaturas similares a las terrestres), que tenga una atmósfera, agua, gravedad, radiación ultravioleta…
Uno de los principales problemas a la hora de localizar mellizos planetarios es precisamente lo difícil que sería de detectar la propia Tierra desde fuera del Sistema Solar. “Resulta mucho más sencillo encontrar un gran astro como Júpiter, que está pegado a su estrella, que algo como nuestro planeta”, explica Miguel Mas Hesse, director del Centro de Astrobiología. “No es sencillo dar con un planeta que tenga el mismo tamaño que el nuestro, que sea rocoso, que se sitúe a una distancia similar del Sol, en torno a una estrella parecida a la nuestra, y que además haya evolucionado durante 3.000 o 4.000 millones de años… Ese es el siguiente paso”, señala Mas Hesse.

En opinión del director del Centro de Astrobiología, ese “salto” no se dará hasta dentro de una década, cuando la ESA (Agencia Espacial Europea) ponga en marcha la Misión Plato. Este satélite, que se lanzará previsiblemente en 2024, será el primero dedicado enteramente a rastrear el cielo en busca de gemelos terrestres. Gracias a sus 26 telescopios de gran resolución, Plato será capaz de analizar miles de estrellas en busca de mundos como el nuestro. “Nos permitirá saber el tamaño, su densidad media, su atmósfera, sus posibles satélites e incluso su temperatura superficial”, destaca Mas Hesse.
¿Cuál sería el siguiente paso?: medir la composición química de esa atmósfera. Ese será el trabajo de la misión Ariel, que será lanzada en la segunda mitad de la próxima década. “Si todas estas misiones funcionan y se confirma la existencia de un número de planetas similares a la Tierra, como esperamos, dentro de tan solo 10 años habremos encontrado gemelos planetarios y sabremos sus características”, indica Mas Hesse.
La carrera por encontrar un gemelo de la Tierra se intensificará en los próximos años, y la mayor parte de los investigadores parecen coincidir en una cosa: en una década, como máximo, descubriremos el ansiado mellizo terrestre. A partir de entonces, la búsqueda entrará en un nuevo nivel. Todos nuestros “sentidos espaciales” apuntarán hacia ese preciso lugar, donde quiera que esté. Nuestras “orejas” buscarán señales radioeléctricas, los telescopios centrarán su “iris” en el estudio profundo del astro, y nuestra “boca” interestelar emitirá un amistoso saludo con la esperanza de que, desde los confines de la bóveda celeste, alguien responda con un sonoro: ¡Hola!