Un estudio científico afirma que en realidad se trata de una especie de oso natural del Himalaya.
Se han cumplido ya casi 20 años desde que César Pérez de Tudela publicara su libro "Yo vi al Yeti: relatos del barón de Cotopaxi". En esta curiosa obra, el intrépido alpinista narra uno de los episodios más impactantes de su vida: el encuentro con el abominable hombre de las nieves...
"Mi personaje ideal, el barón de Cotopaxi, un poco el que yo quisiera haber sido y que hasta cierto punto soy, en una de sus extraordinarias aventuras confesó haber visto al yeti, en el bosque de Lete, del Kali Gandaki, en Nepal, un atardecer del postmonzón de 1973, cuando había fracasado en su intento solitario en la ascensión del Annapurna y estaba refugiado en la pequeña aldea de Chhoy", explicaba Pérez de Tudela, quien siempre ha postulado que el mítico ser es en realidad un "eslabón perdido" entre el hombre y uno de sus antepasados.
Se han dado todo tipo de explicaciones: desde que se trata de una desconocida especie de orangután, emparentado de alguna forma con su primo norteamericano, el Big Foot; hasta que el yeti es en realidad un oso albo lanudo, similar a los osos polares.
No obstante, la Ciencia oficial ha intentado alejarse de este tipo de hipótesis, cuyo talón de Aquiles siempre ha sido la ausencia de pruebas materiales que ratifiquen lo que las antiguas tradiciones orales rezan y los escasos testigos ocasionales (como Pérez de Tudela) han declarado. Y, a la luz de lo que hoy publica la revista Proceedings of the Royal Society, parece que el esquivo misterio criptozoológico está más cerca que nunca de ser resuelto.
Un lugar extremo
La Meseta tibetana, epicentro histórico del avistamiento de yetis, es una vasta extensión (de cinco veces el tamaño de España) situada a 4.500 metros sobre el nivel del mar, con temperaturas que oscilan entre los -4ºC y los -40ºC a lo largo del año. Por su orografía, salpicada aquí y allá de lagos salados de origen glaciar, discurren salvajes algunos de los ríos más importantes de Asia, como el Mekong, el Río Amarillo, el Indo o el Yangtsé. Al sur, los áridos desiertos del Gobi y Taklamakán. En el norte, impávidas, presiden la estampa algunas de las montañas más altas del planeta, como el K2 o el Everest. Debido a estas especialísimas condiciones topográficas y medioambientales, la región mantiene un bioma con una rica diversidad biológica y un alto nivel de endemismo.

Desde hace mucho tiempo, los científicos tienen constancia de la existencia de dos subespecies de oso pardo, el del Himalaya (Ursus arctos isabellinus) y el tibetano (Ursus arctos Pruinosus), que habitan la región noroeste del Himalaya y la meseta del sudeste del Tíbet, respectivamente. Ambos comparten características morfológicas, como la forma del cráneo, aunque existen notables diferencias entre ellos. El oso pardo del Himalaya posee un pelaje más pálido y marrón rojizo, mientras que el oso pardo tibetano tiene un pelaje más oscuro con una peculiar mancha blanca desarrollada alrededor del cuello. Un tercer plantígrado, que coexiste con los anteriores, es el oso negro asiático, aunque suele preferir las altitudes más bajas y los paisajes boscosos.
La hipótesis de los biólogos Tianying Lan, Stephanie Gill, Eva Bellemain, Richard Bischof, Muhammad Ali Nawaz y Charlotte Lindqvist, de las universidades de Búfalo, Noruega e Islamabad; es que, de alguna forma, estas especies locales de oso están detrás de la leyenda del yeti.
Para comprobarlo, decidieron analizar 24 muestras de pelo, tejido, huesos y heces, atribuidas a los plantígrados, pero también al supuesto abominable hombre de las nieves. El primer paso fue extraer el ADN de todas ellas, algo que los investigadores lograron sin dificultad. Una vez amplificado y enriquecido, los científicos consiguieron algo mucho más impresionante y difícil: ensamblar el genoma mitocondrial, con el que podrían averiguar no sólo a qué especie pertenecía cada muestra, sino también cuál es su árbol genealógico.
Ni abominable, ni hombre
Los resultados fueron sorprendentes (o decepcionantes, según a quién se le pregunte): a excepción de un diente, que pertenecía a un perro, las otras 23 muestras se correspondieron con especies de oso. Cuatro en concreto: el oso pardo del Himalaya, el oso pardo tibetano, el oso pardo euroasiático continental y el oso negro asiático. Ni rastro del yeti...

Pero los científicos fueron un paso más allá: "Este estudio representa el análisis más riguroso hasta la fecha de muestras que se sospecha derivan de criaturas anómalas o míticas "homínidas", lo que sugiere fuertemente que la base biológica de la leyenda del yeti es el oso pardo y el negro local", concluye el artículo.
No hay "yeti", no hay "quimio", no hay "mheti" no hay "bharmando"... Ni es hombre, ni es abominable... Lo único que les queda a los nostálgicos es la relectura de los evocadores pasajes del baron de Cotopaxi, ya convertidos en pura ficción...