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POESÍA

José Ramón Ripoll: La lengua de los otros

domingo 17 de diciembre de 2017, 16:22h
José Ramón Ripoll: La lengua de los otros

Premio Loewe 2017.Visor. Madrid, 2017. 106 páginas. 12 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

La XXIX edición del Premio Loewe de poesía de 2017 ha recaído en el escritor gaditano José Ramón Ripoll (1952). Ripoll cuenta con una larga trayectoria profesional: como poeta (El humo de los barcos, 1984; Las sílabas ocultas, 1991; Hoy es niebla, 2002; o Piedra rota, 2013, entre otros), como ensayista (El mundo pianístico de Chopin: pasión y poesía, 1996; Variaciones sobre una palabra (La poesía, la música, el poema), 1997; Dimitri Shostakovich (2004); Beethoven y Liszt: Las 9 Sinfonías (1998) o Cantar del agua, 2006, por nombrar unos cuantos); como conocida voz locutora en RNE, especialmente en programas musicales (él confiesa ser un músico frustrado) y de difusión cultural; y también en el campo de la escena (por ejemplo, montando junto con Fernando Quiñones una versión en castellano de la ópera Carmen).

En su nuevo poemario galardonado, La lengua de las otros, Ripoll quiere separar su palabra de la palabra de «los otros», una palabra «original», pura, no contaminada, «en comunión con el vacío, con la nada», que se aleje de ese idioma utilitario que se utiliza con la finalidad de la comunicación y que está cargado de un uso social, de palabras que son «como un canto de sirena» que nos distancia de nosotros mismos. Caballero Bonald -de quien Ripoll es igualmente admirador y estudioso-, dice que su poesía «tiende a la autosuficiencia en tanto que síntesis alternativa de la realidad». Alternativa que se plantea en las páginas de La lengua de las otros, cuyo lenguaje se sitúa -según palabras del propio Ripoll, pronunciadas en el programa radiofónico Tres en la carretera el pasado septiembre- en «un momento intangible antes del nacimiento» y, de ahí, la estructura en tres partes que le ha dado al poemario: la primera, en forma de viaje a la infancia que termina precisamente en ese momento anterior a su llegada al mundo como hombre («¿En qué lugar del útero celeste / dejé las instrucciones de la vida, / las rutas de los sueños / y la disposición de ser el germen de mi propio albedrío? / ¿En qué revestimiento olvidé el verbo / que había de conjugar para ser libre?»). Un viaje doloroso, pero salpicado de destellos que iluminan las sombras. La segunda es una perspectiva del nacer («Dudo bajo el embozo de las sábanas / y es el verbo que habré de conjugar / antes de ser posible / o ante un posible ser»); y la tercera es el nombrar, la palabra. Porque, continúa Ripoll, sus versos son como «un germen de palabras para representar la soledad» («Tú, dentro, en tu pureza, / vienes al barro donde se arremolinan / ya los cuerpos mudos / que sin saber de ti ni del amor / se amaron hasta el propio exterminio»). Por eso, quizá, la elipsis y la desestructuración semántica son los recursos más patentes, junto a múltiples elementos simbólicos, propiciando un alejamiento de lugares comunes y razonamientos ya asumidos o previstos: «Vaga y di: / este silencio que cohabita / en la lengua de los muertos / es lumbre y luz primera, / la preexistente luz que ahora, / lejos de siempre y tú / adverbias y pronombras / para determinar lo indefinido, / aquello que sin principio insiste / en llegar un final / sin haber sido nunca».

Es la lucha continua con la identidad, con el propio «ser», con el «ser» de los demás, con la materia y no materia que conforman la existencia: tiempo, memoria, nacimiento que es muerte, palabra que es lucha y por eso es vida. Podríamos definir la pulsión poética de José Ramón Ripoll en La lengua de los otros y en el resto de su poesía con sus propios versos: «Nacer y no: / llaga perpetua».

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