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TRIBUNA

Ante las "fake news", periodismo

sábado 30 de diciembre de 2017, 19:54h

Las llamadas “fake news” (noticias falsas) y la denominada “posverdad” - como si detrás de la verdad hubiese algo más, otra “verdad”, o acaso una mentira que puede llegar a ser más conveniente, que, como en las monedas, tiene igual valor probabilístico (y moral), sólo hay que tirar, y en este caso, más bien ver quién tira, y observar qué sale - actúan sobre el sedimento de prejuicios. Son, así, en realidad, elementos de adoctrinamiento y propagada disfrazados de noticia que de manera intencionada o involuntaria por periodistas y medios impulsan o difunden.

Se trata, entonces, de material cuya función es ahondar prejuicios ya existentes - creados a través del tiempo como creencias, como certezas incontestables -, y para convencer a aquellos indecisos o indiferentes: el fin, ampliar la brecha entre el campo de los “persuadidos”, y de todos aquellos que representan al “otro” – ingrediente imprescindible para cualquier prejuicio -, e impedir el razonamiento crítico, el encuentro del argumento y del escepticismo, que podrían desprenderse de un diálogo.

Porque el prejuicio, que se exterioriza como “opinión”, defiende su pequeña elemental naturaleza interponiendo el sentimiento de ofensa (las pasiones) como una medida de protección, de subsistencia, ante aquello que se desvía de dicha sustancia, y responde en consecuencia con el insulto: una estrategia que cancela la posibilidad de que ingrese la más mínima duda al cuerpo de preconceptos e intransigencias.

No en vano, Arthur Schopenhauer decía que “el descubrimiento de la verdad se evita con más eficacia, no por la falsa apariencia que presentan las cosas, que inducen al error, ni de manera directa por la debilidad de las facultades de razonamiento, sino por una opinión preconcebida, por los prejuicios, que como un pseudo apriorismo se interpone en el camino de la verdad...”.

Estas posiciones inflexibles son muy difíciles de modificar; a fin de cuentas, presentan un cómodo reducto que no exige un continuo examen de los valores y elementos que sostienen el sistema de convicciones. Simplemente se sostiene en el tiempo. Así pues, ante opiniones contrarias, ante evidencias que podrían tirar por tierra los “fundamentos” de la propia preconcepción, la respuesta es el rechazo.

Este comportamiento, sostenía Shopenhauer, es aún más marcado cuando el prejuicio, es decir, el error, es compartido por un gran número de personas: “una vez que han adquirido una opinión, la experiencia y la instrucción pueden hacer su labor durante siglos contra [el error], y pueden hacerlo en vano”.

Cada una de esas “noticias” falsas trabaja sobre ese sustrato persistente – que puede permanecer en un estado que se parece al letargo; aunque más probablemente sólo pase inadvertido – que sólo precisa de unas ciertas condiciones (muy a menudo son las crisis económicas las que obran como catalizadores) para su crecimiento o manifestación abierta y consentida.

Pero no sólo eso, cada una de esas falsificaciones publicadas como material informativo socava la credibilidad de los medios de comunicación, que son, o deberían erigirse, como una de las barreras contra la proliferación de los engaños que amasan fanatismos y obediencias. Ante ello, la documentación, la verificación y corroboración de la información, el contexto: recuperar el tiempo que la “inmediatez” que las redes sociales pretenden imponer. Esa “inmediatez” no es otra cosa que una apelación a la credulidad, que un salvoconducto para el embuste.

En resumen, ante las “fake news”, periodismo. Ética. Y más periodismo.

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