Iñaki Domínguez, (Barcelona, 1981) al que hoy entrevistamos para hablar sobre su último libro, 'Sociología del Moderneo', lleva casi dos décadas vinculado a la noche madrileña. Ha estado integrado desde los 15 años en "estéticas alternativas"; ha pintado grafitis por los escondidos vericuetos de la Malasaña más noventera; ha pateado las pistas de vetustas discotecas como Long Play, Deep o la Rave del Goa; aunque ahora mismo donde más suelen encasillarlo es en la categoría de 'cultureta', algo de lo que él mismo dice "no estar orgulloso", pero que acepta con resignación.
Paradójicamente, aunque analice las últimas tendencias que germinan en la cambiante sociedad actual, sigue utilizando un Nokia 'heredado' de su padre: sin acceso a Internet, cámara o WhatsApp, ni ninguna otra utilidad propia del digital siglo XXI.
Su formación filosófica y antropológica (licenciado en lo primero, y doctorado en lo segundo), unida a su profundo conocimiento de la vanguardia cultural de la capital de España, le sitúan como uno de los gurús a los que acercarse para conocer cuáles son las tendencias actuales y qué podemos esperar en un futuro no muy lejano de las cambiantes y cada vez más difusas tribus urbanas como los 'hípsters' y los traperos.
-¿Qué te llevó a escribir sobre el 'moderneo'?
Se me ocurrió tomando una cerveza. La idea era escribir un ensayo rápido sin muchas referencias. Yo había salido toda mi vida por Malasaña y había 'moderneo' y hípsters por todas partes. Y me di cuenta de que tenía un trabajo antropológico de 20 años (desde los 15 a los 35). Era ideal porque ya tenía toda la información que necesitaba.
-¿A qué se debe que utilice un teléfono tan antiguo?
No. Hay dos razones fundamentales: no quiero que interfiera con mis investigaciones y lecturas, y por otra parte, prefiero no tener acceso a la red, en según qué momentos, por ejemplo, cuando me voy de copas, porque se dicen muchas tonterías en redes sociales (risas).
-¿El 'moderneo' es bueno, malo o necesario?
El 'moderneo' nace de la necesidad de sentirse especial. A partir de los años setenta, en pleno boom económico y con el desarrollo de la sociedad del bienestar, el 'moderneo' se convierte en algo socialmente necesario, porque las personas ya no se conforman sólo con tener dinero, sino que buscan algo más. Esto es algo que se ve muy claramente en el nacimiento de la cultura jipi: individuos incómodos con las sociedades en las que vivían pese a ser las personas que más oportunidades habían tenido en toda la historia del mundo. Si partimos de la idea de la pirámide de Maslow, en que las personas van cubriendo cada vez necesidades más sofisticadas, el 'moderneo' se situaría en la cúspide, en la categoría de la autorrealización. Los modernos tienen la necesidad de sentirse especiales.
-¿Es entonces cuando nacen las tribus urbanas?
Un poco después, en los años setenta, cuando el mercado se dio cuenta de las ganas que los jóvenes tenían de consumir identidades. Toda tribu urbana es una forma fantástica de suprimir la identidad individual concreta, eliminando, a su vez, cualquier anhelo revolucionario o potencial vía de cambio del sistema, mediante la satisfacción cognitiva.
-Da la sensación de que estas tribus están cada vez más difuminadas. ¿Compartes esa idea?
Es posible que cada vez estén menos definidas, pero cada época contiene una tribu urbana dominante, y en este sentido podemos decir que el fenómeno 'hípster' se ha acabado imponiendo al resto...
-¿Cuál crees que será la próxima tribu urbana que domine la escena?
Si tuviese que hacer una predicción diría que el 'Trap', que es lo que más se está llevando ahora entre las clases medias-altas.
-En tu libro hablas de los coolhunters, o cazadores de nuevas tendencias. ¿El 'moderneo' es el producto de un laboratorio de moda o nace espontáneamente de la propia gente?
Yo apostaría por lo segundo. España es un país relativamente periférico en términos de tendencias, si lo comparamos con ciudades como Nueva York, donde surgió el fenómeno 'hípster'. Siempre ha habido un contagio cultural. Por ejemplo, Alaska se hizo punki después de viajar a Londres con su madre. No obstante, hoy en día, con las nuevas tecnologías e Internet, ese proceso de contagio cultural se ha vuelto mucho más natural y rápido.
-¿Hasta qué punto juegan un papel importante las figuras públicas como promotoras de estos nuevos movimientos culturales?
Siempre han sido muy importantes. Después de la película 'Easy Rider' (1969), en la que se muestra el tráfico y consumo de cocaína, las ventas de esta sustancia se multiplicaron en Estados Unidos. Algo parecido sucedió con el 'Break Dance'. Después de que lanzaran 'Flashdance' (1982), los chavales de Los Ángeles imitaron el estilo de la cinta, que se convirtió un vehículo de ese contagio cultural.
-¿Tiene edad el moderneo?
Diría que no. Antes un moderno debía tener entre 15 y 35 años, pero hoy en día esa escala ha desaparecido. Por ejemplo, todo hípster suele tener más de 30 años. Como dice la psicología cognitiva, "la edad es un número", lo que es una falacia absoluta, pero bueno esa actitud es la que predomina... (Risas)
-En tu libro te refieres al valor utilitario actual de las drogas en oposición al sentido simbólico que se les daba en décadas pasadas ¿Qué quieres decir con esto?
Muchas tribus urbanas modernas utilizan drogas como el éxtasis para un fin concreto: generalmente romper las barreras personales o crear empatía con el otro. No se creen guays por consumirlas sino que lo hacen por puro interés, por ejemplo, a la hora de ligar.
-También criticas a una sociedad que consideras cada vez más dogmática ¿Estamos perdiendo el espíritu crítico?
Toda cultura es dogmática en sí misma. Existen diversos valores impuestos de antemano: tenemos formas de saludar, de hablar o de comportarnos que son irracionales pero aceptadas socialmente. Este extremo se hace más palpable en subculturas superficiales como las que cito en el libro. Cuando se siguen ciertos códigos somos capaces de atraer sexualmente a una mujer o un hombre, o de evocar un prestigio, aunque en realidad una mente crítica debería descubrir eso a través de la comunicación y del análisis racional. Hoy en día nos saltamos eso, simplificamos la realidad y nos valemos de esos dogmas para proyectar una identidad.
-Las nuevas tecnologías están influyendo de forma notable en las pautas de conducta de los individuos ¿Estamos cada vez más aborregados?
En mi opinión vivimos un proceso de polarización. Cuando tú tienes un móvil puedes usarlo de dos maneras: puedes emplearlo para informarte y crecer como persona o puedes utilizarlo para ver los 'likes' de tu Instagram o compartir fotos de personalidades como Paris Hilton o Kim Kardashian. El desarrollo cultural nos ha dado más libertad, pero ha dejado la capacidad de elección en manos de cada uno. Podemos adherirnos a una moda para no pensar o podemos encontrar nuestro propio camino crítico.
-¿Cuál es tu predicción?
No descarto que en el futuro se forme una sociedad distópica en la que un grupo ultraformado, que profundice en el pensamiento crítico, domine a un rebaño de borregos, que se deje guiar.
-La tesis de tu libro es que la subcultura del 'moderneo' no tiene nada de original, es un deja vu ¿Vivimos en un constante remember?
No hay ideas originales. Todo es un reciclaje simbólico. Como no se pueden crear cosas nuevas ad infinitum nos hacen creer que consumimos cosas nuevas. El que corre se llama runner; el que juega a videojuegos, gamer; y hablamos de selfies para referirnos a las autofotos...
-Otra de tus críticas es el positivismo en el que se ha instalado la sociedad actual, que parece ignorar las concretas circunstancias de cada individuo ¿Qué implica dicha tendencia?
Es una herramienta más para la dominación que parte de la psicología cognitiva. Que uno no pueda quejarse de nada y tenga que estar siempre contento, es una fantástica forma de lograr que el sujeto deje de ser contestatario y crítico. A mi juicio para llegar a ese pensamiento positivo cada persona debe crear las circunstancias favorables que le lleven a pensar positivamente. La idea de que un individuo va a encontrarse bien consigo mismo por un simple acto de voluntad es imposible.
-¿Qué opinas, como catalán, de los nacionalismos, tan populares últimamente? ¿No chocan con el mundo cada vez más globalizado en el que vivimos?
Totalmente. El nacionalismo catalán contradice la imagen que tenía Barcelona como ciudad cosmopolita.
-Y sin embargo, muchos supuestos modernos son nacionalistas...
Muchísimos. Eso significa que en el fondo el 'moderneo' no es más que una capa superficial. Una herramienta para tener prestigio, para ligar y para obtener beneficios sociales, pero la verdadera conciencia, regionalista en este caso, va por debajo.