La alcaldesa de Barcelona ha decidido quitarse la careta de la ambigüedad y ponerse al frente de la rebelión secesionista. A Colau no le importa deteriorar la imagen de la ciudad y poner en riesgo el negocio que supone que Barcelona sea la sede del Mobile World Congress, la feria más importante del mundo de telefonía que reporta más de 500 millones de euros al año a la ciudad condal, que genera más de 13.000 empleos, que acoge a más de 100.000 congresistas y que beneficia a las empresas turísticas.
Con el desplante al Rey y la beligerante actitud de la alcaldesa alentando las protestas, los congresistas tuvieron que superar dos cordones policiales para poder acceder al Palacio de la Música, donde se celebró la inauguración del MWC, pues los manifestantes separatistas se concentraron en los alrededores para vociferar contra la presencia del Rey con caceroladas e insultos. Una imagen lamentable para los cientos de miles de asistentes y visitantes de todo el mundo y, sobre todo, un gran riesgo para el futuro de Barcelona, pues la patronal de empresas de telecomunicaciones (GSMA) puede decidir cambiar de sede en cualquier momento.
Pero el Rey, que sabía que iba a ser boicoteado por la alcaldesa y las autoridades catalanas y que iba a ser recibido con abucheos, se presentó sonriente, saludó a los organizadores del Congreso e ignoró los desplantes de una y de otros pronunciando un brillante discurso sobre el futuro tecnológico del mundo. Toda una lección de Felipe VI a Colau, a Torrent y a los broncos manifestantes. Toda una lección por su dignidad y por su actitud al apoyar a Barcelona como sede del Congreso, cuyo contrato expira en 2023 si la dirección de la feria no decide suspenderlo tras los incidentes provocados por los separatistas.
La alcaldesa de Barcelona, que desde 2006 ha ingresado en las arcas municipales más de 4.000 millones por el Congreso, ha demostrado una vez más que no le importa destruir la imagen de su ciudad, provocar el enfrentamiento social, arruinar la economía o destruir puestos de trabajo con tal de protagonizar sus ridículos gestos independentistas desde el más rancio comunismo. Felipe VI ha demostrado que, contra viento y marea, está donde España le necesita. Que, ahora, es en Cataluña. Esa ha sido la gran lección del Rey a Colau y a todos los vociferantes separatistas.