El 8 de marzo, Día internacional de la mujer, es una ocasión adecuada. Y como hombre expreso aquí lo que veo, porque desde luego no podría yo hacerlo como una mujer, al no serlo. Y deduzco que eso mismo le sucede a las mujeres cuando se pronuncian. Nos vamos a entender muy bien, entonces.
Si el año pasado en mi “feis” las mujeres expresaron ideas muy interesantes sobre su condición y su realidad –múltiple, absolutamente múltiple, ninguna superior a otra– este año, en medio del acoso confeso de artistas varias ante el movimiento #metoo –sí, de aquel acoso que en su vida padecieron, tal y como tuvieron la inmarcesible oportunidad de rechazarlo, dándose la media vuelta ante el grosero insinuante– y el necesario, obligado reconocimiento público de que la mujer es injustamente acosada y no es admisible en forma alguna toda aquella agresión, traba, limitante e impedimento recibido, enfrentado por la mujer por solo serlo –otorgando ventajas a los varones, por serlo– es que desde luego, no sobran las oportunidades de alzar la voz cuantas veces sea necesario, para combatir tales prácticas deleznables.
Por supuesto que pertenezco a una generación que vio a la mujer consolidar su presencia en los más de los ámbitos del quehacer humano –y es plausible denunciar que la limiten– siendo inaceptable que la mujer sea sobajada por serlo, para que solo así pueda obtener oportunidades. Esas canalladas son inadmisibles. Nunca serán suficientes los espacios ni las oportunidades de denuncia, mientras existan semejantes desgraciadeces en contra de la mujer, solo por serlo. Defender su respeto, procurarlo, promoverlo, se debe. Es una tarea persistente el educar en la igualdad y desde luego, no admitir el perjuicio a la mujer en forma alguna. Y sí, ponderando su entorno y tradición cultural al tiempo que no me dejan boquiabierto las posturas recalcitrantes feministas, ante las que me doy media vuelta.
Para mí sí es adecuado marcar un día en pro de la mujer universal –qué sí, que todos días, los son– porque dota de visibilidad la desigualdad de nuestro mundo. Nos alerta y nos conmina a combatirla, pero de forma inteligente y no precisamente con las tetas al aire, porque todavía hay mucho por hacer en pro de la mujer. Su movimiento reivindicatorio –consiga muchos o pocos avances día con día y en cada acto, en favor de la equidad de género– en una lucha permanente por el acceso a la igualdad de oportunidades –multitemáticas, del salario igualitario al acceso sin cortapisas a la vida política, del respeto a su voluntad y a sus decisiones en multitud de temas (de la maternidad y el aborto al tatuaje o la prenda que quieran usar)– que supone, implica una batalla cotidiana que no ha de cesar en búsqueda del respeto a su persona. Y sí, estoy convencido de que los varones dejen de interferir en sus decisiones usurpando su voluntad, atrayéndola a su conveniencia y no a la de ellas (como incitarla a abortar por no querer ellos responsabilidades). La suma de todo se marca en el calendario el 8 de marzo.
Para mí no es admisible ni la dictadura de género ni la descalificación de la llamada ideología de género. Tampoco es solo tema de culturas o sociedades. Sería simplificar. Recuerdo a una furibunda periodista española, Sara Carbonero, agrediendo verbalmente a Hugo Sánchez (no presente) diciendo que tal o cual comentario del exfutbolista mexicano era machista, porque tal vez en su país de origen eso valía. Estoy un tanto harto de que se mire la paja del ojo ajeno. A la Carbonero solo quedaba responderle que las cifras y manifestaciones concretas de maltrato a la mujer en España y en México llaman a cautela de ambas sociedades al opinar, cuando se señala a la otra, porque ambas son de vergüenza. Igualitas. Porque una de una manera y la otra, de otra, en ambas la agresión existe y es más palpable de lo que mentes europeizadas o americanizadas quisieran reconocer al presumir de liberadas. El trabajo conjunto entre ambos sexos en las dos, permitirá atender el tema alarmante.
Así, la fecha del 8 de marzo no es ociosa, antes bien es una llamada de atención sobre lo mucho que ha de trabajarse en este mundo para que la visión femenina de la vida comparta los mismos derechos que la masculina, allí donde se la ha negado o estigmatizado. Y por todo lo referido, me molestan sobremanera las actitudes recalcitrantes que acusan de machista todo lo que a su leal saber y entender les parece. Que les parezca no quiere decir que acierten. Y las más, se equivocan holgadamente. Un sector de mujeres cada vez más amplio está perdiendo los papeles en su defensa, en el nombre de algo que pierde sentido cuando radicaliza posiciones o actúa extrañamente, de manera igual que lo que critica enfilándose contra el otro sexo.
Me voy a ir hacia dos temas: recibir una simple y llana atención o un halago. Un conocido menciona que abrió la puerta a la mujer como atención. La persona destinataria lo ha increpado diciéndole que no está minusválida para que le abriera la puerta. Respondo: nadie está obligado a dar el paso. Es una simple y llana atención sin otro mensaje. Si usted se lo atribuye, poco puedo hacer. Nadie merece ser increpado como algo así.
Mismo tema con el halago recibido. La mujer sabrá perfectamente bien cuándo un halago, un piropo no pasa de serlo. Intentar ver lubricidad y acoso, peligro en grado sumo, como respuesta inmediata y como discurso defensivo y ofensivo de su parte, vende, pero no es preciso. Es irse por los cerro de Ubeda y perder los papeles. Es confundir las cosas. No lo secundo. Una reciente campaña advierte que no se confunda un halago con otra cosa. Ni prima belleza a inteligencia ni supone sexo por delante. Es un halago, nada más.
Pienso en la persona destinataria de la atención, repito, atención, del hombre que le abrió la puerta o la halaga. No pasa de ser una atención. Buscarle más es ocioso y si lo hubiera más, usted como mujer tiene las herramientas para desenmascararla. Eso sí, sea cuidadosa en cuanto a sus valoraciones. Tasar todo por igual es un error mayúsculo. Y es pertinente que lo sepa. Y sí, la mujer no está obligada a agradecer la atención recibida. Faltaba más. Que la educación es de quien la da, no de quien la recibe, sin duda.
¿Usted como mujer se piensa que con mi atención de entrada la acoso, que le pido sexo, que quiero hacerle un hijo, que la pido en matrimonio, que la miro para un escaparate o como trofeo sin valorar sus capacidades (las que usted considere poseer, valga decirlo) sin importarme tales? pues le respondo como varón, porque es mi turno de opinar: mire usted: no soy tan macarrónico en mis procederes. Sería un equívoco actuar así a priori. No puedo hacer mucho por lo que piense. Soy cauto y no intentaré incomodarla y hasta allí, porque no pienso dejar de ser cortés. Es una atención que no estoy obligado a tener y gustoso la tengo. Esperaré a lo más un simple “gracias”, si usted lo desea, pero de eso a suponer que la sobajo, hay un mundo. Y en el Día internacional de la mujer solo puedo decirle que agradezco al sexo fuerte, la mujer, que quiera compartir la mitad del mundo. Ustedes que son quienes en verdad la llevan y que sin ustedes el mundo sería solo la mitad y así por mitad, no me vale. Es lo que puedo decirles, no apelando ni a su comprensión ni su conmiseración, justo porque tampoco yo la pido ni la requiero. Por aquello de la igualdad. Es cuanto.