Recuerdo la última vez que lo vi, con su eterna melena y aquella pose estudiada, jugando a hacerse el tímido detrás de su guitarra. Aquello pasó hace muchos años, junto a la chimenea de un bar que ya no existe, en una ciudad que ya no es lo que era.
Le perdí la pista cuando terminaron mis días de estudiante. Sevilla quedó atrás, en el recuerdo, y todos regresamos al hogar, como vuelven los soldados de la guerra, cambiados para siempre.
Hoy encontré su nombre en la portada de un libro, mientras navegaba, distraído, entre las redes de internet. No podía dar crédito a mis ojos. Soy como puedo, rezaba el título. Al parecer, Joaquín Calderón, había decidido hacer oposiciones a poeta.
Siempre es difícil hacerse ver en el escaparate poético, lo sé por experiencia, pero cuando se debuta de la mano de Renacimiento, con la responsabilidad que ello conlleva, es señal de que se están haciendo bien las cosas. Calderón, se presenta al mundo de la poesía con un diario en verso de sus andanzas cotidianas. El poemario podría equipararse con el cuaderno de viaje de un pintor, en el que los poemas son rápidos esbozos de la realidad observada. En cada línea se hace patente el bagaje que le otorga su condición de músico. Se adivinan las largas noches de hotel, la distancia insostenible y el abrumador peso de la ausencia.
Sus poemas son canciones sin música, aunque con cierto ritmo. Desde la primera sílaba, se defiende con un lenguaje directo y sencillo que, aun estando alejado de la complejidad de lo metafórico, busca siempre la picaresca del doble sentido. Es delicioso verle hablar con cariño de su hijo, de su padre y de sus perros, o dedicarle una oda a una llave perdida que, sin pretenderlo, acaba por dejar muchas puertas abiertas.
Técnicamente hablando, se podría decir que Joaquín Calderón tiene todavía una cita pendiente con la métrica. En ocasiones, se extraña un cierto orden compositivo y un poco de atención hacia la rima que, aun siendo libre, tiende a caer en la asonancia. En cualquier caso, errores perdonables para quien se enfrenta, por primera vez, al reto intelectual de la poesía.
En mi opinión, estamos ante la semilla de un árbol que crecerá tanto como su autor quiera, siempre que, además del nutriente esencial del sentimiento, se aventure a utilizar las siempre necesarias herramientas de la poda.
Como conclusión, me atreveré a decir que Soy como puedo calará especialmente entre los jóvenes, complaciendo a esos lectores que anden buscando una escritura fresca y natural, de corte canalla y callejero y fondo melancólico, reflejo poético de esas canciones tan “anfibióticas” a las que el cantautor nos tiene acostumbrados.