Allá por el mes de septiembre de 1934, en Praga, el líder sionista Zeev Jabotinsky (1880-1940) advirtió que, en caso de guerra, “nosotros no seremos el único pueblo en ser exterminado, pero seremos el primero en serlo”. Georges Bensuoussan, el célebre historiador francés, recuerda en “Un nom impérissable. Israël, le sionisme et la destruction des Juifs d´Europe” (Seuil, 2008) cómo el famoso profesor y educador Ben-Zion Dinur (1884-1973) vio en el ascenso de Hitler al poder el fin de la era de emancipación abierta para los judíos de Europa por la Francia revolucionaria. Ni Jabotinski ni Dinur necesitaron esperar demasiado para ver la deriva de nuestro continente. La llegada de los nazis al poder no era tanto la causa como el síntoma de un descenso de Europa hacia el abismo.
Poco antes, el gran Joseph Roth (1894-1939) había dado la voz de alerta en términos dramáticos: “Pocos testigos en todo el mundo parecen darse cuenta de lo que significa la quema de libros, la expulsión de los autores judíos y todos los demás desvaríos llevados a cabo por el Tercer Reich para aniquilar el espíritu […] Nosotros, los escritores alemanes de origen judío, en estos días en los que el humo de nuestros libros quemados sube hasta el cielo, hemos de reconocer sobre todo que hemos sido vencidos. Nosotros, que hemos constituido la primera oleada de soldados, que hemos luchado bajo el estandarte del espíritu europeo, hemos de cumplir con el más noble deber de los guerreros vencidos con honor: reconozcamos nuestro fracaso”.
Tras la guerra, Hannah Arendt (1906-1975) valoró la trascendencia que el antisemitismo tuvo para la construcción de los regímenes totalitarios que habían asolado Europa y cuya opresión -ahí estaba la Unión Soviética- no había cesado. No en vano dedica al odio hacia los judíos toda la primera parte de su monumental obra “Los orígenes del totalitarismo” (1951). El libro, publicado apenas seis años después de terminada la guerra y sólo tres después del nacimiento del Estado de Israel, sigue arrojando luz sobre las sombras del antisemitismo en Europa. Sus reflexiones sobre el antisemitismo de izquierdas, por ejemplo, son valiosísimas para comprender, por ejemplo, lo extendido que está el odio a Israel entre ciertos círculos que se pretenden “progresistas”. El antisionismo de hoy intenta ocultar el antisemitismo de siempre.
Así, no faltan elementos de juicio para valorar la gravedad de los dos asesinatos antisemitas cometidos en Francia en apenas un año -el de Sarah Halimi en abril de 2017 y el de Mireille Knoll, superviviente del Holocausto, el pasado 27 de marzo- ni para calibrar la trascendencia de los silencios cómplices, las ambigüedades calculadas y las equidistancias cuando se trata de denunciar el antisemitismo que hoy crece en Europa. El Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia (CRIF) ha dado un ejemplo de claridad moral y coraje cívico al excluir de la manifestación en protesta por el último crimen tanto al Frente Nacional (FN) como a Los Insumisos, la formación de extrema izquierda que lidera Jean-Luc Mélenchon. El presidente del CRIF, Francis Kalifat, ha denunciado la “sobrerrepresentación” de antisemitas en las dos formaciones políticas. En los dos extremos del arco político francés, se dan cita los negacionistas del Holocausto y los demonizadores de Israel, los que niegan la existencia de las cámaras de gas y los que niegan el derecho de Israel a existir. Por supuesto, no todos los votantes de estas formaciones comparten el antisemitismo de algunos de sus militantes, pero la “sobrerrepresentación” termina contaminando a toda la formación política como partido.
El presunto homicida de Sarah Halimi, un joven llamado Kobili Traoré, irrumpió en el domicilio de su víctima gritando “Allah akbar” –“Alá es el más grande”- y, después de torturarla y tirarla por la ventana, exclamó: “he matado al Satán”. Los presuntos autores de la muerte de Mireille Knoll son dos jóvenes, Yasin y Álex de 27 y 21 años respectivamente. Éste último ha declarado, según Le Figaro, que fue Yasin quien apuñalo a la víctima gritando “Allah akbar”.
Estos indicios han centrado la atención de la opinión pública, una vez más, sobre otra dimensión del antisemitismo en la Europa de hoy: aquel cuyo origen está en los grupos radicales de islamistas y yihadistas que abundan en las “banlieues” y los suburbios pobres de las grandes ciudades de Francia. Los atentados terroristas de los últimos años ya habían hecho saltar las alarmas entre las fuerzas y cuerpos de seguridad de la República. Pocos días antes del asesinato de Mireille Knoll, Alain Finkielkraut, Bernard Kouchner, Sylvain Tesson, Yann Queffelec, Luc Ferry, Françoise Laborde, Élisabeth Lévy y así hasta un centenar de intelectuales franceses habían publicado un manifiesto alertando del “nuevo totalitarismo islamista” titulado “No al separatismo islamista” publicado en Le Figaro.
Francia está dando un ejemplo de valor cívico y altura a la hora de afrontar la cuestión del antisemitismo en nuestros días, pero este debate es necesario hoy en Europa. La claridad moral a la hora de desautorizar las tendencias antisemitas que condicionan la actividad de los partidos -la “sobrerrepresentación” a la que se refería el CRIF- debe ir acompañada del coraje de denunciar el antisemitismo que prolifera entre grupos islamistas y yihadistas por todo el continente. Desde las campañas de boicot hasta la exaltación del terrorismo, la deslegitimación, la demonización y el doble rasero contra Israel aparecen con frecuencia en el activismo y la propaganda de estos grupos que, a su vez, gozan del apoyo y el respaldo de otras organizaciones radicales por toda Europa e incluso de gobiernos extranjeros.
Sería un error pensar que el antisemitismo es un problema de los judíos o de Israel. Es un problema europeo y afecta de lleno al corazón mismo de nuestra civilización, es decir, al conjunto de principios y valores sobre los que se edificó Occidente: la dignidad intrínseca de todo ser humano, la libertad, la razón, la limitación del poder, la igualdad… Los totalitarismos que ya amenazaron con destruir nuestra civilización tuvieron como rasgo común el antisemitismo.
El proceso de integración europea que culminó en la Unión supuso una esperanza de paz, prosperidad y libertad para todo el continente. El proyecto de Adenauer, Schuman, Monnet, de Gasperi y tantos otros parecía dejar atrás las sombras de la Europa de Entreguerras y los totalitarismos que con tanto acierto analizó Hannah Arendt. Sin embargo, esta triple faz del antisemitismo -los dos extremos políticos y los grupos islamistas y yihadistas- debe movernos a la mayor de las preocupaciones. Si Europa deja de ser un lugar seguro para los judíos, no crean que el peligro terminará con el último judío expulsado, muerto o silenciado. Si eso sucede, esa esperanza de libertad, paz y prosperidad que la Unión encarnaba habrá muerto por completo y será cuestión de tiempo que a unos o a otros les llegue su turno.
Hace unos años, a propósito del odio contra Israel, Horacio Vázquez Rial escribió unas líneas que, últimamente, recuerdo a menudo: “Hace unos años, yo pensaba que, si caía Israel, el resultado inmediato sería un pogromo planetario, con cosacos y SS de todos los colores en una prolongada matanza, ya no industrial, como en los lager, sino artesanal, hasta acabar con el último judío. Ahora sé que no será así, que no cesará con el último judío, sino con el último lector, el último escritor, el último músico, el último científico, el último hablante. Si Israel cae, la sharia se impondrá en el estilo Pol Pot, con la colaboración de los mismos que miraron con simpatía a los jémeres rojos, víctimas del imperialismo y otras majaderías. Si Israel cae, habrá un Reich de mil años, un terrible retorno a las edades oscuras”. Lo que él escribió de Israel, podría escribirse también de los judíos europeos.
Depende de nosotros defender una Europa que en la que todos tengan cabida: los cristianos, los musulmanes, los ateos y, por supuesto, los judíos. Está en nuestra mano denunciar que el antisemitismo -sea el viejo sea el nuevo- revela la raíz totalitaria del pensamiento que lo inspira y hacerle frente con toda la firmeza que exijan las circunstancias. Debemos afirmar los valores de Europa para salvarla hoy de los totalitarismos que la amenazan.