El criptocromo Cry4, detectado en el ojo del diamante cebra, podría estar detrás del sentido de la orientación que permite a los pájaros realizar migraciones de miles de kilómetros.
Año tras año, estación tras estación, día tras día, millones de animales emigran (en algunos casos decenas de miles de kilómetros) en busca de unas mejores condiciones de vida. De caribús a langostas, de focas a tiburones ballena, de flamencos a murciélagos... todos, por diversas razones, viven épicas odiseas en una carrera sin parangón por la supervivencia. Y las repiten...
Cada especie sigue una ruta migratoria bien diferenciada, cuyo secreto se transmite (en la mayoría de casos) de generación en generación desde hace decenas de miles de años. Las pardelas grandes se reproducen en el Atlántico Sur, luego viajan hasta Terranova y de allí a Groenlandia, para volver en otoño al sur. La cigüeña blanca habita en Europa en verano y pasa el invierno en el sur y centro de África, siempre en busca de temperaturas cálidas.
Una de las migraciones masivas más conocidas es la de la mariposa monarca, el único insecto capaz de realizar travesías oceánicas: cada temporada este animal viaja miles de kilómetros desde Canadá a México. Igual de curioso es el caso de las tortugas verdes, que viven y se alimentan frente a las costas de Brasil, pero emprenden trayectos de miles de kilómetros para desovar en las playas de Isla Ascensión. Siempre en ese lugar. Una y otra vez...
Los científicos han constatado que algunos de nuestros vecinos terráqueos emplean mecanismos de lo más variopintos para saber hacia dónde dirigirse. Multitud de peces, aves e insectos, por ejemplo, utilizan el Sol o la estrellas (en el caso de los dos últimos) para orientarse. El salmón se sirve de su potente olfato para encontrar el río en el que nació, remontarlo y reproducirse.
El GPS de las aves

Las aves son, de media, los animales que recorren mayores distancias. Un reciente estudio, publicado por la Royal Society, acaba de arrojar luz sobre cómo logran orientarse estos animales, que en algunos casos, como el de las pardelas, golondrinas o chorlitos, llegan a desplazarse decenas de miles de kilómetros durante su migración. Lo curioso del trabajo es que la especie escogida ha sido el diamante cebra (Taeniopygia guttata castanotis), un ave canora natural de Australia que no destaca precisamente por su espíritu viajero. De hecho, sólo lo hace si se ve obligada por falta de alimento y nunca cubre grandes distancias.
Lo sorprendente es que, pese a sus hábitos sedentarios, este pájaro es capaz de orientarse a la perfección gracias a una proteína (el criptocromo Cry4) situada en su ojo, que le permite detectar campos magnéticos y orientarse gracias a ellos. "Si los pájaros no migratorios poseen este sistema, tal y como demuestra este y otros trabajos, esto quiere decir que este mecanismo de recepción magnética está mucho más extendido de lo que se piensa ", comenta a El Imparcial Atticus Pinzón-Rodríguez, autor principal del estudio, quien va incluso un paso más allá: "Creemos que esto puede ser extrapolable a todas las aves, puesto que todas se mueven en mayor o menor medida y por tanto necesitan un sistema para orientarse".
Lo que por el momento no ha podido averiguar la Ciencia es cómo se transmiten los itinerarios (en algunos casos tan específicos como el de la tortuga verde) de las migraciones. Aunque desde hace mucho tiempo se viene barruntando la hipótesis de la memoria genética, según la cual ese conocimiento pasaría de padres a hijos, casi de forma instintiva, lo cierto es que "aún estamos lejos" de dilucidar ese extremo, como señala Pinzón-Rodríguez.
No obstante, si este sensor magnético está tan extendido entre las aves como se cree, podría incluso ayudar al ser humano a desarrollar nuevas formas de medir o detectar campos magnéticos. Algo que, a la postre, podría tener múltiples e importantes aplicaciones, por ejemplo, mejorando los actuales sistemas de navegación, como el GPS. Puede que alguna vez el propio ser humano haya tenido algo parecido a un sentido magnético, aunque lo perdiese ya hace mucho tiempo. Ahora, nuestras migraciones poco tienen que ver con el instinto, aunque, en muchos casos, sigamos luchando por nuestra supervivencia.