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El demonio con las uñas pintadas

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
lunes 14 de mayo de 2018, 20:23h

La poesía de Pere Gimferrer es lo que ha sido siempre: un susto, una alteración de la realidad y del propio lenguaje, realidad alterada y verbo encendido, relámpago de ingenio en la larga noche oscura y adjetival, el demonio puro con las uñas pintadas. Vuelve en Las llamas, de algún modo, a Arde el mar, sin faltar versos precisos donde el viaje se confirma: “Tan violentamente la noche se despieza/ que en los ojos del alba quedan seres atónitos:/ como la cacería del ciclón el día nos encuentra/ en un molde de lava volcánica en la luz: seremos lo que fuimos". Gimferrer del fuego hondo de las palabras, último clásico de nuestras letras, inimitable e imitado hasta la saciedad, metal de palabras en el verbo tartamudo, rojo y palpitante.

Quien mejor ha entendido la poesía de Pere Gimferrer en España es y ha sido Luis García Jambrina; en el prólogo a la antología Marea solar, marea lunar daba con todas las claves: el yo jamás expresado de forma autobiográfica y confesional sino ocultándose detrás de una máscara que, en ocasiones, puede adoptar la apariencia de una figura histórica o de un personaje literario o cinematográfico. La cita no puede ser más rotunda: “El suyo es, en definitiva, un destino literario, esto es, una vida que se explica y se justifica solo en función de la escritura”. Enric Bou llegó más lejos: “Una vida (y obra) de artista”. El propio Gimferrer se lo dijo varias veces a García de la Concha: “Hay algunas cosas mías muy personales en mi obra pero yo soy un poeta anticonfesional, porque es la mía una voz integrada por muchas veces”. Juego absoluto de la cultura, literatura de la literatura, laberinto azul. La unión de Borges y Baudelaire, diamante bajo el agua.

Volvía Jambrina con su lucidez eléctrica: “”La vida es en Gimferrer un avatar del texto. Y, por eso, sus lecturas y sus libros son acontecimientos biográficos en un sentido pleno. Su vida-no hace falta decirlo- consiste, esencialmente, en la escritura de su obra. La experiencia es, para Gimferrer, fundamentalmente experiencia estética o experiencia literaria: experiencia de lector, que gracias a la lectura vive y se transforma y llega a ser otro u otros”. Mucho amor hay en Las llamas, mucho y denso encuentro de cuerpos como cometas, pero sigue habiendo lo que siempre estuvo, ese destino literario: “una vida que se explica y justifica solo en función de la escritura”. Un lector que escribe y la lectura como primera visión alucinada.

Todo en Gimferrer es una leyenda cada vez más notoria: armadura de tiempo, encarnadura de palabras, cine y pintura indisolublemente unidos a la palabra, escritura automática, irracionalismo, los malditos siempre tan jóvenes (Rimbaud, Lautrèamont), la obsesión por el ritmo y las imágenes en cascada, voz delirada y asociaciones delirantes, poder sugestivo del lenguaje extremadamente barroco y muy influido por el 27 o el modernismo/surrealismo junto a la poesía extranjera (Perse, Pound, Eliot), hablar de uno mismo siempre por analogía, joyería verbal rocosa, el pastiche o disfraz privilegiadamente empleados, la máscara personal que elude el yo, crisol de estilos que abre y cierra un mundo (“Siempre procuro cambiar un registro cuando he llegado al final de él”). Todo en Las llamas es el mismo Gimferrer de siempre: el de la pérdida de la juventud, el paso del tiempo, el arte dentro del arte mismo y, algo inédito y no menos festivo, continuas alusiones al teatro (Shakespeare, Calderón, los griegos) y, sí, otro asunto más complejo: la vida en tanto que representación teatral. Lo ha explicado de este modo: “El teatro es como gran parte del cine: los dos plantean la vida como una puesta en escena, como una escenificación”. Glorioso Gimferrer.

Diego Medrano

Escritor

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