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TRIBUNA

Paideia española

Jorge Casesmeiro Roger
lunes 14 de mayo de 2018, 20:27h

La alcaldesa de la capital de España ha señalado el camino al ministro de Educación del 155. Manuela Carmena ha oficiado el Día de Europa con un discurso jubiloso y henchido de confianza en el porvenir colectivo. Una apología europea que ha orlado citando a un patriota de encaste institucionista: “Deseamos que Europa sea esa mezcla de todos, esa unidad que tanto ha hecho posible, como decía Rafael Altamira, la paz sostenible”.

Retoma así, la alcaldesa, a un humanista cimero, a un españolazo vibrante y genial cuya impronta ya elogió el pasado mes de abril al renombrar el Centro Cultural Palacete Quinta del Berro como Centro Cultural Rafael Altamira.

Doctor honoris causa y académico por una veintena de instituciones, Rafael Altamira y Crevea (Alicante, 1866 – Ciudad de Méjico, 1951) fue un brillante historiador, jurista, catedrático, senador, pedagogo, escritor y crítico literario nominado un par de veces al Premio Nobel de la Paz. Un prócer de la Institución Libre de Enseñanza cuya fértil y variada siembra tuvo siempre un eje director: su radical patriotismo español. Porque como se ha señalado hasta la saciedad y así lo recoge la Dra. De la Calle Velasco: No supone ninguna novedad considerar a Rafael Altamira como un intelectual patriótico, puesto que España, la nación y el patriotismo fueron sus ejes centrales (en actas del Congreso Internacional 2011 ‘La Huella de Rafael Altamira’, UCM, p. 10).

¡Bien por Manuela Carmena! ¡Bravo por la alcaldesa, que ha osado poner el nombre de un patriota a una casa de cultura que llevaba antes el de una hortaliza! Y mientras suponemos su Sala de Lectura y Estudio enriquecida con un florilegio de libros altamiranos, aprovechamos la ocasión para glosar el centenario de la edificante conferencia que impartió Altamira en Valencia, en mayo de 1918, como broche al curso anual de la Asociación de Maestros nacionales:

“¿Qué se hace y que se debe hacer en la escuela primaria para formar españoles? La respuesta a la primera parte de la pregunta es desconsoladora, todos lo sabemos. Nuestras escuelas habrán podido hacer, han hecho, muchos niños instruidos, pero no han educado ni han podido educar niños españoles; niños que sientan amor al solar que les vio nacer, que tengan confianza en su valer individual y en el de la raza, y que poseídos de esa confianza y de aquel amor se lancen a la realización de obras que redunden en provecho propio y en honor de España. Ahora bien, es necesario despertar en el niño el sentimiento del patriotismo hasta conseguir que se interese por las cosas que afectan a su patria (…)”.

Y sigue: “¿Pero es esto todo? ¿Es esto bastante? De ninguna manera (…) Hay que dotar el alma del niño español de todo lo necesario y preciso para que al llegar a hombre sea hombre a la española, sienta en español, y como español actúe en todos los momentos de su vida”. ¡Caramba! Claro que: “Para conseguir esto hay que enseñar al niño lo que España a hecho, tanto lo bueno como lo malo. Lo malo para evitar su repetición y lo bueno para que le pueda servir de ejemplo. Y no sólo hay que hablar al niño de lo que España a hecho, sino de lo que España hace ahora y de las fuerzas aún inexplotadas que significan posibilidades para elevar la patria a un mayor grado de prosperidad”.

Porque de este modo: “Con esta doble enseñanza fortaleceremos el espíritu del niño, le infundiremos confianza en el porvenir y le evitaremos la vanidad patriotera. No quiero españoles vanidosos, sino reflexivos: conocedores de los defectos de su pueblo, pero creyentes en sus buenas cualidades y en la eficacia de la acción conectiva”.

Aunque: “No termina aquí la educación patriótica”, insiste Altamira en esta conferencia titulaba justamente “La educación patriótica”, y expuesta en los tres apartados siguientes: ‘Nuestra escuela no forma españoles’, ‘Los medios de la educación patriótica’ y ‘La Escuela Nacional’. Meditaciones que Altamira debió considerar esenciales, al destacarlas en su magisterial Ideario pedagógico (REUS, 1924). Y pensamientos de un institucionista señero que recomiendo al ministro Méndez, o al que le suceda en la cartera de Educación:

“España (…) es un país de divisiones y de heterogeneidad histórica, apasionada como todo nuestro modo de ser. Sin embargo, no hemos pensado todavía seriamente en el problema que eso representa. Por ignorancia de él o por debilidad cuando se nos acusa en forma negativa o de oposición, no hemos señalado aún vigorosamente a la escuela la función capitalísima que le corresponde en vista de aquella finalidad (…) Pero ya es hora de que el ministerio de Instrucción pública (que aún no ha puesto la mano en la orientación de los programas de enseñanza, en cuanto a los fines e intereses que representa y que debe defender el Estado) se preocupe seriamente de esa cuestión”.

Queden aquí estos materiales de un maestro de la ILE para que Europa, como sublima la alcaldesa de Madrid, pueda seguir siendo esa mezcla de todos en pacífica y sostenible unidad. Aunque el programa quizá es demasiado idealista, y ya advertía Altamira que en estas cosas: “El peligro de la excesiva elevación es tan fácil como el de la ñoñería en que se suele caer al intentar un lenguaje infantil de pura cepa retórica”.

Jorge Casesmeiro Roger

Licenciado en Pedagogía y en Periodismo

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