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EPPUR SI MUOVE

Jerusalén, capital eterna de Israel

martes 15 de mayo de 2018, 20:57h

Israel está de enhorabuena. No sólo por ganar Eurovisión -que también, para quien le guste- sino porque este pasado lunes se cumplieron 70 años desde que David Ben Gurion proclamase oficialmente su nacimiento. La capital es Jerusalén. Y las embajadas suelen estar en las capitales de los países. Sencillo, ¿Verdad? Es por eso que Estados Unidos, Paraguay y Guatemala han decidido trasladar sus legaciones diplomáticas de Tel Aviv a Jerusalén; algo, por lo demás, totalmente lógico. Sin embargo, lógica y fundamentalismo casan mal, de ahí que la llamada “causa palestina” haya vuelto a montar en cólera -una vez más- contra la única nación democrática de todo Oriente Medio.

Cuenta con el altavoz de la izquierda europea -tradicionalmente antisemita- y con una buena parte de medios de comunicación occidentales que dan por buena la propaganda de Hamas para criminalizar a Israel. Que es tanto, dicho sea de paso, como otorgar credibilidad a los videos del Estado Islámico. Si los radicales palestinos quieren inmolarse tratando de entrar en el país que les da de comer para atentar contra sus ciudadanos, allá ellos. Pero lo que nadie puede pedir al Tsahal es que se quede de brazos cruzados mientras les tiran piedras, botellas y cócteles molotov. La “Autoridad -es un decir- Palestina” tiene en su mano detener las últimas revueltas. Basta con no alentar la violencia, e intentar vivir en paz con sus vecinos. Israel seguirá cumpliendo años en democracia y prosperidad. Los palestinos deberán librarse de la lacra terrorista -y encontrar algún dirigente mínimamente válido- para poder hacer lo mismo.

Que tomen nota algunos. El 14 de mayo de 1948, un año después de que Naciones Unidas votara a favor de partir Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, Israel ponía fin a una andadura que bien pudo iniciarse allá por el 1.200 A.C. Es aquí donde hallamos la primera referencia a Israel, contenido en la llamada “estela de Israel”, o “estela de Merenptah”, hijo del faraón Ramsés II a quien la tradición bíblica adjudica el papel de perseguidor de los hebreos en su retorno a la “tierra prometida”.

Seguirían las turbaciones de Israel con Nabucodonosor, que en el 587 A.C. saqueó Jerusalén y destruyó el templo. Otro tanto haría Roma posteriormente, ya en el año 70 de nuestra era, arrasándola de nuevo por medio de Tito. Babilonios y romanos se convertirían así en los causantes de la primera y segunda diásporas, que marcarían el inicio de la migraciones judías por medio mundo, y las subsiguientes persecuciones. El antisemitismo alcanzaría cotas inusitadas tanto en la Edad Media como en la Segunda Guerra Mundial, con el exterminio de más de 6 millones de judíos, por el mero hecho de serlo.

Con todo, las razones de Israel no son sólo históricas, como muchos pudieran creer. Bien es cierto que las aspiraciones sionistas se ven plasmadas en la Declaración Balfour, a través de la cual Inglaterra se declaraba favorable a la de creación de un “hogar nacional judío en Palestina”. Pero no es menos cierto que un gran número de judíos ya vivían legalmente en lo que hoy es Israel. Hubo, efectivamente, árabes que perdieron sus posesiones a manos judías, pero también se dio el caso contrario, convenientemente silenciado. Y no hay que olvidar el gran número de guerras en las que se ha visto envuelto Israel, contra enemigos mucho más numerosos: Egipto, Siria, Irak, Jordania, Líbano…todos han sido derrotados. Y en la práctica totalidad de contiendas hubo un nexo común: el carácter defensivo de las acciones bélicas de Israel.

El ejemplo más claro, Siria y Líbano, desde donde terroristas de Hizbolá hostigan continuamente a las poblaciones del norte de Israel. Algo parecido a lo que hacen los milicianos de Hamas desde la franja de Gaza. Con todo, Israel resiste, y lo hace bien. No en vano, ocupa el puesto 23 de 177 países valorados en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, lo que lo sitúa en el puesto más alto de Oriente Medio y en el tercero de toda Asia. Es además una democracia real, auténtica rara avis en su entorno geopolítico. Su himno nacional recibe el nombre de Hatikvá, “esperanza” en hebreo; término que define bien a las claras uno de los pilares en los que se cimenta Israel.

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