Encuentro varias razones para tener entre las manos esta edición de Poesía reunida del poeta norteamericano Wallace Stevens (Reading, Pensilvania, 1879-Hartford, Connecticut, 1955), que se suman a la valía y proyección de una obra reconocida con importantes premios como el Pulitzer de Literatura o el National Book Award. La primera de ellas es la excelencia de las traducciones de los poemas -realizadas por Andrés Sánchez Robayna, Daniel Aguirre y Andreu Jaume-, cuestión nada banal, pues al dilema siempre presente en toda traducción entre la literalidad y la forma de decir, se suma la dificultad propia de la traducción poética, y, en el caso de la poesía de Wallace Stevens, la particular de su poesía. Una traducción que se ha hecho «tratando de ofrecer -dice Andreu Jaume, responsable también de la edición- algo más que una simple translación al castellano, atendiendo a cuestiones rítmicas y prosódicas pero sin desatender la fidelidad al original». La edición es además bilingüe. En segundo lugar, aunque en español la obra de Wallace Stevens -poesía, prosa y ensayo- ha recibido una atención continuada por diversas editoriales desde la aparición de Las auroras de otoño (Visor, 1993) hasta Ideas de orden (Lumen, 2011), con esta edición -que, pese a no contener la totalidad de su obra poética, sí recoge lo esencial de ella y la totalidad de sus aforismos- se compendia el corpus fundamental de la misma. Se acompaña este con una introducción ajustada de Andreu Jaume que aclara las cuestiones necesarias para abordar el mundo poético complejo del estadounidense. Y, en tercero, el placer de una edición de cuidada factura y maquetación que, a pesar de su considerable volumen, resulta de manejo y lectura agradable.
Wallace Stevens es para muchos el mejor poeta anglosajón del siglo XX. Su influencia en Estados Unidos en el resto de escritores ha sido considerable desde mediados del pasado siglo, tras su muerte; influencia que se ha extendido a las siguientes generaciones y al resto del mundo. Es un autor, dicen los editores, que «supo materializar un nuevo modo de sentir y de pensar». Stevens no es un poeta de lo social, lo anecdótico o lo sentimental; es un poeta de la idea, un poeta que considera que la realidad existe, el tiempo y el espacio que nos rodean existen en la media en que lo creamos. «La realidad es una actividad de la más augusta imaginación», reza el título de uno de sus poemas, que concluye, tras una meditación sobre el paisaje que recorre de noche yendo desde Cornualles hasta Hartford: «Había de lo sólido un olear no sólido. / La nocturna laguna de luz lunar ni era agua ni era aire». Una poesía que se muestra «despersonalizada», una labor mental y espiritual que él mismo define como «mística e irracional», que se escribe para «tratar de encontrar el bien […] para acercarse al bien en lo que es armónico y pleno». Conforma pues el autor la poesía con algo indefinible, como «un mínimo aullido de la paloma», «como un pensamiento / que en la mente aúlla o como un hombre / que sigue intentando hallar su identidad // en aquello que está y está establecido… […] Allí está este bullir antes del sol, / este aullar en el oído de uno, demasiado lejano / para la luz diurna, demasiado cercano para dormir». Si, como dice Wallace Stevens en uno de sus aforismos, «hay dos tipos de poeta, de los que cabría tomar a Homero como ejemplo del tipo narrativo y a Platón, pese a la circunstancia de que no escribiera en verso, como ejemplo del tipo reflexivo», claramente Stevens pertenece al segundo.
Y es en sus aforismos precisamente -que se habían publicado de forma dispersa y que este volumen reúne- donde Stevens reflexiona de forma más clara sobre lo que es para él la poesía y el ejercicio de poeta. Considera que el arte -o la literatura, o la poesía-, la relación del arte con la vida es algo fundamental, sobre todo «en una época escéptica, ya que, a falta de una creencia en Dios, la mente recurre a sus propias creaciones y las examina, no sólo desde el punto de vista estético, sino por lo que revelan, por lo que convalidan o invalidan, por el apoyo que prestan». De ahí que el arte implique «muchísimo más que el sentido de la belleza». No es por lo tanto su poesía, como se le criticó en ciertos ámbitos en su momento, una poesía “pura” y oscura alejada del hombre y de la vida, sino asentada en su tiempo, con profunda influencia de pensadores como Emerson, el español George Santayana, o de la filosofía hindú; y profundas y variadas lecturas de autores clásicos -como Platón, Shakespeare o Milton-, románticos -como Goethe y sobre todo Wordsworth-, y de los simbolistas franceses principalmente. Para el prologuista Andreu Jaume, la visión más afín a la poética de Stevens es «ese estadio previo a la diversificación del conocimiento, cuando poesía y filosofía eran aún una misma disciplina, ejercida para dar respuesta a un mundo auroral que se aparece por primera vez». No existe por lo tanto para el poeta una separación o un desgajamiento entre su poesía y lo real: «La gran fuente de la poesía -dice Stevens- no es otra poesía, sino la prosa, es decir: la realidad. Sin embargo, se necesita un poeta para percibir la poesía en la realidad».
De entre sus libros, quizá su obra central sea Notas para una ficción suprema, publicado en 1942. Está compuesto por una única composición dedicada a la propia poesía, que resume su postura ante ella y que contiene la clave de la poética y de la vida de este abogado de oficio que asumió su pasión por la poesía desde una existencia tranquila y sedentaria, alejado de toda participación en los círculos literarios, y que, aunque escribió desde muy joven, no se decidió a publicar sino muy tardíamente: «¿Y por qué, salvo por ti, siento amor? / ¿Oprimo el libro más radical del hombre más sabio / contra mí, día y noche en mí oculto? / En la incierta luz de la sola, segura verdad, / igual en vivo tránsito a la luz / en la que te hallo, en la que sentados descansamos, / durante un instante en el centro de nuestro ser, / la vívida transparencia que ofrendas es paz».