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TRIBUNA

Duele la distancia

sábado 02 de junio de 2018, 19:48h

Uno tiene la esperanza de que de lejos todo se termina por magnificar. Que la impotencia de la distancia lo agranda todo. Y me aferro a ese madero que, espero, no construyo con mi necesidad, con mis deseos; e imagino que en breve habrá elecciones generales. Que todo es una pesadilla: irreal, pasajera. Que no existe la paradoja de que quienes quieren romper España sean los que decidirán por los españoles.

Pero no, la distancia no es suficiente para confeccionar un consuelo. Porque la voracidad de los socios de una probable coalición no es pura ficción. Y esto, evidentemente, no ayuda a asirse de esa fe que uno se regala con kilómetros y poco más. Tampoco favorece a este recurso el hecho de haber escuchado a Pedro Sánchez tirándose bajo esas deudas onerosas, y cayendo tan bajo como para jugar al patio del colegio en el Congreso de Diputados, al “chivarle” a los legisladores del Partido Popular aquello que Albert Rivera le habría dicho en una charla privada sobre el mismo. La presidencia está allí, tan cerca. Ha hecho falta tan poco esfuerzo. Tan pocos votos… Que ya todo vale.

Esas deudas que ha contraído Sánchez comenzaron enseguida a hacerse evidentes. El portavoz del PDeCAT prácticamente le pasó la factura al decirle algo así como que no hay que perder tiempo en lo tocante al tema catalán en los meses que quedarían por delante la hipotética coalición- esos meses truculentos que sus socios ya empiezan a moldear -: algo así como que hay que avanzar aquello que ya comenzaron: la secesión.

Mientras Podemos ya ven su oportunidad para llegar al tan ansiado poder. No para “trabajar por la gente”, como pregonan, mientras trabajan para sí mismos; sino para poder seguir su labor escisión social a una mayor escala que aquella que se ha promovido desde los ayuntamientos controlados por este partido, que cada día más se parece al peronismo argentino o al chavismo venezolano. Lo cual es lógico, a fin de cuentas, sus figuras centrales han mamado ideológicamente de esas fuentes.

En tanto, los kilómetros se me hacen mucho más largos. Y la esperanza aquella adelgaza. Y uno se sabe tan espectador aquí, en Estados Unidos, como en España. Pero allí, pescando esas conversaciones al vuelo – en el metro, en el café, en una esquina -, las charlas que uno mantiene, en definitiva, la presencia, parecen obrar como un colchón o como módicas cuotas: se asimila la realidad sin estos golpes que se inventa la lejanía, que parece que salieran de la nada, aunque uno lo haya leído a la mañana en la prensa, y el día anterior, y el anterior.

Y, aun así, pienso: Y si mañana me despierto y todo no fue más que… La siguiente parada del metro es la mía. Se me fue ese último intento de fantasear. Mañana cuando me despierte, la distancia me dolerá. Mucho. Lo sé.

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