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EL GENIO ESPAÑOL AMPLÍA SU LEYENDA EN EL GRAND SLAM PARISINO

Extraterrestre Nadal

domingo 10 de junio de 2018, 17:50h
Actualizado el: 11 de junio de 2018, 09:00h
El zurdo legendario ganó su undécimo Roland Garros al desquiciar al talentoso Thiem en tres sets (6-4, 6-3 y 6-2). Por M. Jones

Doblar otra página del distinguido libro de la excelencia. Ese es el objetivo con el que Rafael Nadal afrontaba la lucha por su uncédimo título en Roland Garros. Asentado ya en la leyenda, todavía posee la motivación necesaria para seguir trascendiendo a su existencia. Y esa meta pasa por seguir amontonando hitos en el deporte del que es emblema. Además, en su duelo ante Thiem también estaba sobre la mesa la defensa del numero 1 de la ATP. Amén de recobrar el paladar de la gloria parisina, de la que es patrón histórico.

"Parece que es lo lógico, pero no lo es, no quiero que así lo sea", declaró en la previa el jugador español sobre su irrepetible rendimiento en la tierra batida francesa. No obstante, arribaba a esta cita con una mochila de 10 Copas de los Mosqueteros (2005, 2006, 2007, 2008, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2017) y de 100% de efectividad en las finales. Y en plenitud de forma, como atestiguó su excelente semifinal, en la que barrió a Juan Martín del Potro. Sólo la variable del cansancio (ha tenido menos días de reposo por la lluvia y ha competido dos horas más que su oponente) asomaba como hándicap en los pronósticos.

En la otra trinchera figuraba el mejor especialista en arcilla de la nueva hornada de tenistas. Dominic Thiem, austríaco de 25 años (siete años y medio más joven), es el único nombre capaz de tumbar al coloso manacorí en tierra a lo largo de la presente temporada. Por ello, proclamó en la rueda de prensa antecedente a la prueba por el trofeo lo siguiente: "Sé como jugar contra él. Tengo un plan (...) Intentaré todo para que mi plan funcione aquí también y no sólo en Madrid o Roma (torneos en los que venció al español)".

Así pues, se desplegaba un enfrentamiento con aroma a desafío generacional y rivalidad venidera. Con una relación de seis victorias y tres derrotas en favor del zurdo en las batallas que le han examinado ante el centroeuropeo. Y Nadal quiso sacudirse los malos arranques que han marcado su paso por esta edición del Grand Slam galo saltando a la pista pleno de intensidad. Así, abrió con un saque en blanco y un break (2-0). El austríaco tardó tres juegos en entrar en dinámica pero lo hizo: empató la rotura y afiló sus cañonazos al servicio (de más de 220 kilómetros por hora). La relación de fuerzas se equilibró de inmediato, si bien el tenis todavía lucía atenazado.

Había eludido el séptimo de la ATP la incomodidad a la que le sumió el balear en la subida de telón y los peloteos se alargaron, con la paleta potente, y más plana, de Thiem y la mezcla versátil del español. En ese escenario de puntos trabajosos Nadal desaprovechó dos bolas de break y el aspirante salió a flote con su aguerrida competitividad (3-3, en un intercambio de más de 12 minutos). Volvía a rehacerse el secundario ante el favorito. Ambos interpretaron el primer set como crucial y defendieron sus saques con más tensión que creatividad. El mejor tenista del circuito navegó por los intercambios largos y el novato en esta altura apostó por una reducción más agresiva.

La asfixiante intensidad empujó al diestro a sufrir un apagón de concentración, producto de la distancia con la mentalidad con su contrincante. Entregó un puñado de errores que desembocaron en la ruptura en blanco con la que Nadal certificó el batallado 6-4. Casi una hora tardó en resolverse un set con apariencia de punto de inflexión. El plan del jugador de 24 años no estaba funcionando, pues su verticalidad no rimaba con la precisión obligada. Cometió 18 errores no forzados y sólo pudo colocar un 45% de primeros saques, quedando así mermada su hoja de ruta (0 de 5 en voleas en la red). Debía soltarse si no quería ser devorado. Cada vez más miraba a la grada buscando soluciones.

Y Rafael, experto en este ajedrez, olió sangre y atacó. En un pestañeo se disparó, break mediante (con cinco pelotas de rotura), hasta el 3-0. Empezaba a bastarle al español con fijarse al fondo de la cancha y repartir defensas pegajosas y desesperantes para aquel que pretenda llevar la iniciativa. Competía con la impaciencia de un austríaco que sabía que tenía que remontar a un tótem que sólo había concedido un set en todo el campeonato. Sin pisar el acelerador, pero bien ajustado en la precisa resistencia, Nadal cambió la cara del envite y recogía los frutos de su estrategia de desgaste psicológico y anatómico. En 17 minutos se había edificado un muro en el segundo set para la promesa con ansias de ser presente.

Daría vigencia el centroeuropeo a su potencia en el golpeo para maquillar la inercia con su primer juego de saque en blanco (3-1). Le urgía granjearse mejores sensaciones, más confianza e idear una escapatoria a la soga que le comprimía. Y ese paquete reactivo le llegaría recuperando sus fundamentos, ya sin nervios. Pero el español le interpuso un cortafuegos rebosante de inteligencia y oficio que le negó el respingo (remontó un 0-30 para el 4-1). Brotarían los golpes exquisitos, con ángulos delicados, en el intercambio de indolencia prohibida que derivó en defensas geniales de cada servicio. Todo ello en el extremo más épico conjunto, con el juego de Thiem palpitando clase. Mas, nada enmendaría el 6-3 con el que el manacorí allanó el entorchado (después de otros 49 minutos).

El austríaco pasó a un 78% de primeros saques y a vapulear a su rival en golpes ganadores (6-14), por eso se fue a vestuarios reclamando a su cuerpo técnico qué más tenía que hacer para ver el horizonte. Su tenis de piernas rápidas y lanzamientos pesados no localizaban la oquedad en la irrepetible defensa del balear. Y ya estaba en el tercer set con un 2-0 en contra. Sólo dos veces en su carrera había remontado una tesitura de semejante. Esta jornada dominical no sería la tercera.

Cuatro bolas de break arrancó Nadal en el primer juego de la manga definitiva. Pasada la frontera de las dos horas, Thiem, orgulloso, remontó y se apuntó el sufrido 1-0. Oxígeno para su maltercha convicción. Y sería obligado a salvar otras dos bolas de rotura de inmediato, suspendiendo esta fiscalización a pesar de apoyarse en su sexto ace (1-2). Tragado el susto médico -pidió asistencia porque se le acalambró la mano izquierda-, la confirmación de la rotura alzó el vuelo de un Rafael sorprendentemente fresco de piernas e inasequible al peso del cansancio y de la biología. Otra vez el centroeuropeo se había exprimido sin cosecha.

El 'Peque' Schwartzman, que definió a la Philippe Chatrier como "el jardín de la casa" del español, acabaría con el honor de haber sido el único en robarle un set en este 2018 parisino. El desenlace del partido postrero discurrió sobre la sospecha por la influencia, en la mente del zurdo, de la dolencia sobrevenida. Su privilegiada cabeza relativizó el peligroso entuerto y retomó el timón anímico de las operaciones. Dando carpetazo a la tarde con un juego en blanco, golpes que pusieron en pie al graderío y el merecido éxtasis. Un break en el sexto juego, en plena brega por esquivar más calambres, zanjó la apoteósica Undécima (6-2). Thiem finalizó acomplejado ante el ganador de 79 títulos, 17 Grand Slams y con un ratio de triunfos en la tierra francesa de 86 victorias y dos derrotas (las de Söderling en 2009 y de Djokovic en 2015).

Tras dos horas y 42 minutos de esfuerzo jerárquico, el español reflexionó sobre la enésima muesca de su pomposo palmarés. Con lágrimas en los ojos, explicó que "he tenido un momento difícil en el tercer set. He notado algo raro en mi mano y he tenido que parar pero esto es el deporte. Fuera de ese momento, me he encontrado muy cómodo con el nivel que he dado hoy". "Es increíble lo que me pasa aquí. No sabría como explicarlo. Pase lo que me pase, siento que puedo superarlo. Ganar una vez aquí es un sueño y no sé explicar que siento al ganar once veces. Gracias a toda la organización y a todo el público, sóis increíbles"., se despidió tras felicitar a Thiem y agradecer el apoyo a sus entrenadores, familia y aficionados.

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