El actor, octogenario y dandy, paisano mío, Arturo Fernández, se lo preguntaba en un programa televisivo de máxima audiencia: “¿Por qué en las manifestaciones hay gente tan fea? ¿Los sacan del zoo?”. La fealdad se acaba, llega la era festiva de los guapos: Pedro Sánchez, Albert Rivera, Pablo Iglesias, Alberto Garzón, ahora Pablo Casado, etc. Me interesa una segunda lectura: son más jóvenes que guapos, y ello debe ser garantía de algo, de sangre nueva y fresca, de compromiso con su tiempo, de ausencia de poltrona en la medida de lo posible, de no estar aquí sujetando la antorcha en vano para cuando venga el siguiente. Más grave de lo que se piensa es el caso de los políticos en edad avanzada. No es ya lo que hacen o dejan de hacer, es que son tapones, obliteran las venas coronarias, no dan paso, la sangre detrás de sí se coagula y se oscurece, se pone muy morada, como aquellos antiguos vinos negros comunistas que hoy nadie pide. Un artista puede tener la edad que le dé la gana (desde la literatura al periodismo, desde la pintura a la arquitectura, desde el cine a la música…) pero un cargo público debe limitar sus tiempos. No estaría nada mal que aprobasen aquello que quiso Aznar: ocho años en política para todos, de máximo. ¿Cómo pagaría entonces Pablo Iglesias su chalé con hipoteca a cuarenta años? Se lo preguntaba Pedrojota en un vídeo y no está nada mal la preguntita. La intención – cuarenta o cien años- es vivir ya de la política siempre.
Veremos, por fin, ay, qué gusto, gente guapa, sana, joven… en las manifestaciones de todo calado. ¿No lo han pensado? Dar bien en la foto es el requisito primero para empezar a gustar. Si los ponemos a todos (los independentistas al fondo, compañeros de párvulos de Matusalén) en una panorámica igual da para un anuncio de Nike. Jóvenes, delgados, ágiles como galgos, muy en los tiempos actuales de nuevas tecnologías y “sociedad líquida” (Bauman) donde todo es presente desechable. También podrían, en la panorámica, ser la generación Zara: no se dejan engatusar por las grandes marcas, el perfil es bajo, la raya en el pelo (salvo Iglesias) les queda como al niño que viene del colegio después de haberse portado muy bien. La democracia es hoy una fiesta: que sean jóvenes quiere decir que están más cerca de nuestro tiempo, que tienen más ganas, que tienen hambre de política y de cambiar las cosas, eso es siempre garantía de progreso, debemos celebrarlo. No nos engañemos: la edad privilegia o fomenta los ambientes excluyentes. La política, desde los griegos al presente, no es solo hablar de política sino también de sus alrededores, y dos personas de la misma edad, qué duda cabe, están mucho más próximas.
Otro dato relevante es su pasión por rodearse, bien en ministerios o en gabinetes de sabiduría, de ancianos, de veteranos muy duchos en la materia (Savater, Alba Rico, Aznar, Gregorio Morán, Borrell, Anguita, Gabilondo…). Lo dijo Víctor Hugo mejor que nadie: “En los ojos del joven, arde la llama; en los del viejo, brilla la luz”. Llama y luz, seamos optimistas, dan cuenta de una política nueva. Que el sabio esté fuera de la plaza, detrás del burladero, evita la docilidad y la mansedumbre, algo que no puede tener un joven revolucionario. Tendremos, señores, las manifestaciones más guapas de toda Europa. La política y la belleza son igual de fugaces, más la segunda que la primera, y todos deben/debemos aprovechar este caldo inmediato que a mí me recuerda a unos jóvenes Felipe y Guerra, muy mal vestidos y despeinados, con mucho tabaco negro encima y libros de fuera, intentando construir otro país desde las barricadas de la libertad (esto ya empieza a sonar a Segunda Transición, ajena al geriátrico). Ha entrado una alegría nueva en la casa del pobre, que hace que el dinero no salga todavía por la ventana: otra España de gente joven en el Congreso de los Leones Quietos que igual, tal vez, Dios lo quiera, nos traiga otros vientos. “Oiga, ¿y qué hacemos con las manifestaciones pendientes de jubilados?”. Lo digo en cuatro palabras, como Jesulín de Ubrique: “Ma-qui-lla-je”. No basta con ser jóvenes –decía mucho Alejandro Casona- sino estar borrachos de juventud con todas las consecuencias. ¡Brindemos por ello! ¡El horizonte es otro!