Somos las pisadas dejadas por nosotros mismos y casi siempre nos causa asombro o melancolía volver la vista atrás. No sólo por lo que dejamos sino por lo que puede venir al desandar un camino.
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar…
Así, dice preciosamente el entrañable don Antonio Machado en esos versos inmortales. ¡Ah, cuánta verdad y qué belleza!
En esencia, hasta las cosas más nimias están rodeada de misterio y en todo actúa el tiempo, quizá el misterio de todos los misterios, siempre sucesivo; ese móvil fantasma que nos acosa, nos sostiene y nos hunde, y también nos olvida. Nuestra existencia, muy poca cosa, está sujeta a ese devenir que aterra y deslumbra con idéntica intensidad. Aceptado el concepto de Platón, lo que se reitera parece ir en procura del mundo sustancial y concreto, aunque somos apenas los resignados sobrevivientes de espléndidos amaneceres y soberbios ocasos del cada día, esa constante prodigiosa que a veces abruma, pero a la vez nos encanta la existencia por su apertura de vida.
Quizá no por otra causa, Borges creía que los hechos consecutivos y las experiencias que se reiteran son asunto de prodigio, de volver acaso sobre una misma huella que pisamos con sabores y sinsabores. Como a todo poeta, lo maravillaba e inspiraba regresar sobre sus pasos. Tal el caso íntimo de Adrogué, esa urbanización trazada sobre el tradicional modelo español, planteada con un concepto urbanístico de avanzada para el siglo XX, que encerraba para él una suerte de banquete literario de una época menos penosa que feliz.
En su compañía recorrí algunas veces ese elegante pueblo ya convertido en ciudad, que lo conmovía de añoranzas. Teníamos allí algunos amigos comunes, que visitábamos con frecuencia, entre los que destaco al escritor Roy Bartolomew y al bandoneonista clásico Alejandro Barletta. En lo sentimental, Adrogué, representaba mucho para Borges; pues allí, en una casa que adquirió la familia, pasó interminables tardes de su juventud junto a su hermana Norah y sus sobrinos Luis y Miguel, y vivió una larga temporada con doña Leonor Acevedo, su madre, ya viuda. Pero, además, Adrogué fue marco de su inspiración, de sus caminatas bajo eucaliptus y cipreses y de sus historias, surgidas entre los espejos del hotel La Delicia, donde también supo hospedarse la familia durante dilatados veranos, cuando vivía su padre, el doctor Jorge Guillermo Borges.
El amor que nuestro amigo sentía por Adrogué se refleja en un poema homónimo del libro El hacedor, donde evoca el perfume de esos sitios incomparables, tan adecuados y gratos para el descanso:
…Hueca en la hueca sombra, la cochera
Marca (lo sé) los trémulos confines
De este mundo de polvo y de jazmines,
Grato a Verlaine y grato a Julio Herrera.
Su olor medicinal dan a la sombra
Los eucaliptos: ese olor antiguo
Que, más allá del tiempo y del ambiguo
Lenguaje, el tiempo de las quintas nombra.
Mi paso busca y halla el esperado
Umbral. Su oscuro borde la azotea
Define y en el patio ajedrezado
La canilla periódica gotea…
Agreguemos en nuestra reseña otros datos de esta particular urbe, que fue fundada hacia 1873. Adrogué, debe su nombre a un descendiente de valencianos, que fue propietario del hotel La Delicia, donde (ya señalamos) veraneaban los Borges. Adrogué se ubica a 23 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires y cuenta con algo más de 30.000 habitantes, siendo una de las zonas residenciales preferidas del conurbano bonaerense.
Como testimonio de afecto hacia ese sitio placentero, Borges publicó en 1977, con ilustraciones de su hermana Norah, un volumen para bibliófilos, con tirada limitada, titulado Adrogué. En el que yo colaboré junto al inolvidable Roy Bartolomew. En otros famosos textos de Borges, como La muerte y la brújula, o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, ese pueblo tan querido está también presente. Pero fue concretamente en la década del cuarenta cuando Borges se hospedó en el hotel La Delicia y vivió allí durante un año entero. Ese sitio será luego el centro de esos relatos.
“Este lugar ha sido escenario de algunas de mis más profundas tristezas”, me confió una tarde que atravesábamos un seductor patio de Adrogué con grato olor a madreselvas en flor. Se refería al desengaño de un amor no correspondido que lo llevó a un fallido intento de suicidio en el agreste hotel La Delicia. Recordó luego, en una esquina cercana, el almacén de ramos generales donde un atardecer bebió desesperado una áspera copa de ginebra, para olvidar su desdicha. “Bueno, eso sucedió un día muy terrible para mí en el que estaba definitivamente abatido. El futuro se negaba con cierto egoísmo a dejarse vislumbrar”, se disculpó con una sonrisa atribulada.
Evocó luego el frente del almacén que alguna vez fue punzó. Y meneando la cabeza, cerrando los ojos, deslizó con tono literario y cierta complicidad: “Pero claro, los años, para su bien, mitigaron con el tiempo ese color violento del edificio ”. Allí, Borges tramó también una historias de duelos y malevos, porque no muy lejos de ese mítico local, “el ñato Iberra y su hermano, que debía más muertes a la justicia que él, como aquel Caín que sigue matando a Abel, para igualar los tantos lo apuñaló al otro bajo un puente vecino”. El hecho policial se dio en la realidad en Turdera, un pueblo que colinda con Adrogué. Ya en el cuento “La intrusa”, aparece el rancho de los Iberra.
Sobre cómo construyó su relato, Borges me explicó: “Había empezado la historia de dos hermanos que se disputan la misma mujer. Me acordé entonces de los hermanos Iberra, y me dije: ¿Por qué no ocurrirlo en Turdera en mil ochocientos noventa y tantos, quién puede saber cómo eran los hombres de aquellas orillas del Sur? Sin duda, imaginé que no diferían demasiado de los norte; tampoco de los de Palermo, mi barrio; pero, bueno, el caso es que trasladé la historia a las orillas de Adrogué y no salió mal”.
Digamos entonces que allí se desarrolla la preciosa Milonga de dos hermanos, que escribió en la década del ’60; y bien vale la pena reproducirla en esta reseña:
Traiga cuentos la guitarra
de cuando el fierro brillaba,
cuentos de truco y de taba,
de cuadreras y de copas,
cuentos de la Costa Brava
y el Camino de las Tropas.
Venga una historia de ayer
que apreciarán los más lerdos;
el destino no hace acuerdos
y nadie se lo reproche—
ya estoy viendo que esta noche
vienen del Sur los recuerdos.
Velay, señores, la historia
de los hermanos Iberra,
hombres de amor y de guerra
y en el peligro primeros,
la flor de los cuchilleros
y ahora los tapa la tierra.
Suelen al hombre perder
la soberbia o la codicia:
también el coraje envicia
a quien le da noche y día—
el que era menor debía
más muertes a la justicia.
Cuando Juan Iberra vio
que el menor lo aventajaba,
la paciencia se le acaba
y le armó no sé qué lazo
le dio muerte de un balazo,
allá por la Costa Brava.
Sin demora y sin apuro
lo fue tendiendo en la vía
para que el tren lo pisara.
El tren lo dejó sin cara,
que es lo que el mayor quería.
Así de manera fiel
conté la historia hasta el fin;
es la historia de Caín
que sigue matando a Abel.
Cuando concluyo estas líneas me llega la grata noticia de que la casa de los Borges, ubicada en la ahora calle Diagonal Brown N° 301, de la ciudad de Adrogué, partido de Almirante Brown, provincia de Buenos Aires, ha sido declarada Bien de Interés Histórico Nacional, en los términos de la ley 12.665. Es reconfortante que haya políticos que tengan en cuenta estas cosas y hagan justicia con la cultura y la historia como corresponde.