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NARRATIVA

Varios autores, El lector decadente

domingo 29 de julio de 2018, 18:09h
Varios autores, El lector decadente

Selección y prefacios por ​Jaime Rosal y Jacobo Siruela. Atalanta. Gerona, 2018. 592 páginas. 30 €.

Por Francisco Estévez

A finales del siglo XIX confluían sin claro distingo corrientes poéticas como el Decadentismo, el Modernismo y el Simbolismo. Las difusas, a veces voluntariamente imperceptibles, barreras han favorecido la confusión y complicado la interpretación, incluso hoy día. En terreno hispano, con la muerte de Leconte de Isle arrancaba Rubén Darío Los raros, de 1886 (con reciente edición contextualizada y prologada, Colegio de San Luis, 2013), no confundir con la segunda y muy retocada edición de 1905, donde agavilló las semblanzas poéticas de Paul Verlaine, de Jean Moréas, del Conde de Lautreamont, entre otros, que ponían acento en la desviación, lo enfermizo, lo fuera de norma, lo refinado, lo oculto, lo decadente, a fin de cuentas, frente a la modernidad. Introducía una provocadora corriente en las letras hispana. Dos años antes Paul Verlaine había publicado la célebre antología Los poetas malditos de (1884) y poco después Stéphane Mallarmé haría circular sus trascendentes Divagaciones (1989).

El correlato novelesco es la famosa A contrapelo, (1884), de Huysmans, que actuó como modelo de vida para los decadentes. Es decir, la huida de la realidad y evasión al esteticismo y los paraísos artificiales, aquellos cantados por Charles Baudelaire. Frente al empuje de la modernidad de fin de siglo XIX, avivada por la lumbre risueña del progreso, el sombrío cortejo de lo decadente, ante la pleitesía a lo material, la postura aristócrata del desdén, despreciar el naturalismo de Zola para proclamar el esteticismo. Una serie de creadores deciden bajarse de aquel tren de modernidad sabedores del consecuente descenso a los infiernos, ejemplificado feroz, abrupta y salvajemente en Los Cantos de Maldoror (1869) de Conde de Lautreamont.

El decadentismo como posición vital, favorecido por el empuje radical estético simbolista, llevaba al plano físico veleidades corruptas (como anunciara George Eliot en 1856: “No existe arte tan libre de requerimientos rígidos”). Una patológica posición frente a la acomodaticia del mundo nuevo encarnado en la figura del hombre moderno que representó el burgués; la transgresión continua y ruptura definitiva de los preceptos morales de la sociedad. Un precedente prototípico fue la querencia constructiva de Wiliam Beckford (“Alguna gente bebe, yo construyo”) y su descomunal abadía neogótica. En suma, el decadente era nocturno, profanador, libertino, enfermizo, adicto a drogas y placeres depravados,… en clara oposición al hombre de nuevo cuño que propugnaba el aceleramiento de un incipiente capitalismo y la modernidad de la época. Pero fundamentalmente, era un artista que se rebelaba ante el “asesino de cisnes”, en la redonda acuñación que Léon Bloy diera en “La religión del señor Pleur” (1895) al burgués. La “enfermiza sofisticación en lo artístico, el equivalente al dandi en lo social”, por decirlo con palabras de Jaime Rosal.

La selección de textos que ofrece El lector decadente, permite en un solo tomo tomar el pulso a la corriente decadentista y sus cercanas, por ejemplo, atisbar correspondencias entre los Pequeños poemas en prosa (1862) de Charles Baudelaire, el Gautier de El club de los hachisimos (1863), los “Cuentos de un bebedor de éter” (1895) de Jean Lorrain, quien se batió en duelo a pistola con Marcel Proust, y el tenebroso Isidore Ducasse de Los cantos de Maldoror (1869). Saborear La felicidad en el crimen (1874) de Jules Barbey d’Aurevilly y algún pasaje de las célebres Vidas imaginarias (1896) de Marcel Schwob o brillantes páginas del collage narrativo conformado por El Jardín de los suplicios (1899) de Octave Mirbeau.

Y más allá nos permite gozar de textos menos difundidos, como uno de los cuentos crueles de Villiers de L’isle-Adam, el autor de La Eva futura. En el apartado inglés no falta el Prefacio de El retrato de Dorian Gray (1891), y páginas seleccionadas de Salomé (1894) de Oscar Wilde, y cómo no, la estrafalaria figura de Conde Eric Stanislaus de Stenbock, el fundador del Club de los Idiotas, famoso por dormir dentro de un ataúd. Cabe destacar la excelencia de algunas introducciones a los autores y obras, por ejemplo la realizada a Max Beerbohm y su “En defensa de la cosmética” (1894).

El fruto amargo de este libro epatará los ojos posmodernos de muchos, pero sabrá apreciarlo el paladar del lector exquisito. El lector decadente es un acercamiento ideal a obras imperecederas de un ramillete de autores que fueron sublimes.

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