El juez Llarena es perseguido por las calles de un pueblo de Cataluña. Inés Arrimadas, la candidata de Ciudadanos que ganó las elecciones en Cataluña, es insultada, agredida y perseguida por los nacionalistas allá por donde va sin que las “feministas” de cuota en los partidos de izquierda y separatistas digan esta boca es mía. Los ciudadanos de bien en Cataluña viven con miedo ante el terror sembrado por los nacionalistas en esa comunidad. Los Comités Revolucionarios de Cataluña actúan con toda impunidad como si se tratara de un régimen totalitario. El presidente de la Generalidad es un nazi, un polichinela, que dirige un fugado de la justicia desde Bélgica. Todo eso es visto con normalidad por el gobierno de Sánchez, porque el propio gobierno socialista depende de los votos del nazi y el fugado. ¡La situación es de locura!
Vivimos instalados en pequeñas revoluciones que presagian lo peor… En el orden intelectual algo es innegable: las lecciones durísimas del siglo XX parece que no han sido asumidas por los políticos de nuestra época. En España tenemos el ejemplo de un Gobierno socialista que, lejos de asumir críticamente su triste pasado guerracivilista, trata de rehabilitarlo como “modelo” de excelencia política. Sí, el pacto de socialistas y separatistas, que tanto daño hizo a la España de los años treinta, es restaurado por un político que parece desconocer nuestro trágico pasado. Las consecuencias de ese acercamiento de Sánchez a los golpistas catalanes están a la vista: es imposible vivir con tranquilidad en Cataluña. El trato inhumano que dan los salvajes independentistas a Llarena y Arrimadas no es el origen de la violencia sino la consecuencia de la negociación de Sánchez con los separatistas.
Porque vivimos tiempos de militancia, dogmatismo y guerracivilismo, es menester “pararse a pensar”. Sí, porque los medios de comunicación ya ni siquiera siembran confusión sino que solo aspiran directamente a ser obedecidos, tenemos que generar dudas y recelos. Critiquemos sin piedad a los fieles seguidores de consignas y volvamos a la sabiduría inventada por Sócrates. Regresemos a la filosofía para combatir las miles de fórmulas propias de cartillas ideológicas o catecismos laicos, útiles para movilizar en masa, e impedir a toda costa que la gente se pare a pensar. Hoy es más necesario que nunca pararse a pensar, que es una invención extraordinaria, tan soberbia como impráctica, pero que si no se practica, puede llevarnos a la aceptación de terribles actos de maldad.
Este gesto desconcertante de ceder a la duda hasta que el pensamiento y el trato humano nos aclaren las cosas, bien irritante, por cierto, para quien tiene las cosas del todo claras en lo tocante a ciencia u obediencia, se le atribuía como idiosincrasia a Sócrates, quien decía verse obligado a ello por una suerte de demonio o duende que le interpelaba sin aviso. Ortega reconducía esta actitud impráctica y su ancestro, el ensimismamiento, a la fundación de la humanidad misma, separada de este modo de las demás animalidades en permanente alteración: el ser humano es animal que se ensimisma, aunque a veces le cueste la fortuna, la salud y hasta la vida. Arriésguense, pues, queridos lectores, y párense a pensar, a leer en libros que comenten el aserto de Santayana: “Los pueblos que no aprenden de su historia están condenados a repetirla”.