La figura de presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy ha estado siempre asociada al glamour y al mito. Desde una perspectiva política, a la defensa de iniciativas progresistas. La oportuna obra que nos presenta la editorial Confluencias se halla más relacionada con este segundo ámbito. Al respecto, es probable que si no conociéramos con antelación el nombre del autor, a la hora de adivinarlo pensásemos en un profesor de universidad vinculado a la sociología o a la historia.
En efecto, Kennedy analizó el fenómeno migratorio en Estados Unidos, si bien en la obra emplea el nombre grandilocuente de “América”, en un momento concreto como fueron los años cincuenta, cuando escribió Una nación de inmigrantes. Poco antes de su asesinato (1963) cuando se estaba discutiendo la ley de inmigración procedió a actualizarla, de tal manera que su publicación fue póstuma.
Kennedy reivindica la inmigración como característica distintiva de su país y rechaza las leyes que tienden a restringirla mediante el empleo de un sistema de cuotas por naciones. Para avalar su punto de vista, hace un recorrido magistral sobre los orígenes y las razones por las cuales, incluso antes de la Declaración de Independencia, ciudadanos de todo el mundo escogían como destino “América”. En ese sentido, tres eran las causas: búsqueda de tolerancia religiosa, obtención de libertades políticas y escapar de la pobreza. Irlandeses, alemanes, holandeses, italianos… respondieron a este patrón en el siglo XIX. En el siglo XX, ideologías totalitarias como el comunismo y el fascismo también convirtieron a Estados Unidos en un referente para quienes huían de Alemania, Italia o Rusia.
No obstante, el autor huye de cualquier componente utópico, aunque sí que se perciben ciertos toques idealistas, puesto que describe las dificultades que sufrieron inicialmente quienes llegaron a Estados Unidos, en particular en el siglo XIX. Esos problemas de todo tipo los disecciona con nitidez: desde el empleo en los trabajos más duros (por ejemplo, en la construcción del ferrocarril que unió el Este con el Oeste) hasta los aprietos derivados de no conocer el idioma (caso de rusos, búlgaros, rumanos…).
Una vez señalada esta suerte de rasgo común, Kennedy se centra en explicar la aportación que hicieron al progreso (técnico, cultural, económico…) de “América”. Esta contribución indudable al crecimiento del país convivió con otra tendencia antagónica. En efecto, conforme se fue desarrollando el siglo XIX el racismo, vinculado a movimientos de larga data como el Nativismo, disfrutaron de presencia entre los americanos. Católicos en un primer momento y chinos, alemanes o italianos después fueron víctimas del racismo, situación que reprocha Kennedy pero que expone con valentía.
Además ilustra cómo determinados tópicos aparecieron en el imaginario colectivo, tales como vincular a ciertas nacionalidades con ausencia de respeto a la ley o con ideologías subversivas. Asimismo, según se desarrolló el siglo XX, las políticas migratorias de Estados Unidos se hicieron menos proclives a permitir la llegada de extranjeros. Este fenómeno se pudo comprobar con los judíos que huían de la Alemania Hitler o previamente cuando estalló la crisis económica de los años 20.
En definitiva, Kennedy abordó un problema en los años 50-60 que en 2018 disfruta de la máxima actualidad en Estados Unidos y en determinados países de la Unión Europea. La inmigración sigue constituyendo objeto de discusión y de polémica, resultando difícil alcanzar consensos. Hoy como ayer es un tema en el que la demagogia y el buenismo, en ambos casos manifestaciones de un populismo de cortas miras, impiden el logro de soluciones eficaces y oportunas.
En íntima relación con la idea anterior, tampoco ha cambiado la percepción del inmigrante que ve “América” como un lugar de libertad, de tolerancia y de oportunidades profesionales, aspectos que en pleno siglo XIX ya subrayó Alexis de Tocqueville, cuya figura reivindica Kennedy. Si el aludido autor francés resucitara, probablemente se quedaría perplejo ante los brotes de antiamericanismo que abundan en el presente y que medios de comunicación, creadores de opinión y académicos difunden sin rubor.