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POESÍA

Jesús Munárriz: Capitalinos

domingo 05 de agosto de 2018, 15:47h
Jesús Munárriz: Capitalinos

La Isla de Siltolá. Sevilla, 2018. 144 págs. 11 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

Capitalinos, tercer volumen de la colección que Ediciones La Isla de Siltolá (tras Grillos y luna de Susana Benet y Recogido en el agua de Félix Arce Araiz), dedica al haiku, va firmado por quien fue un verdadero precursor del género en España: Jesús Munárriz (San Sebastián, 1940). Munárriz escribió y publicó haikus cuando aún no se habían puesto de moda, y contribuyó a la difusión y al predicamento del que hoy en día gozan a través de su editorial, Hiperión, comenzando por títulos recopilatorios como El haiku japonés (1993) o Haiga: haikús ilustrados (2005), hasta los más recientes Haikus en el corredor de la muerte (2014) -impactante y francamente recomendable su lectura, por cierto-, Haikus de amor (2015), Haikus de guerra (2016), Haikus a contracorriente (2018), pasando por los imprescindibles como Los 99 Jaikus de Ryokan, por citar solo unos cuantos. Entre los de su producción destaca Jaikus aquí, de 2005.

Los haikus de Jesús Munárriz tienen el acento directo y sincero que gusta dar a su producción poética, despojada de galas inútiles; quizá por eso sea una forma que le atrae especialmente, por su esencialidad y aparente sencillez, a la que Munárriz carga en muchas ocasiones de ironía, hasta ser mordaces y cáusticos pese a su apariencia de espontaneidad. Ese carácter, de forma salpicada aquí y allá, lo encontraremos en estos haikus “capitalinos”, que sugieren, como dice Susana Benet, “un ameno paseo por Madrid”, pues “reflejan con sencillez y precisión la atmósfera bulliciosa y cambiante de una gran ciudad”.

Los poemas de Capitalinos se agrupan en cuatro capítulos que corresponden a las cuatro estaciones: “Invernales”, “Primaverales”, “Veraniegos” y “Otoñales”, salvaguardando con ello ese referente clásico y casi obligado, pero con una mirada que va más allá de los elementos naturales, integrando toda la compleja diversidad -a veces dura y alienante, otras entrañable, siempre vital- que acompañan a una gran urbe como es Madrid.

Cotidianeidad que, por serlo, no suele provocar el que fijemos la atención en ella y nos cale más allá de lo que simplemente reconocemos al paso, día a día. Si lo hiciéramos, si lo hacemos a través de los ojos del autor, podremos sentir esas realidades además de verlas, podremos captar cuadros inadvertidos, matices que en la prisa de la ciudad se nos pasan, como esa mariposa que revolotea en los andenes del metro, o ese albaricoquero que florece entre los edificios, o ese diente de león que se abre paso y crece en el bordillo, o el lila sobre lila de los lilos y las glicinias, o “En pleno centro / ¡el olor de la hierba / recién cortada!”; compartiendo el mismo espacio que las luces eléctricas y las habituales estampas y situaciones de la vida diaria de la ciudad, los ruidos, las prisas, aquel que habla a gritos con el teléfono, el trabajo, los negocios… -“Escaparates / coches, aceras, troncos, / ¡y en lo alto flores!”-, junto a la alegría, el bullicio, las fiestas, la compañía… -“Juguetes nuevos / mañanitas de Reyes, / ¡risa de niños!”-. Y también aquello que debiera golpearnos, pero que por habitual y repetido encajamos con naturalidad: “Cartones, mantas, / mendigos en los quicios / frío febrero”, aspecto este último tan característico y reiterado en la obra de Jesús Munárriz, en su postura crítica y vital que asoma siempre en su obra, o a la que dedica, entre otros, su último Los ritmos rojos del siglo en que nací (título, por cierto, con ritmo de haiku). En definitiva, y volviendo a utilizar palabras de Susana Benet, sin duda estos poemas “revelan un ojo atento y una mente sensible”, que podemos ahora descubrir.

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