www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ENSAYO

Clara Campoamor: El voto femenino y yo: mi pecado mortal

domingo 02 de septiembre de 2018, 19:09h
Clara Campoamor: El voto femenino y yo: mi pecado mortal

Prólogo de Blanca Estrella Ruiz Ungo. Renacimiento. Sevilla, 2018. 272 páginas. 17,90 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

Digamos que es conocida la injusticia histórica cometida con la persona que consiguió en España, en 1931, el voto para la mujer -y con ello, por primera vez en nuestro país, el sufragio universal-: Clara Campoamor, diputada por Madrid del Partido Radical (partido de ideología republicana, laica y demócrata) y una de las tres únicas mujeres en las Cortes Constituyentes republicanas, junto con Victoria Kent, del Partido Radical-Socialista, y Margarita Nelken, incorporada ya iniciada la legislatura por el PSOE; digamos también que conocemos las circunstancias sociales y políticas de los años 20 y 30 del pasado siglo hasta el advenimiento de la II República ese mismo año de 1931; digamos asimismo que ya son públicos, claros y accesibles para toda la ciudadanía -erradicado el analfabetismo y secular apartamiento de las clases bajas del poder- los engranajes de la política; digamos al fin que tras más de 40 años de democracia hemos podido y han podido ya las nuevas generaciones tener acceso a la Historia sin censuras ni recortes…

Mientras leo las páginas del impresionante documento que es El voto femenino y yo: mi pecado mortal, de Clara Campoamor, pienso que lo dicho es mucho decir y es mucho creer, y me pregunto si la Dictadura posterior fue realmente solo un paréntesis doloroso o si, lo que es más doloroso aún, han sobrevivido a ella y a la democracia (pre) juicios, usos sociales y mentalidades que dan validez de rabiosa actualidad al texto que nos ocupa. El derecho al voto femenino se aprobó en las Cortes en la sesión del 1 de octubre de 1931 por una mayoría de 161 votos a favor frente a 121 en contra. Campoamor tuvo que defenderlo en solitario y, además de en contra del ala conservadora de la Cámara, contra la oposición -en contradicción con sus programas electorales- de su propio partido, de la azañista Acción Republicana y de Radicales Socialistas, llegando incluso a cotas tan extremas como las de tener que discutirse y votarse por segunda vez (el 1 de diciembre) en la Cámara una Ley ya aprobada. Los apoyos con que contó fueron los del Partido Socialista (con ciertas excepciones) y votos particulares de Catalanistas, Galleguistas, Progresistas y Al Servicio de la República, además de apoyos, o abstenciones en la segunda votación, de las derechas.

Es chocante comprobar cómo, en todas las ideologías y partidos políticos, incluidos los de posiciones ideológicas más liberales o directamente revolucionarias, estaban tan ásperamente arraigadas, entre algunos de sus miembros, convicciones que afloraron sin tapujos en las discusiones parlamentarias, en los medios de comunicación y en la calle. Y asombroso evidenciar cómo, pese a haberse ganado por mayoría la votación, se luchó denodadamente y de manera tan visceral durante años para echar abajo este logro parlamentario. La excusa, largamente repetida y asumida, de que dar el voto a la mujer era dárselo a la Iglesia y al conservadurismo, aunque falsa como se demuestra de forma simple con el cotejo de los datos de las elecciones posteriores de 1933 (aunque la victoria de las derechas se le achacó al voto femenino) y 1936, increíblemente, todavía se repiten hoy a modo de justificación histórica, cuando de trasfondo lo que latía –también- era el temor a perder los escaños.

Clara Campoamor hubo de sufrir, dentro y fuera de la Cámara, y durante años, todo tipo de imprecaciones y agresiones, además del ostracismo político; por eso, como justificación a estas páginas, escritas en 1936 tras la victoria del Frente Popular, confiesa: «Después de oír en silencio durante cinco años clamores apocalípticos, no se juzgue desorbitada mi pretensión de hablar yo también». No me detengo a incluir citas de sus palabras o de las de otros, mejor leerlas todas; baste apuntar, como dice la autora, que «frente a ningún problema político, jurídico o social se dirán jamás las incongruencias y enormidades que se dicen cuando a la mujer se discute».

Fuera de poses y conveniencias, digamos entonces que la reedición y lectura de textos como El voto femenino y yo: mi pecado mortal (1936), o La revolución española vista por una republicana (1937), igualmente de Clara Campoamor, u otros muchos de los que forman los -considero que imprescindibles- títulos de otras colecciones de la editorial Renacimiento como «Biblioteca de la memoria», «Espuela de Plata», «España en Armas», «Biblioteca del exilio» o «Biblioteca Elena Fortún», o publicados por otras editoriales, sí que son una verdadera recuperación de la tan aireada «memoria histórica»; más allá de circenses espectáculos políticos y mediáticos como, por citar solo uno, al que asistimos estos días en torno a -¡todavía y a estas alturas!- el traslado de los restos de Franco. Si quieren forjarse un criterio propio para no hablar, como suele decirse, «por boca de ganso», apaguen la tele -o no-, pero pónganse a la lectura de este y otros muchos testimonios directos y sean ustedes, cada cual, los que juzguen aquellos hechos que les tocó vivir a nuestros padres y abuelos y que conforman nuestro presente. Unos hechos sustraídos en el pasado por la Dictadura, pero manipulados demasiadas veces hoy por intereses de tan poco vuelo ideológico como los que movieron a determinados sectores -incluso dentro de las filas republicanas, liberales y de ciertas izquierdas- a «justificar» su voto en contra del derecho en igualdad de la mujer al sufragio universal.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios