www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Puntos suspensivos, de Esther Santos Tello: la esperanza en los compás de espera

lunes 03 de septiembre de 2018, 10:28h

La joven dramaturga acierta con su primera pieza larga, una obra que nos hace reír y pensar, sin necesidad de proclamas, protagonizada por tres mujeres del aquí y ahora.

Puntos suspensivos, de Esther Santos Tello: la esperanza en los compás de espera
Ampliar

Puntos suspensivos, de Esther Santos Tello

Directora de escena: Esther Santos Tello

Intérpretes: Rosa Torres, Rosalía Castro y Lucina Gil

Lugar de representación: Teatro Lara (Madrid)

Por Rafael Fuentes

Después de varias piezas cortas de interesante factura, Esther Santos Tello se ha decidido a dar el salto, al fin, a un primer drama extenso. Su estilo personal, augura que estos Puntos suspensivos son el preludio de una trayectoria sólida y prolongada, un primer eslabón de una dramaturgia que comienza a alzarse. En esta primera entrega se aprecian unos perfiles ya bien definidos de sus gustos escénicos, unos valiosos pilares sobre los que sustentar su incipiente y prometedora trayectoria: múltiples puntos de vista en contraste pero siempre en femenino, un lugar de encuentro simbólico, un apego al realismo coloquial que solo poco a poco se va rasgando, en apariencia de forma casual, para dejar aflorar heridas y dilemas profundos de los que nunca tenemos una perspectiva íntegra, de modo que nuestras deducciones e imaginación se ven espoleadas a inferir el drama completo. Asimismo una elaborada sencillez con la que evitar que lo doloroso alcance ninguna nota estridente, el propósito de soslayar cualquier efectismo, abordar el sufrimiento y el desconcierto sin engolamientos, grandilocuencias o solemnidades impostadas. La confianza en que la llave de las soluciones la debemos encontrar en el oscuro interior de nosotros mismos. Toda una vacuna frente a una época como la nuestra propensa al estrépito, el victimismo, la hipérbole y el aspaviento tan falso como inútil.

Tres mujeres -dos hermanas enfrentadas entre sí, y una extraña, atada a su móvil como herramienta de trabajo-, se dan cita casualmente en la sala de espera de un hospital. Ese lugar -que permite una clásica unidad de acción, espacio y tiempo-, representa una alegoría de lo que une a estas tres protagonistas femeninas tan diferentes: un instante de respiro ante los riesgos y amenazas que se ciernen sobre sus existencias, una tensión que acecha desde las habitaciones hospitalarias donde seres queridos -u odiados- se debaten entre la vida y la muerte. Un compás de espera bajo una presión emocional que les impulsa a abrir el corazón, hurgar en sus secretos, tomar conciencia de su ansiedad y reponer fuerzas para dar una respuesta positiva contra la desesperanza. Se trata, sí, de un espacio físico, pero a la vez encarna un territorio del alma donde han ido a caer, en los puntos suspensivos del tiempo, estas tres mujeres.

La aproximación a sus conflictos y personalidades no es directa. Esther Santos Tello recrea con gran habilidad el caracoleo irresoluto de la comunicación coloquial, donde insignificancias de la vida cotidiana conducen a asuntos trascendentes para perderse transitoriamente en algún detalle bufo y elevarse después a una cuestión sustancial. Casi a vuela pluma, en esbozo, surgen, entre otras, la disyuntiva de la prostitución, su reglamentación o abolición, la precariedad laboral, aceptar o no la bajada de los salarios, la emigración económica de personas muy calificadas profesionalmente, la maternidad, temas que les afectan de modo directo. Pero la joven dramaturga tiene la destreza de no convertirlos en materia de disertación ni de afrontarlos con discursos o alegatos unilaterales. Su mirada polifacética sobre estas encrucijadas sirve, ante todo, para ir definiendo, delimitando y haciendo emerger el singular carácter que particulariza a cada una de sus tres protagonistas. Sería conveniente recordar aquí cómo en su ensayo Una habitación propia, la novelista Virginia Woolf meditaba en torno al paradójico contraste entre los fascinantes personajes femeninos de la literatura universal frente al prosaico discurrir de las mujeres reales, entregadas a las insulsas tareas de fregar, barrer, cocinar y cuidar de la prole hasta la extenuación.

Llegaba a la conclusión la autora de Las olas que esas heroínas literarias no eran más que la proyección de la experiencia masculina, solo que revestida exteriormente con atuendos femeninos. Se necesitaban, pues, y se siguen precisando, personajes femeninos surgidos de la propia experiencia de las mujeres. En su creación, Esther Santos Tello no solo lleva esto a cabo sino que, en parte, retoca la apreciación de Virginia Woolf, porque de existencias que consideraríamos -desde fuera-, como prosaicas y anodinas, afloran identidades con magia y llenas de sesgos imprevistamente originales. Quizá porque toda vida humana, por humilde que parezca, es siempre única, una tierra incógnita, una aventura singular que nunca se volverá a repetir. Extraer ese tesoro dramático de entre el polvo de lo cotidiano, es una de las habilidades más sobresalientes de esta nueva autora.

Algo que se aprecia de inmediato con la Violeta de Puntos suspensivos, quien nos hace reír con sus aparentemente grotescos negocios telefónicos, hasta que averiguamos que esta es su exclusiva manera de subsistir y dar de comer a su hijo después de que su esposo lleve siete meses en coma con un traumatismo craneoencefálico tras un accidente. La actriz Lucina Gil le otorga esos difíciles perfiles contrapuestos de humor, exageración en sus transacciones, temor y a la vez determinación para no dejarse abatir ni quedar paralizada por el miedo. Violeta parece hacer honor al simbolismo de la flor que lleva por nombre. Pequeña, de hoja perenne, expresa humildad, persistencia, lealtad. Por desesperada que resulte su situación, jamás se dejará ganar por la exasperación. Ha decidido no poner nunca un punto final a sus aspiraciones y siempre encuentra la fórmula para convertirlas en uno significativos "puntos suspensivos" que les den continuidad.

Toda una lección para Mara -interpretada por Rosa Torres-, una publicista freelance, afectada por ataques de ira y resentimiento. Junto a su hermana Sofía -en cuya piel se mete con soltura Rosalía Castro-, aguarda el desenlace del intento de suicidio de su madre. Ni en ese trance es capaz de sentir compasión: “Nosotras hemos crecido sin ese sentimiento de unión que se tiene entre hermanas. Todo es por culpa de ella.” Sin duda muy inteligente, no acierta a hallar la sabiduría de perdonar y perdonarse. La actriz Rosa Torres le confiere un interesantísimo tono de sarcasmo resentido. Los latinos decían que “el nombre es el destino”: nomen es omen, y al igual que sucede con Violeta, su nombre, Mara, pareciera corresponderse con ese demonio de la mitología budista denominado “mara”, encarnación de todos los impulsos negativos y egocéntricos que impiden a la persona acceder a la luz. La evolución de Mara, en este sentido, resulta el factor más sugerente en el avance del drama, dirigida hacia la necesidad de una catarsis y una auténtica expiación que quizá al fin la ilumine.

Mientras esto no suceda, el compás de espera de sus personales puntos suspensivos, son vividos por Mara como una exacerbada incertidumbre que la encoleriza e indigna. No sabemos si los personajes han sido bautizados con una intención simbólica, pero su hermana Sofía representa, como su nombre indica, un contrapunto de “sabiduría”. La inteligencia de aprender a perdonar y comprender cómo revertir un revés o un contratiempo imprevisto, en una ocasión para avanzar. Tres voces femeninas en liza cuyos entresijos nos empujan a meditar de qué modo arrostrar los tiempos muertos de nuestra existencia sin que se trasformen en una ponzoñosa e irreversible intoxicación.

Esos tiempos muertos, los compás de espera, la inquietud por la incertidumbre a la que hacen alusión esos “puntos suspensivos” del título, parece ser una experiencia que prolifera en nuestra época si tuviéramos en cuenta todas las canciones rap, pop, reguetón: Nikone, Rxnde Akozta, Piso 21…, que se han titulado así: puntos supensivos. Aunque, personalmente, no dudo en mi predilección por los “Puntos suspensivos” del grupo Vetusta Morla donde se proclama que “vivo colgado en puntos suspensivos… Este bendito cuento que se repite, gira clavado en los puntos suspensivos y siembra en los cruces de caminos promesas." Otro verso de la canción advierte: "Te dejé el principio del capítulo final.” Siempre estamos en un perpetuo principio sin conclusión final. Sin duda la inseguridad, la provisionalidad, lo eventual e interino se han instalado con fuerza en el momento que nos toca vivir. La primera obra larga de Esther Santos Tello -publicada de forma impecable por la editorial Actoprimero-, posee la virtud de hacernos ver que esa circunstancia puede ser tanto una maldición como un estímulo para reescribir nuestras propias historias. Todos los capítulos de nuestro libro están inconclusos y requieren que cada uno de nosotros redacte su propio desenlace. Se agradece infinitamente que Esther Santos Tello no nos ofrezca recetas precocinadas, sermones ni arengas políticas tan rimbombantes como ficticias. Más bien es un teatro que se compromete con lo concreto, con la empatía hacia las experiencias íntimas ocultas y el uso sabio de las emociones que nos hace tan eficazmente sentir.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (32)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.