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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Los días de la nieve, de Alberto Conejero: la costurera prodigiosa

La actriz Rosario Pardo interpreta a Josefina Manresa.
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La actriz Rosario Pardo interpreta a Josefina Manresa.
jueves 13 de septiembre de 2018, 19:52h

El autor de “La piedra oscura”, tras presentarnos en esa pieza a Lorca, aborda aquí la figura de Miguel Hernández a través de un extraordinario soliloquio de Josefina Manresa, esposa del poeta de Orihuela.

Los días de la nieve, de Alberto Conejero


Director de escena: Chema del Barco

Intérprete: Rosario Pardo

Lugar de representación: Teatro del Barrio (Madrid)

Alberto Conejero ha afrontado en Los días de la nieve la inmensa figura del poeta Miguel Hernández de un modo similar a como lo hizo con Federico García Lorca en su celebrada La piedra oscura: mediante un método transversal, que elude la acometida frontal y directa. Atrapar la dimensión mítica que ambos poseen, más que un asalto, requiere un hábil cerco lírico con el que capturar el alma de estos dos gigantes de la poesía. Un asedio mejor que la embestida frente a frente. Ya el filósofo Jacques Derrida recomendó que los monumentales espíritus del pasado que suscitan una culpa colectiva deben comprenderse a través del asedio, ya que “asediar” es una forma de “estar” en un lugar sin “ocuparlo”, y porque, al mismo tiempo, la idea de asedio se relaciona etimológicamente con obsesión. Para ese asedio, tanto en el caso de García Lorca como en el de Miguel Hernández, el dramaturgo jienense ha elegido a personas muy próximas a ambas leyendas. Seres que vivieron profundamente marcados por la impronta física, sexual, intelectual y espiritual de los dos creadores, hasta convertirse en depositarios y custodios de su obra tras su muerte.

En el caso de La piedra oscura, se trataba de Rafael Rodríguez Rapún, la última gran pasión amorosa del autor del Romancero gitano. Rodríguez Rapún murió en la Guerra Civil en 1937, y Alberto Conejero lo imagina en su desesperado intento de convencer a su carcelero para que salve la producción póstuma lorquiana -extraordinarios sonetos y dramas-, pocas horas antes de ser desgarrado por las balas en el paredón. Ahora, en Los días de la nieve, nos encontramos en el escenario a la esposa del poeta de El rayo que no cesa, Josefina Manresa, tiempo después de consumada la tragedia. Y ambos, Rafael Rodríguez Rapún y Josefina Manresa, encarnan dos satélites que reciben la luz que irradian Lorca y Miguel Hernández más allá de su desaparición. Una supervivencia luminosa que subsiste tras el martirio. Una forma de estar en ellos sin ocuparlos, y de hacer que nuestra obsesión por su monstruosa muerte no se torne en una obcecación inútil.

Los dos han sido guardianes tanto del ávido deseo de sus enamorados como de sus confesiones íntimas y sus manuscritos que no llegaron a tiempo a la imprenta. Pero Rodríguez Rapún está signado por la destrucción, la propia y la del legado que conserva, mientras que Josefina Manresa personifica la resistencia, la longevidad, la fecundidad y, por tanto, también la supervivencia del tesoro literario que tiene en sus manos. No es casual que Conejero nos la presente durante toda la pieza solo en su tarea de costurera, terminando de confeccionar un soberbio traje para una enigmática visitante, una interlocutora que nunca vemos. Esta labor de hilvanar humildemente una majestuosa prenda, posee dos vertientes contrapuestas y complementarias: es el quehacer modesto y oscuro del día a día de quienes sustentan anónimamente la Historia, y, al mismo tiempo, representa el gran mito de todas las culturas de “La Tejedora”: la Maya hindú, la Sulis celta, la Minerva romana, la Hilandera de los hopis, la Atenea griega. Ese gran arquetipo legendario que posee la virtud de crear vidas o sostenerlas mágicamente, el potencial de volver a tejer mundos que han sido rasgados e hilar afectos, solidaridades, proyectos.

De esta manera, en su pobre taller, en términos tanto costumbristas como sociales, Josefina Manresa simboliza a la operaria, a la asalariada, a la artesana, al proletario, así como a los vencidos. Pero en el interior de su dimensión humana, atesora algo aún más trascendental: un corazón sagrado de la diosa tejedora, que en nuestra cultura encontró su primera gran expresión literaria en la Penélope de la Íliada. El pequeño obrador reproduce a una escala municipal, la Ítaca soñada por Ulises, donde Josefina Manresa se dará cuenta de esa formidable odisea escondida que fue su vida junto a la aventura pública de su esposo. Esta doble vertiente, social y legendaria, ha sido captada de forma extraordinaria a través del lenguaje concebido por Alberto Conejero.

De un lado, el soliloquio de Josefina Manresa dirigido a su misteriosa interlocutora recoge la expresividad coloquial más limpia y llana del pueblo. Pero a la vez, esa habla conversacional entraña una bellísima dimensión lírica, convirtiendo el relato de Josefina en una profunda y nada retórica elegía. Difícil de realizar esa mixtura entre el habla dialogada a ras de tierra y el lenguaje hondamente poético. El autor logra encontrar una intersección perfecta entre ambos. Estamos, pues, ante una excepcional elegía de Josefina Manresa y Miguel Hernández que no deja de ser una narración contada mediante la palabra sencilla y directa del pueblo. Así se trenzan, con las mejores artes de las costureras, los hechos, los recuerdos, los sueños, la compleja red de emociones. Al final de este maravilloso soliloquio, Josefina ha compuesto ese hechicero vestido, con el color simbólico del agua del mar. Un atuendo que su oculta interlocutora no merece, aunque se lo haya encargado, porque, en realidad, es la extraordinaria vestimenta que ha confeccionado con los hilos de su vida, en vez de la ropa de luto que siempre lleva como hábito. Deliciosa alegoría por parte del autor.

La actriz Rosario Pardo se desenvuelve con destreza en esa doble cara de su personaje, entre la diminuta mujer vestida de negro y la rutilante Penélope de una aldea española, al ritmo del ajetreo trivial y el fulgor del astro que es Miguel Hernández, cuya aura todavía la alumbra. Quizá habría ganado aún mayor contundencia, si no acelerara el desenlace y concediera más tiempo y energía al inesperado enfrentamiento final con su secreta antagonista.

Se nos dice que el tiempo habla a Josefina y lo hace “con la lengua de la aguja”. Gran acierto de Conejero con esta metáfora. La aguja teje, en efecto, pero lo lleva a cabo sin marcha atrás, con un verbo de acero que no tiembla, donde se da cabida a la ternura del amor y conjuntamente al puñal de la tragedia. El dramaturgo ha querido que su criatura, dentro de su bondad, tenga ese temple de acero precisamente para realizar su misión: sobrevivir. Ese mandato que su marido le impuso en el célebre poema donde le exige perdurar por encima de los crímenes y la necrópolis en que se estaba transformando España: “Sobre los ataúdes feroces en acecho, sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa te quiero”.

Ella cumple escrupulosamente ese mandato, pero sin furia, lo que hace su vigor aún más fuerte. En el prólogo a la edición de Los días de la nieve -editorial Antígona-, Laila Ripoll deja constancia del compromiso de Alberto Conejero con la política de “verdad, justicia y reparación”. Pero este ha tenido el inmenso acierto de no convertir a Josefina Manresa en la muñeca de un ventrílocuo que sermonea con sus convicciones políticas. Su personaje posee su propia entidad y autonomía, evitando que la pieza caiga en un alegato de lo obvio. La esposa de Miguel Hernández no es aquí una líder ideológica sobrevenida. Conejero la aparta cuidadosamente del rencor, incluso de cualquier discurso explícitamente político. Penélope tampoco empuñó el arco con el que alancear a los usurpadores de su palacio.

El propósito de desligarla del discurso ideológico se percibe en muchos momentos de la obra. Por ejemplo, cuando el padre de Josefina Manresa, guardia civil, es asesinado por las milicias republicanas, que dejan su fisonomía macabramente desfigurada. En ese instante, se podría abrir un desgarro político espantoso, ante el dilema de honrar al padre ejecutado por fuerzas de izquierda y la lealtad a su esposo, al servicio inequívoco de esas mismas formaciones. Pero esa ruptura interna a causa de la violencia política no se produce, porque el vector que impulsa a Josefina no es otro que saltar por encima de tumbas y ataúdes mirando hacia delante para dar una oportunidad al futuro y esperanza a la vida.

Otra ocasión no menos señalada en ese objetivo de desvincularla de la ideología política manifiesta, se encuentra en la muerte de Ramón Sijé. Ese joven católico, gran amigo y mentor de Miguel Hernández, decisivo en su aprendizaje y mecenazgo en los círculos literarios e intelectuales, había evolucionado durante la época republicana hacia posiciones falangistas. Algo que les arrastra a una enconada enemistad. Sien embargo, cuando la muerte sorprende a Sijé conmociona al autor de Viento del pueblo, y escribe los emotivos versos de “Elegía a Ramón Sijé”. Enfurecida pugna política frente a intensa fraternidad humana.

Josefina no entra en ese desafío político que dejaba herida la antigua hermandad. Nos cuenta, más bien, cómo la novia de Ramón Sijé se había presentado con telas para que le hiciera un vestido color gris tormenta. Un tejido fúnebre, de modo que al fallecer Sijé, sentencia que el traje de la novia “había cumplido su cometido”. Es su perspectiva de tejedora -simbólica-, la que domina sobre cualquier otra conceptualización. Hay que saber tejer para la vida, nunca hacerlo para la extinción. Un traje fúnebre que conlleva, también, la simbología trágica de la predestinación.

Algo que, quizá, se halle por igual en el título del drama: Los días de la nieve. Como todo en esta pieza, tiene un rostro realista y reverso legendario. Sin duda, alude a la dureza afectiva y a las carencias materiales de los vencidos en la contienda. Y al mismo no deja de evocar aquel fabuloso “Romance del Enamorado y la Muerte”, donde escuchamos: “Vi entrar señora tan blanca, muy más que la nieve fría. / ¿Por dónde has entrado, amor?”. A lo que la supuesta amante blanca como la nieve, le responde: “No soy el amor, amante: la Muerte que Dios te envía”. Recordarán cómo el soñador busca refugio en su enamorada que labra y cose, sin que pueda ponerlo a salvo.

Los días de la muerte, o de la nieve, han tasado horas, minutos y segundos de una existencia con final funesto. Alberto Conejero ha rescatado el dorso vital de esa catástrofe. Pues Josefina Manresa encarna a esa costurera prodigiosa capaz de ofrecernos la esperanza de perdurar incluso tras las más espantosas catástrofes. Es un hada madrina de la vida, lo que, quizá, la hace más atractiva que el Rodríguez Rapún lorquiano. Y que, en todo caso, igual que aquel, nos permite el conjuro de asediar e instalarnos en un mito como Miguel Hernández sin invadirlo ni ocuparlo.

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