La muchedumbre que se agrega frente a la fachada de la Universidad de Salamanca no va allí atraída por su fino relieve, sino a buscar la rana, que según la superstición actual, atrae la suerte al más atento. Detrás, al lado de la estatua de fray Luis de León hay un reloj de cuenta atrás donde corren los segundos que quedan hasta el 800 aniversario de la célebre Universidad. Sólo pensar en los ochocientos años, transcurridos segundo a segundo y dedicadas a la labor de enseñanza y aprendizaje, de estudio en silencio y del duro debate en el ámbito público. El mismo Luis de León supo bien que el debate intelectual podía llevar a las rencillas y las rencillas a las acusaciones.
A lo largo de los 800 años transcurridos desde la aparición de la docta Universidad Salmantina, el papel del estudioso, del sabio en la sociedad europea ha cambiado mucho. Su prestigio se ha ido degradando hasta llegar al total desprestigio de hoy. La guerra de los títulos universitarios entre los políticos es otra muestra de la gran decadencia de la universidad española. Los grados y postgrados no valen más que una línea en el curriculum vitae. El debate planteado por los medios de la comunicación vierte en torno a las cuestiones menores, que no llegan o, quizá, no se atreven a desvelar un problema real: la ideologización de la universidad y su alianza con las élites políticas. El nivel de ideologización es tal alto que afecta de igual manera a la privada que a la pública. El estudio se redujo al mero trámite de la matriculación, la esporádica asistencia a las clases y una entrega de trabajos al estilo de “copia y pega”. ¿Se puede pedir más si los alumnos no asisten las clases de jueves o viernes bajo el pretexto de que son los días para salir de copas o, más bien, de “botellón”? Y lo más grave es que lo consideran un motivo totalmente aceptable.
La universidad hoy, como muchas otras instituciones, es un fin, una promesa de un empleo futuro. La sociedad, donde la mayoría de jóvenes aspiran a ser funcionarios y venderían el alma al diablo si les garantizase las 14 pagas vitalicias. Además, la creencia en el progreso asegurado es tan viva en la sociedad que no podemos ni imaginar que nuestro modo de vida necesita un trabajo constante y dedicación. Hace ocho siglos se creía lo contrario: no habrá avance social sin un enorme esfuerzo por aprender y aplicar este saber pro bono comuni. Hoy el bien común es sustituido por el provecho individual, por lo cual todo vale. El espectáculo de los políticos, sumergidos en la busca de los títulos falsos o de obras plagiadas, es patético. Una sociedad donde sólo existen los intereses privados, tiene sus días contados.