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DIARIOS

Matilde Ras: Diario

domingo 16 de septiembre de 2018, 17:13h
Matilde Ras: Diario

Edición y notas de María Jesús Fraga. Prólogo de José Luis García Martín. Renacimiento. Sevilla, 2018. 338 págs. 19,90 € (Biblioteca de la Memoria, Serie Menor; 53).

Por Inmaculada Lergo Martín

Tras la publicación en 2016 de la obra de la escritora Matilde Ras (Tarragona, 1881-Madrid, 1969) Cuentos de la Gran Guerra, la editorial sevillana Renacimiento rescata ahora otra obra de esta misma autora, un texto prácticamente desconocido, Diario, editado en Coímbra en 1946, y que, por las circunstancias de la España de esos años y las leyes que entonces protegían al libro español, fue -de ello se duele la propia autora- muy poco difundido y conocido en nuestro país. El Diario fue escrito durante el periodo de exilio voluntario que Matilde Ras pasó en Portugal, entre junio de 1941 y septiembre de 1943. María Jesús Fraga, responsable igualmente de esta edición, nos informa de que Ras llevó a España desde Portugal los ejemplares que pudo de su dietario, y que fue la madrileña editorial Reus la que, bajo su sello, distribuyó esos pocos ejemplares. A estas cirucunstancias hay que añadir el que la presente edición se completa con otro diario, inédito hasta el momento; unas páginas escritas entre noviembre de 1946 y abril de 1947, en una segunda estancia en Portugal, cedidos a la editora por la familia de Ras, lo que incrementa de por sí el valor de esta publicación.

Valor que no se ciñe -como parece deducirse en mucho de lo que circula por internet sobre la autora- al hecho de su especial relación con Elena Fortún, ni tampoco a que fuera la primera grafóloga científica en España, sino por encontrarnos, como avala José Luis García Martín en el prólogo, ante «una secreta obra maestra de la literatura autobiográfica», con cuya lectura no nos arrepentiremos «de haber iniciado un viaje en el tiempo de la mano de una mujer excepcional, a la que las circunstancias -la primera de todas ser mujer- quisieron dejar siempre en un segundo plano». Matilde Ras, intelectual muy activa, escribió y publicó narración, ensayo y teatro, e igualmente traducciones de poetas como Verlaine, Baudelaire, Valéry…; colaboró asimismo durante décadas en diarios y revistas como Blanco y Negro, Estampa, ABC, etc. Sin la labor de Ras, Elena Fortún, Concha Méndez, María Lejárraga y otras mujeres intelectualmente valiosas y activas -me sumo a las palabras de García Martín- «no habría sido posible el esplendor cultural de la Edad de Plata», de ahí la necesidad de recuperar sus obras e irlas sumando al conjunto de la producción intelectual y artística de esos tan excepcionalmente fecundos años de la cultura española.

De una original agudeza a la hora de observar el paisaje, a las personas, a los animales dométicos, a todo su entorno…, el relato día a día de aquellos momentos tan duros y a la vez tan especiales para la autora está pincelado -a pesar del rechazo expreso a volcar en ellos la queja y el sentimentalismo- de una discreta emotividad, que muy pocas veces desborda. Pero es fácil sentir lo que supone este exilio: una vida antes rica detenida, los amigos ya ausentes o muertos, todo lo que poseía destruido… Pese a todo, trabaja sin descanso enviando artículos a España, traduciendo obras y acomodándose a la soledad y a la austeridad de su nuevo estatus; y manteniendo incluso su fino humor, que verterá en el diario. Lee también mucho y eso llena sus días; y con el paso del tiempo va haciendo nuevos amigos que irán llenando de nuevo su vida y que atenúan el dolor de las ausencias -la más dolorosa la de Elena Fortún, exiliada en Buenos Aires-. Entre ellos destaca el escritor portugués Ricardo Serra, a quien tradujo y que fue quien la instó a publicar sus diarios.

«¿Por qué escribió Amiel su Diario? ¿Por qué muchos otros, por qué yo misma, detallado o no, escribimos esta especie de calendario personal?», se pregunta en una de sus páginas. «El hombre es el ser que necesita contar lo que le pasa (lo que le pasa de hecho, o lo que le pasa por la cabeza). Por eso ha creado la palabra impresa, el libro, el periódico, el teatro, la poesía, los símbolos, el púlpito, la tribuna, la cátedra, el confesionario, los carteles, la correspondencia epistolar, la radio, e incluso la oración […]. Es lo de aquel náufrago del Maelström, de Edgar Poe, que lo que más sentía al creer que se ahogaba sin remedio, era pensar que no se lo podría contar a nadie…». Quizá este dietario salvase a Matilde Ras de su naufragio personal, así que no habrá páginas más auténticas que estas.

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