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RELATOS

Matilde Ras: Cuentos de la Gran Guerra

domingo 11 de junio de 2017, 16:46h
Matilde Ras: Cuentos de la Gran Guerra

Edición, introducción y notas de María Jesús Fraga y prólogo de Ángel Viñas. Renacimiento. Sevilla, 2016. 248 páginass. 18 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

En esta misma página he comentado recientemente dos libros de tema bélico escritos por mujeres, Celia en la Revolución, de Elena Fortún, y El valor de la memoria, de Mercedes Núñez Targa, escritoras pertenecientes al riquísimo periodo cultural de comienzos del siglo XX. Comento ahora un nuevo título, aunque de tono muy diferente: Cuentos de la Gran Guerra, de Matilde Ras (Tarragona, 1881-Madrid, 1969). Los anteriores, escritos en primera persona por sus protagonistas, víctimas ambas, la primera de la Guerra Civil española y la segunda de las cárceles franquistas y los campos de concentración nazis, conjugaban de forma admirable el valor literario con el testimonial. En esta ocasión, los cuentos que forman parte de este volumen, con el escenario de la Primera Guerra Mundial de fondo, son más estrictamente literarios, aunque confeccionados, según nos adelanta María Jesús Fraga en la introducción, partiendo de las crónicas de guerra que los diarios del momento, en una valiosa labor informativa, publicaron de forma continua durante el conflicto; y que eran enviadas, en muchas ocasiones, desde el mismo frente. Crónicas que firmaron escritores como Pío Baroja, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, etc., y también algunas mujeres, como Carmen de Burgos o Sofía Casanova; estos artículos fueron, aunque solo en algunos casos, posteriormente novelados y publicados en recopilaciones. A este singular corpus textual de literatura española sobre la I Guerra Mundial pertenece Cuentos de la Gran Guerra, que además tiene el valor añadido de haber sido pionero, pues se publicó en Barcelona en 1915, aunque de aquella edición príncipe -nos advierte Ángel Viñas- apenas se tienen noticias. Puede considerarse pues la presente como una nueva “primera” edición.

Su autora, Matilde Ras, periodista, escritora de narrativa, ensayo (especialista en el Quijote) y teatro, traductora (Verlaine, Baudelaire, Valéry…) y una de las primeras grafólogas científicas en España, reconocida y galardonada especialmente en Francia, fue una intelectual muy activa, de amplia cultura, con una sólida formación europea y de pensamiento feminista conservador. Entre sus obras narrativas está la presente recopilación de cuentos de tema bélico, escritos -en este caso- lejos de la contienda pero muy informada a través de las crónicas periodísticas, como se ha dicho.

Con un trasfondo romántico indudable, el tono general de los relatos se ajusta ya al de su generación, la novecentista. La gran variedad de argumentos y un llamativo despliegue de originalidad se sustentan con un lenguaje ágil y chispeante. A la viveza de la narración se une la fuerza que logra en las descripciones de personajes o momentos, creando cuadros de gran plasticidad: “…el silencioso ir y venir de las hermanas de la Caridad; las sombras de los afilados perfiles sobre las paredes blancas de cal; el gran crucifijo oscuro en el fondo… todo causaba una impresión nueva y extraña, una amalgama de realidad y de fantasmagoría, una visión compleja, digna de los lápices de Goya”. Y pasajes de gran lirismo, como el del texto “La canción de los trenes blindados”, casi una prosa poética en la que la voz que narra es la de un tren que transporta soldados; al marchar a la guerra “se asoman a la ventanilla rostros rojos y pálidos, rostros feroces y también casi infantiles, de expresión llena de dulzura y simpatía, donde brillan ojos ingenuos”, pero al volver “ya apenas asoma a los cristales una cabeza vendada, una cara macilenta, una mano exangue”. Otros -calificados, con razón, por Ángel Viñas como piezas “singulares” e “insólitas”- están construidos en forma de diálogo entre dos personajes; y del mismo modo que Cervantes puso en conversación a los perros Cipión y Berganza, Matilde Ras hace platicar a Aquiles con Patroclo, a Hamlet con Ivanhoe, a Goya con Watteau, a personajes del Quijote o al siglo XIX con el XX.

Se hace muy patente en estos cuentos la postura aliadófila y la admiración por Francia, generalizada en la época. Los alemanes, aunque adelantados del “progreso” y la “civilización”, se asimilan a aquellos bárbaros que hace siglos invadieron el Imperio romano. Se mantiene el discurso, como un leitmotiv común, de que no hay mayor honor que ser soldado y servir a la patria; hay que tener en cuenta al respecto la fecha temprana en que se escribieron, en la que el conflicto, salvo leves matices, era visto de forma heroica y exaltada: la Guerra era aún demasiado joven, los soldados todavía no habían vuelto a sus casas contando el horror de las trincheras ni las imágenes de la incipiente fotografía y cinematografía lo había aún evidenciado. Sí se repite una impresión negativa del Progreso (con mayúscula) propia del siglo XX: la de haber despojado el conficto bélico del honor, de la valentía, del heroísmo de luchar cuerpo a cuerpo por la patria; y haberlo sustituido por la impersonalidad de deshumanizados acorazados, submarinos, explosivos, productos mortíferos... Se había perdido la belleza de lo mítico: “No se combate por la religión ahora, ni por el honor […] ni por la libertad […] sino por cuestiones mercantiles, más propias de que se dilucidasen con la vara de medir que con mortíferas armas”. Pero pese a todo, la experiencia de la guerra aparece idealizada, positiva, pues consigue sacar lo mejor de sus protagonistas, que se convierten en héroes, en personas abnegadas, generosas y responsables cuando antes eran, por lo general, jóvenes indolentes, egoístas o descreídos.

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