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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La sombra del monstruo, de Francisco J. de los Ríos: ¿quién teme a Frankenstein?

La sombra del monstruo, de Francisco J. de los Ríos: ¿quién teme a Frankenstein?
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domingo 16 de septiembre de 2018, 20:04h

A la altura del mito de Frankenstein, está el encuentro en Villa Diodati, donde Mary Shelley gestó su obra. “La pieza escrita y dirigida por Francisco J. de los Ríos nos sumerge en esa legendaria reunión, plagada de “monstruos”.

La sombra del monstruo, de Francisco J. de los Ríos

Director de escena: Francisco J. de los Ríos

Intérpretes: Jennifer Baldoira, Alejandro Dorado, Mattis de la Fuente, Germán García y Esther González

Lugar de representación: Teatro La Usina (Madrid)

Por Rafael Fuentes

Tanto el doctor Frankenstein como el monstruo al que dio a luz, se convirtieron muy pronto en uno de los últimos grandes mitos aportados por la literatura occidental, con su larga progenie de científicos locos o perversos y engendros exterminadores concebidos por la tecnología moderna. Pero si este mito fundacional -una réplica y crítica al tradicional Prometeo-, lleva en pie doscientos años (la novela Frankenstein se publicó por primera vez en 1818), la reunión de escritores que puso en marcha la imaginación de su autora, Mary Shelley, en Villa Diodati, situada en la localidad suiza de Cologny, muy próxima al lago de Ginebra, está pasando a ser en los últimos tiempos un encuentro no menos mítico: un mito subsidiario al de Frankenstein y al del moderno Vampiro, pero cada vez más vigoroso y dotado de trazos y perfiles cada día más profundos y sugerentes.

El dramaturgo y director de escena Francisco J. de los Ríos, en La sombra del monstruo, no se ocupa de forma directa del mito de Frankenstein ya elaborado, sino que aborda, por el contrario, lo que pudiéramos denominar el mito de “Villa Diodati”, con la reunión legendaria en 1816 de lord Byron, Mary Shelley, Claire Godwin Clairmont, Percy Bysshe Shelley y John Polidori, una juvenil aristocracia literaria destinada a marcar una época. Ellos constituyen la auténtica “sombra del monstruo” en esta pieza de Francisco J. de los Ríos.

Tradicionalmente, la lectura marxista de Frankenstein se ha impuesto, interpretando a la criatura del relato como el fruto de un sentimiento de culpa ante la revolución industrial, que transgredía de forma violenta las leyes de la naturaleza y sus secretos sagrados. Una infracción que un siglo antes Francis Bacon había formulado como la necesidad de someter a la máxima tortura a la Naturaleza, para que esta confesase a los científicos sus misterios. Ese martirio sería vengado por monstruos justicieros, producto del remordimiento humano.

Una lectura quizá certera, pero limitada y unilateral. Los pavorosos engendros ideados en “Villa Diodati” poseían también, otros orígenes bien a la vista, que las relecturas posteriores se han empeñado obstinadamente en no ver. Por ejemplo, la ola de criminalidad y sangre desatada por la Revolución francesa, y su coralario, las campañas napoleónicas, donde se inició el crimen político moderno, se idearon los mecanismos terroristas contemporáneos y se desplegó una criminalidad de lesa humanidad que asoló todos los rincones de Europa, sentando los precedentes de los holocaustos políticos del siglo XX. ¿Cómo no escribir una literatura del horror, tras el espanta en que se acababan de sumir las naciones occidentales?


La sombra del monstruo no deja de señalar esta circunstancia –el cónclave de “Villa Diodati” se produce solo dos años después de la sangría de Waterloo, bajo los efectos de la debacle de esa década sanguinaria-, pero dentro de este contexto, el autor de la obra pone el centro de su atención en un aspecto no menos relevante: la exploración del espíritu destructivo que animaba la mente de aquellos brillantes jóvenes escritores. La penumbra de sus almas constituye el reverso de su inteligencia y de esa sombra siniestra nacen los monstruos literarios concebidos en “Villa Diodati”. Un punto de vista mucho menos tratado sobre el que resulta necesario reflexionar, y que, a su vez, nos ofrece un combate dramático especialmente fructífero de ponerse en escena.

La sombra del monstruo, de Francisco J. de los Ríos, lleva a cabo esa tarea. Con frecuencia, fascinados por el esplendor poético de lord Byron o de Percy B. Shelley, dos cumbres deslumbrantes del romanticismo europeo, olvidamos tener presente el trasfondo demoniaco, atormentado y destructivo, de sus mentes. La sombra del monstruo se centra en revelárnoslo. Conviene que los espectadores refresquen la biografía y personalidad de los protagonistas, en los que el dramaturgo hiende sin piedad su escalpelo para realizar la vivisección de sus espíritus. La brillantez intelectual no garantiza ninguna sensibilidad moral. El primero en demostrarlo en “Villa “Diodati” no es otro que lord Byron, epicentro de la acción del drama, aunque siempre vista y valorada desde la perspectiva de Mary Shelley. Byron, agudo, lúcido, clarividente, resulta ser al mismo tiempo un narcisista frío y despiadado. Sus cualidades personales tanto como su fama, sirven de trampa mortal para aquellos que se sienten hechizados por su obra, a lo que tratará como muñecos con los que divertirse humillándolos antes de destriparlos psíquicamente y abandonarlos con sarcasmo. Alejandro Dorado, en el papel de Byron, recrea con extraordinaria destreza ese cinismo esnobista y cruel del celebrado poeta.

En torno a él gira, en primer término, Claire Clairmont -en cuya piel se mete con garra Esther González-, hermanastra de Mary Shelley e hija de la primera pareja del filósofo fundador del anarquismo William Godwin, padre de la autora de Frankenstein. Claire no puede competir con la inteligencia y la cultura de Mary Shelley, de modo que rivaliza con ella en sus muy superiores artes de la sensualidad. Es un pequeño satélite alrededor de los juegos sexuales de lord Byon, ante los que se doblega sin voluntad propia creyendo vivir una bacanal perpetua. El autor de El corsario la dejará embarazada y la abandonará, no sin dejarle claro que no posee ningún valor para él y que solo ha sido un entretenimiento. Mary Shelley -encarnada con convicción por Jennifer Baldoria-, observa ese drama, y extrae de George Gordon Byron su ausencia de culpa, su crueldad y falta de empatía, el desalmado sadismo de un psicópata, cuya cultura solo le sirve para autojustificarse cínicamente. Y trasladará todas esas características al monstruo que alumbra en la novela que comienza a idear en “Villa Diodati”.


La “sombra del monstruo” comienza así a cobrar vida en la pieza y mostrar su procedencia. John Polidori -a quien interpreta con sensibilidad Mattis de la Fuente-, doctor que acompaña a Byron, será otro de sus juguetes rotos. Seducido por el gran lírico -y secretamente enamorado de él-, será rebajado y transfigurado en un risible bufón para alimentar el juego sádico y egocéntrico de su patrón Ya resulta proverbial ver en el “Vampiro” -otro monstruo de larga descendencia-, creado por Polidori un trasunto de lord Byron, con su habilidad para manipular y expoliar a quienes le rodean. Venganza literaria que de poco le sirvió: humillado por Byron como tímido homosexual, despierta su ira en la obra como “espía”. Con gran acierto dramático, Francisco J. de los Ríos hace que Byron expulse a Polidori de su círculo íntimo gritándole encolerizado: “¡Deja de espiar mi alma!”. El fruto de ese espionaje no será otro que la creación del “vampiro” en su acepción moderna, del mismo modo que la expulsión por parte de su adorado y repudiado objeto de fascinación será la desdicha de Polidori, su hundimiento y su oscuro suicidio. Los materiales góticos de la genial Mary Shelley están surgiendo, en “Villa Diodati” de los intelectos más privilegiados de su época.

Otro satélite de Byron, más borroso que los anteriores en La sombra del monstruo, lo constituye el esposo de Mary: Percy Bysshe Shelley, representado con soltura por Germán García. En el drama se nos muestra como un entusiasta aquejado de furiosos ataques delirantes que ponen en peligro su integridad. Quizá la obra de Francisco J. de los Ríos podría haber entrado algo más al fondo de la turbulenta vida interior de este excelso poeta del romanticismo. Hijo de aristócratas, demostró desde niño un gran odio al estilo de existencia reglada, ceremonial y puritana de la nobleza británica. Su trayectoria fue un continuo escándalo de rebeldías contra esos formulismos que amordazaban su vitalidad. Eso le llamó a abrazar la filosofía ácrata de William Godwin. También a visitarle en su librería londinense y enamorarse allí de su hija Mary Wollstonecraft Godwin cuando ella contaba solo quince años: la futura Mary Shelley. Percy B. Shelley adoraba impetuosamente la libertad anárquica -especialmente la sexual-, pero su vehemencia revolucionaria no le hizo nunca renunciar a ninguno de sus privilegios aristocráticos.

Contradicción trágica. Un noble queriendo vivir como un plebeyo sin dejar de ser un patricio. Un aristócrata subversivo dominado por un terrible sentido de culpa al traicionar las expectativas depositadas en él, una amalgama de contradicciones que le inducían a inconscientes suicidios. Algo que lograría al fin al morir ahogado en la costa italiana a bordo de su velero Don Juan, en una expedición que revelaba su desprecio por la vida. En La sombra del monstruo, esa propensión se la echa en cara Byron sarcásticamente cuando ironiza sobre un navegante como Shelley que jamás quiso aprender a nadar. El creador de Prometeo liberado sin duda era exactamente eso, un marinero que rechazó suicidamente nadar. Aunque la propia desaparición de Byron -muerto en la guerra griega contra el dominio turco- no dejase de ser, también, un acto de autodestrucción, arrastrado por el nihilismo, por buscar nuevos y más potentes estímulos en una existencia donde se desvanecían los incentivos, por el afán narcisista de impostar una imagen en apariencia épica para sus admiradores.


Mary Shelley nos cuenta, en La sombra del monstruo, el recuerdo de esta legendaria velada en “Villa Diodati” en los últimos momentos de su vida. Lo que vemos en escena son los fantasmas de personajes que habitan en su mente y sobre los que no deja de reflexionar. La elaboración de Frankenstein provino de esa experiencia. Los intelectos más cultos no eran capaces de exorcizar todo lo demoniaco que anidaba en ellos. El intelecto, más bien, lo avivaba. La culpa, la contradicción, los irreflexivos impulsos suicidas, el deseo de brillar a costa de degradar al otro, la indiferencia hacia el dolor ajeno, la crueldad autojustificada, constituían las profundas penumbras de las que se nutrió su mítico monstruo. Si el doctor Frnkenstein dio vida a su criatura cosiendo los despojos de diversos cuerpor muertos, Mary Shelley dio vida, a su vez, a sus personajes cosiendo los despojos de diversas almas muertas vigiladas en “Villa Diodati”. Solo la sabiduría de Mary Shelley es capaz de detectar y denunciar estos estragos en La sombra del monstruo. Y este es el único mensaje de esperanza que la obra nos proporciona.

La compañía Teatro del Sótano rinde honores al propio nombre que la enuncia. Alude al subsuelo, a lo oculto, a la zona en sombras donde se desarrollan las escenas más características del arte gótico. En nuestro país, se da un abundante consumo de estética gótica, y más en particular de novelas y cine gótico. Falta, sin embargo, una creación más asidua de teatro gótico donde explorar el universo de lo siniestro. El Teatro del Sótano viene a cumplir con indudable acierto este cometido. Aunque en este caso, con La sombra del monstruo, más que teatro gótico realiza una exploración en el origen de los mitos góticos contemporáneos. El “sótano” aquí no es un espacio físico donde se busque ningún efectismo macabro, sino que es un lugar mental y moral: el sótano de los espíritus inteligentes.

En este sentido, estamos ante un texto de Francisco J. de los Ríos extraordinariamente bien escrito. Documentado, ágil, inteligente, cautivador, reflexivo, original y profundo. La sombra del monstruo está llenando estos días las gradas de la sala La Usina especialmente con espectadores caracterizados por su juventud. Una obra que funciona en un sitio off, pero que con toda seguridad colmaría las expectativas de cualquier teatro comercial clásico. La Usina es, a su vez, uno de esos espacios alternativos con una actividad frenética en Madrid. Como su nombre indica -en Hispanoamérica “ausina” designa una planta de producción-, La Ausina simultanea múltiples obras teatrales, unas de producción propia y otras tomadas de compañías emergentes, además de dar cabida a polifacéticos cursos y talleres teatrales. En sus butacas, en una pronunciada inclinación hacia el escenario, se acomoda -algo no tan habitual-, sobre todo un público joven. Un espacio y unos espectadores con el corazón deliciosamente acelerado.

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