Los pensionistas empujan vallas, quieren blindar la paga, El Coletas sale del hemiciclo de Los Leones Pardos y se pone en medio, como un Hércules que pide hostias para salir en la portada de El País, entre otras hostias, las de Juan Cruz con Pérez-Maura, éste último a punto de quitarse los tirantes y empezar el diálogo de otra manera, harto de la “minipimir de la Cultura”, como Ignacio Carrión llamaba a Cruz en sus diarios varios (editorial Renacimiento). Todo son rupturas también en política, y lo que empezó muy bien con eso de la quita de aforamientos (PP, PSOE, Ciudadanos), ahora ya no, hombre, porque estar en pelota picada frente a la Ley es muy jodido; hay que ponerle puertas al campo, límites a la escabechina, no sea que este café para todos nos envenene sin freno y no haya sustitutos. Guardar la ropa, sí.
Más rupturas entre Enrique Álvarez Conde y la Universidad, que no entiende que se haya gastado cien mil euros en móviles y pescadería, entre otros tesoros, en unas cuentas que manejaba por lo Black, algo que ya sabemos lo que es, diga lo que diga Aznar con fijador ante una audiencia que desprecia sus mentiras y, todavía más, esos cachetes que le da en la cara a Pablo Casado, humillantes y repugnantes, que son las consignas del mando y aquí todavía estoy yo (¡Venga ya, coño, eso de que no conocías a Correa no se lo cree ni Dios! ¡Entró en el partido por tu hermana y el desfile de la boda de los arreboles patrios, la de tu hija, fue notorio y, por tramos, exultante! ¡Guateque de los buenos!). Tengo frío, sí, mucho frío, un frío macho de bufanda a destiempo, y entre tanta ruptura me da por leer a una moderna de las que hacen las veces de estufa, siempre calienta y entusiasma.
Marisa Morea colorea rupturas, mi frío en sus páginas es menos frío y menos macho, lo que es de agradecer, hembrea por así decirlo y así no es que disminuya sino que entibia, templa, caldea y achicharra, casi hasta vivo fuego de coño, que es ya la temperatura idónea para el mártir de las letras. Marisa Morea nos cuenta las rupturas clásicas, musicales, brillantes y míticas de otro modo: I always love yo. Amores, rupturas y canciones que han hecho historia (Lunwerg). Nico y Jim Morrison, Elizabeth Fraser y Robin Guthrie, Courtney Love y Kurt Cobain, Leonard Cohen y Joni Mitchell, Zooey Deschanel y Ben Gibbard, Patti Smith y Fred Sonic, Yoko y Lennon, Rickie Lee y Tom Waits… libro donde los dibujos cuentan de otro modo, donde los colores son otro dolor y amor, donde la relación amorosa se cuenta en flashes desde el deslumbramiento inicial hasta las heces de la costumbre, el abismo de rutina, el dogal para tantos insufrible de los días tras los días.
Marisa Morea tiene una poética que merece la pena explicitar, ya verá como ustedes también se calientan y no sudan hielo: “La palabra siempre me aterra. Es una cárcel, un grillete que te encadena a la eternidad. Un pasaporte que te obliga a ser esclavo de tus palabras, si eres de esos que suelen ser consecuentes con lo que dicen y lo que hacen, con lo que piensan y lo que sienten. Este adverbio en apariencia tan inocente hace que me sienta moralmente obligada a no contradecirme y, sin embargo, si tengo sed, me gustaría poder beber de esta agua sin envenenarme. La palabra siempre me aterra, repito, sobre todo a continuación de un te quiero. Nunca he dicho te quiero siempre y no me acuerdo si alguna vez me lo dijeron. De esta absurda fobia a la eternidad y mi fascinación por la música nace este libro”.
Recorrido por las historias de amor de la música, grandes canciones, parejas unidas en lo personal y profesional, hermosas cenizas, Leonard Cohen en un ascensor del hotel Chelsea conociendo a Janis, Lola Flores, drogas, Obama… Lo dice en la primera página del texto y tiene su gracia, sobre todo dentro de mi frío obturador: “Hemos aprendido que lo de ser felices y comer perdices les pasa solo a unos pocos, aunque al resto siempre nos quedarán nuestros discos favoritos para hacernos palpitar el corazón”. Nos queda el arte, canciones y prosas, letras en el viento, sudores en jergones que chillaban en el recuerdo, olor a coño en los dedos y pezones duros como gomas de borrar en un ayer roto. Todo lo demás vuela, desparece, ni deudo siquiera en nuestra vida. Gracias, Marisa Morea, pintora de ausencia y huida, divorciarse contigo es mucho más divertido.