En la pared de corcho de mi tebaida de bohemio literario tengo una foto de una rueda de prensa en Berlín donde Theresa May y Angela Merkel, atril junto a atril, micrófono al lado de micrófono, una de negro y la otra de verdiazul, se miran con obscenidad, queriéndose nada, a punto de sacar el cuchillo. En aquel entonces Merkel dijo una frase que fue abriendo la espesura: “Siento curiosidad por saber más sobre los objetivos del Reino Unido”. Luego quiso rebajar la tensión: “Seguramente ambas partes estamos en una especie de proceso de aprendizaje en el que esperamos encontrar un terreno común”. Nadie sabía qué buscaba Londres. May quería estar ahí, en la defensa común que hacían Francia y Alemania, contra Trump por ejemplo, en la seguridad de la eurozona, pero tuvo la audacia y ambición de querer cambiar el Club, lo que no es posible. Hoy es la inocentona de la Unión Europea: el primer breixit lo entendimos, pero este breixit light, este medio breixit, este vender yo cómo y cuándo quiera, no lo entiende nadie.
Ahora May pide perdón al Club, siente el portazo en la puntita fina de la nariz, pide alternativas a todo lo que se lleva hablado y requetehablado, la realidad es que no sabe o puede hacer nada frente al clásico tema de la frontera/fractura con Irlanda. Dice una cosa muy graciosa, que los derechos de los europeos en el Reino Unido (tres millones) están garantizados, lo que suena a amenaza más que a cualquier otra posibilidad de unión. Su acuerdo Chequers ha sido torpedeado por su ex secretario de Exteriores (Borin Johnson) y por el ala más dura de su partido. Lo que está revolviendo todo el presente, como ocurre casi siempre, son los odios del pasado: May se muestra contraria a que Irlanda del Norte siga integrada en el Mercado único para evitar la vuelta a la frontera y el Club le dice que no. May quiere mantener el libre comercio de mercancía con una normativa común pero sin integrarse en el Mercado único ni acatar la libertad de movimientos de las personas y el Club le dice que ni hablar. Macron (Francia) y Donald Tusk (Consejo Europeo) están cansados de May, se muestran inflexibles y ya los seminarios británicos los califican de modo impresionista: “ratas sucias”.
May sigue en las suyas, pide un acuerdo comercial tipo Canadá y el caso es que dentro del Club no tiene amigos. Tampoco quiere hablar de otra realidad: los 1,2 millones de británicos en los otros 27 países de la Unión Europea. May ha caldeado un tema olvidado, la violencia soterrada y nunca ausente de Belfast, donde Irlanda comienza a no sentirse con Inglaterra y tienen añoranza de las balas. La zona unionista (Shankill Road) y la republicana (Falls Road) pueden incendiarse de otro odio (el odio regenerado y nuevo al mismo tiempo que muy antiguo) contra dos enemigos que para ellos comienzan a ser el mismo: Inglaterra y el Club. El proceso de paz, que tanto costó llegar a él, peligra. Un libro estupendo de quinientas páginas, firmado por el analista británico del Irish News y especialista en Irlanda del Norte, publicado en español hace unos años da cuenta mejor que nadie del extravío: Sinn Féin: Un siglo de historia irlandesa (Edhasa). Ahí están todas las negociaciones del terrorismo, vividas desde la primera línea, la pura construcción y reinterpretación del independentismo irlandés, desde nombres como el de su fundador, Arthur Griffith, hasta el último altavoz, Gerry Adams, pasando por Emaon de Valera, Lloyd George, Michael Collins, Margaret Thatcher o Martin McGuiness, entre muchos otros.
El Sinn Féin (“Nosotros solos” o “Nosotros mismos” en irlandés) es uno de los movimientos políticos más controvertidos de la historia europea. Más de cien años tuvo protagonismo en los conflictos políticos y sociales de Europa, manteniendo a la comunidad internacional en permanente tensión y alerta. ¿Vuelve ahora todo aquello? El duelo de tigresas (May/Merkel) no ha hecho sino multiplicarse, ochocientos días después de su decisión de irse o medio irse. Todos son avisos del FMI a Londres vía también otra fiera, Lagarde. El Acuerdo Chequers (libre comercio de mercancías que, como explica Tusk, “socava el mercado único”) es un imposible y May, inocentona de las buenas, todavía está convencida de que lo puede lograr. Macron ni siquiera se leyó los folios, calificó de inaceptable toda la propuesta y su ladrido contra los adalides del breixit se oyó hasta en Gibraltar: “Quienes decían que se podía vivir fácilmente en Europa, que todo iba a ir bien y que habría un montón de dinero de vuelta, fueron unos mentirosos”. Nunca quisieron estar en el Club, realmente, y su intento de saqueo les trae por estos fueros, la actual incomprensión de propios y ajenos, su pronto entierro después del “no fiarse”, porque ya nadie cree lo que dicen. Nunca –es mi teoría- se tuvo que poner a una tigresa junto a otra para hablar de la selva.