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TRIBUNA

Divide y cuenta dividendos

lunes 15 de octubre de 2018, 20:06h

Quizás sirva de (endeble) consuelo que, de tanto en tanto, una de esas ideas, de esas creaciones que nacen para la intriga, la dominación y la ventaja, sea aplicada para fines más honorables. Como el algoritmo que, fundándose en una antiquísima, eficaz y siempre vigente estrategia, deshace los problemas en otros menores, suficientemente sencillos para ser resueltos.

Pero los consuelos tienen el defecto de ser escasos, apenas breves apósitos transitorios. Y, enseguida, la aludida e innombrada, aunque insinuada, estrategia se utiliza para aquello que siempre ha sido utilizada. Divide y reinarás. Divide para vencer, para conquistar. Estrategia que sigue ofreciendo las bondades de su simplicidad a quienes, ansiando tanto, apenas tienen trocitos de rencor y orgullo (revestidos de prometidos privilegios; de fáciles ensalzamientos para egos chungos) que ofrecer a quienes utilizarán como agregado: la masa y su poder.

En resumen, divide y saca provecho – pero siempre, condición necesaria para que se dé el segundo término, la desunión; es decir, la división, paradójicamente, como multiplicadora de las posibilidades de renta, de beneficio. Operación muy sencilla. Basta repetir unos parlamentos que terminen por vincularse con las emociones de aquellos a quienes se pretende separar del resto, y exacerbar (a fuego lento, al principio; al final, un golpecito de calor) diferencias culturales - que habrán de crearse si no las hubiere. Tan elemental como si el diagnóstico mismo fuese el tratamiento: el propio filo que separa es el que determina, de manera rotunda e irreconciliable, el carácter de cada parte, de manera que estas olvidan las formas o motivos de su conexión, como si nunca hubiesen pertenecido al mismo conjunto, a la misma idiosincrasia. Sólo queda esa brecha de desconfianza. A veces, incluso, si se insiste en el tajo, de odio.

Los sujetos que habrán de formar parte de ese “nosotros” – que es, en realidad, siempre tan “unos pocos” - han de sentirse objeto de una ofensa que el “otro” debe resarcir de una u otra manera. A ello andan abocados el PSOE – ya desde José Luis Rodríguez Zapatero -, Podemos (a fin de cuentas, la fragmentación es casi su razón de ser) y el nacionalismo catalán (en su afán por una independencia cuyo subtítulo es impunidad y supremacismo): armando una contraparte para el “nosotros” que cada cual tiene en mente. Un contrario distorsionado, caricaturizado; ridiculizado. Una antítesis fácil: su valía casi negada.

Nada extraño, por otra parte, en quienes muy dialécticamente parecen ver a la sociedad como una unidad de contrarios que deben entrar en conflicto para que pueda permitir el cambio: es decir, la situación que los beneficie.

Evidentemente, no se pregona este procedimiento (aunque los usufructuarios actuales no son precisamente grandes disimuladores). Antes bien, la división se presenta como la ilusión de orden, armonía, justicia y meticuloso merecimiento: cada cual en su lugar; a cada cual lo que rectamente merece. Se comienza, pues, masajeando la idea de un “nosotros” íntegro, casi impoluto, que ha padecido una ofensa perpetrada por un “otros” manchado, incompetente, corrompido.

El procedimiento no tiene mayor secreto: untar de promesas que lleven implícita la posibilidad de exigir un sacrificio (siempre el último, el definitivo, el que consumará la dicha), de aversiones y adulaciones; excluyendo las discusiones o debates internos (se permiten ciertos simulacros en los que el líder habla y los seguidores asienten), porque a fin de cuentas, no hay nada que discutir entre quienes se consideran iguales (casi el mismo), y con aquellos que han quedado allende la brecha, es imposible hacerlo: entre “ellos” y “nosotros”, “justos” e “inmorales”, no existen vasos comunicantes -.

A todo esto, es evidente, la división precisa de un relato (suerte de mitología, y, acaso, de teleología), de palabras que obran como arista. Y la fuente más accesible para crearlo es la historia, o, más bien, la adulteración conveniente de los sucesos pretéritos, la construcción de un pasado (una estructura) acorde a las necesidades presentes. Una memoria que, en definitiva, no recuerda, sino que usurpa y falsea: no se recurre al pasado con el fin de analizarlo, estudiar su impacto, de convertirlo en enseñanza, en cimiento de progreso. No, se trata más bien de revivir viejas emociones como si estuvieran ocurriendo hoy; de adjudicarle ciertos papeles a determinados “otros” que se pretenden deslegitimar (incluso, demonizar), de asociarlos con acciones, causas y consecuencias pretéritas (reales o ficticias).

Hay que decir, pues. “Facha”, “bestia”, “culpables”, señalando al “otro” – que es una forma de definir a los propios por oposición -. Decir desprecios hacia afuera y elogios hacia dentro. Crear y repetir el “relato” para, parafraseando a George Steiner, despertar emociones (afines, claro está, y, ante todo, viscerales – principalmente, originadas en el intestino grueso) más allá de las que suscitan la percepción y la experiencia propias, críticas, cabalmente informadas.

De ahí que, en el proceso, el sujeto sea extinguido por el bien de la idea – es decir, de quienes la enarbolan insinceramente – que encarna el tan mentado pronombre personal de la primera persona del plural. Desaparece en la masa por el bien del conjunto: abstracción que permite determinar en cada momento qué conviene para esa totalidad sin número ni rostros. Y es que, en definitiva, y muy anti cartesianamente, prescriben la convicción - el convencimiento, la fe – metódica.

Mansedumbre. A esa escenificación del desquiciamiento que vaya uno a saber a quién se le ocurrió por primera vez, y a quién repetirla como una invocación del prestigio: “otros”, o “ellos”, y “nosotros”. “Ellos”, oscuros, nefastos, infames, infecciosos; cosas, abstracciones sin personalidad. “Ellos”, perversos. “Ellos”, obstáculos de bienestar, contento. “Ellos”, antítesis que define, ex negativo (como utilizan o utilizaban los alemanes) al “nosotros”. Insalvable y funesta fractura: la distinción entre “nosotros” y “ellos” termina por gobernarlo todo: razón, sentir, visión.

Nublado el criterio, los que escinden, los que fragmentan, los que aplican los filos tramposos; los que hacen magisterio del desacuerdo y la impostura; los usureros del ansia de autoestima (o de sobreestima), los traficantes de resentimiento y perversidad. Esos cuentan dividendos.

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