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MENÚ DE POBRE

Te gusta demasiado el dinero para ser un bohemio

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 17 de octubre de 2018, 20:18h

La escena tuvo lugar una tarde en el Café Gijón madrileño, hoy ocupado por señoronas en cotorreo y próstatas de terciopelo. Un viejo actor, de capa caída, y un joven de ropas artificialmente rotas, todas muy caras, de melena artificialmente desordenada, de libros artificialmente baratos o coronados de cercos de cerveza o vino. El actor mayor impoluto, rígido en sus aristas, perfecto en su poetambre, más discreto o secreto que exhibicionista y, en un momento dado en el que tuvo lugar el choque de trenes, su frase como lápida de todo un disfraz premeditado, fatuo y detrás del cual no había nada: “Te gusta demasiado del dinero para ser un bohemio”. El muchachito, arrebolado y mustio, cejijunto y cariacontecido, no tuvo otras que marchar por donde había venido. El bohemio –sobre todo teatral- es raza, casta, abolengo, forma de vida, nada que ver con una moda y cien euros en el bolsillo para impresionar a novatas y beodos. El bohemio hacia fuera, tal vez como el barroco hacia fuera, es farsa y divertimento social; hacia dentro, como nos enseña Bernini, es otro barroco sin subrayado llamado Vida.

De vez en cuando en periodismo la befa mayor es ir en el furgón de cola. Dejar el tema del día suelto, no hablar de él y coleccionar barbaridades ajenas, sonrojos de ocasión tan relacionados con los saldos. ¿Eduardo Arroyo un bohemio? No, amigos, sospecho lo mismo que en el caso anterior, le gustaba demasiado el dinero para ser un bohemio. Solo Castro Flórez, me temo, ha dado en el blanco. Ante todo es un narrador, no hay que olvidarlo, que mete un pie en la figuración y pronto el otro en el cartelismo, en la publicidad, en el cuadro espectáculo. Fue periodista, y de ahí siempre le quedó la pasión por la anécdota de la actualidad; es un exiliado en París (año 1958), sí, de acuerdo, desconozco si coge o no borracheras, porque en sus memorias (Minuta de un testamento) parece ir más por el clima intelectual global, las lecturas de moda, el aire de un tiempo, que por su autopsia personal pormenorizada y a calzón quitado (comparen con Francisco Nieva en su glorioso tajo llamado Las cosas como fueron). A partir de ahí, lo ya dicho, figuración narrativa muy relacionada con mitomanía personal, e iconos claramente diferenciables, que también podían ser muy comerciales, en esa labor de hacer caja sin disimulo, manivela y cinismo.

Su afición mayúscula el boxeo, lo sabemos, y todos citan el libro que lo consagra (Panamá Al Brown. Una vida de boxeo) pero nadie (ni Castro Flórez) cita otros dos que cruciales en varios aspectos: de un lado, el clásico de Blasco Ibáñez Sangre y arena, sobre el mundo de los toros, que él ilustra en edición carísima de hace unos años, y el trabajo es aún más colosal que el de Barceló sobre La divina comedia; del otro, todavía más reciente, Bambalinas, donde no hace la tercera parte de biografía oficial (Minuta de un testamento, El Trío Calaveras) sino unos apuntes de andar y ver, de estados ambulatorios y soledades aceradas, sobre máscara, identidad y el travestismo/camaleonismo ocasional. Bambalinas va contra sí mismo: busca la identidad invisible, dedicado tantas veces por dinero a la visible, y el resultado es portentoso. Disfraz mayúsculo no solo de personas, también de objetos, en una línea lírica que cotizó las presentes letras y creo, sospecho, muchos menos pinceles. Hay también otro París, siempre de corbata y americana buena, con libros de moda bajo el brazo, pero fuera de lugares comunes, previsibles, y en atmósferas progresivas de desaparición donde sociedad, a la manera de Baudelaire, es mentira, farsa y no dinero fresco.

Fue pintor, escritor, escenógrafo, escultor y periodista. A partir de la mentira anterior, siempre con la navaja social ya al aire, desenmascaró otra mentira, la de galerías y un mercado del arte tan cerca de la careta y la venta en trastienda a los mismos, que eran organismos oficiales y montante al peso. Ironía, sí; pop, también. Más que goteras, familia bien de toda la vida del barrio de Alonso Martínez, cuando papá era farmacéutico y el monto daba para cogorzas en la Red de San Luis o los cafés del Bulevard Saint Germain, da igual. Dadaísmo, caricatura, arte rápido, ingenio más que profundidad, superficialidad electiva, con la que conquista en un guiño de ojo o pellizco a Giacometti, por ejemplo. El vaso siempre lleno de champán de esa misma izquierda, la gloriosa, que es toda derecha cuando le miramos el monedero, las formas, las inquietudes y las reservas. Por ahí todo seguido hasta Rosa Regás, y de ahí para arriba, “Gauche divine” y demás pajaritos.

Gilles Aillaud, Recalcati, Duchamp… junto a un folclore de incorrección, en esa España de gitanos y pandereta, de tascas de toros y costumbrismo de defensa que adoraba. Los italianos son los primeros que le compran (en parte gracias a su cuadro Los cuatro dictadores) y después, ya con Mayo del 68 por delante, pasa a reírse de los iconos españoles en un movimiento similar (si fuera periodismo se llamaría contrapoder) a trabajos como Caballero español. El caso era estar en la picota y no caerse. Sus cuadros son una fiesta, una fiebre, el retrato desde el ángulo de la risa, y todo eso salta a la persona en forma de chalecos de terciopelo o negros de pana, patillas muy blancas y muy bien hechas, dandismo de colores, Lord Byron siempre en la gran ciudad y nunca desperrado. Frente al acoso de oportunista se defendió sin besar la lona: “Mi trabajo es pintura política, yo no he creído jamás en el mensaje. Creo más en la ejemplaridad del pintor o en la de su obra”. Se cura de ser un divo gracias a las sardinas con aceite.

Era excesivo, tal vez exuberante, dicen que muy generoso pero sospecho que no derrochón, admiro su cuadro coloquial y su cartera llena. Me recuerda a otro pop, Úrculo, que empezó a regalar cuadros a Cela y Umbral, y pronto los periódicos fueron su cuadro mayor, recogiendo más cosecha y grano que los entregados con parsimoniosa facilidad. Si nos ponemos puristas, el pop británico poco tiene que ver con las hambres de una vanguardia francesa, Modigliani o Tolouse-Lautrec de por medio, que siempre camina por el alambre y la mayoría de las veces cae al vacío. El pop británico –el de Arroyo- fue siempre mayor seguridad y baile que peligro. Le aseguran, por años, “loco de rabia” hacia su país, bajo la bota militar de la dictadura, así hace siempre la obra de un estudiante, tal vez con la cama desecha pero sin perder mujeres ni frío. Pronto se hace internacional, el mayor de su generación, de Berlín a Roma, de París a Londres, Nueva York o Japón, tal vez porque siempre supo la risa como el idioma internacional.

Murió sin el gran premio que orlara vida y obra; también sin ilustrar La comedia humana de Balzac, mucho más que un reto octogenario. Tuvo tiempo, eso sí, a ilustrar el Ulises de Joyce y a copiar La ronda nocturna de Rembrandt a tamaño natural. Debe entenderse, espero, siempre desde el pastiche, donde la metáfora es luz cegadora, y la pretensión de colocar un susto en cada cuadro no falla. Tiene oficio, ganas, el trabajo no fue tan importante como un ocio bien llevado. Gimferrer, en una ocasión, me dijo lo mismo de Tápies: “Nunca fue un bohemio”. Sospecho a Arroyo mucho más divertido que el coñazo de cruces, gamadas o no, y calcetines, sucios o rotos, del Tápies que tal vez debería acompañar a Iglesias a la cárcel a ver a Junqueras, en esta España nuestra de hoy donde gobierna un preso. Tremendo. ¿Pop? No, esperpento, donde Arroyo también podría decir algo.

Diego Medrano

Escritor

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