Ginés Sánchez es narrador de musculosas habilidades ya destacadas desde su ópera prima, el original relato licántropo de Lobisón (2012), aumentadas en Los gatos pardos, novela aquí analizada en su día, formada por tres relatos distintos que eran abrazados en un epílogo por lazos secretos, y en pleno desbordamiento esas facultades en esta novela que ahora nos ocupa. En Mujeres en la oscuridad tenemos tres protagonistas con sus respectivas historias que caminan paralelas hasta que chocan con estrépito para dar comienzo a una más oscura y acaso triste si cabe historia. Si en Los gatos pardos, el secreto hilo rojo podría constituirlo la peculiar voz de la violencia con esos diversos timbres que amolda en gargantas distintas, aquí el aglutinante será la soledad entreverada de frustración, en realidad, una falta de plenitud que cada protagonista descubre de modo epifánico, por decirlo con esa clarividencia de James Joyce.
En efecto, las vidas de tres mujeres se entrecruzarán justo en los coqueteos peligrosos realizados en busca del fugitivo amor. Tres historias de amor, por tanto, Julia en busca de un amor de juventud a sus cincuenta, Miranda herida por la dulce morriña del terruño y Estefanía decepción tras decepción en busca de ese ideal fantasioso del romanticismo. La soledad que anida y vive latente en las tres sacudirá su zarpazo cruel en el momento central que conviene no desvelar al potencial lector. Los planos de la trama basados en acercamientos y alejamientos de la lupa narrativa descubrirán una exploración de la destrucción, de las propias contradicciones que nos construyen, de las inconstancias del querer, de la incapacidad de elección y la subsiguiente procrastinación.
La escritura de Ginés Sánchez esconde con inteligencia uno de sus mayores valores, a saber, siendo creación resalta su lado crítico en el sentido de lectura profunda de la realidad descifrando y participando de una interpretación del mundo, como gustó definirla Roland Barthes en Crítica y verdad. Y en esa voluntad crítica de desvelamiento de la realidad bucea en el universo femenino de tres mujeres con vidas insatisfechas donde a partir de un punto de reflexión su existencia se vuelca hacia parcelas insospechadamente más oscuras pero también más intensas. Sólo en algunas páginas el arquetipo masculino camina peligrosamente hacia el cliché pero un uso proverbial del vocabulario de cada personaje, entre otros recursos, permite no caer en el maniqueísmo.
Encapricharse frente a los modos de lectura contemporáneos puede equivaler a escribir fuera del tiempo propio y alejado de la realidad. Aspecto que casa difícilmente con Ginés Sánchez, atento siempre a los oscuros pormenores que atiborran esta realidad nuestra para traspasarlos a papel. Por ello debiera prestar atención al desboque de sus tramas y lo abultado del número de páginas no sea que cumpla aquella máxima de El Criticón de Baltasar Gracián: “Todo lo hacen cuento sin caer en la cuenta”.
No es cuestión menor que debieran abordar también muchos de nuestros novelistas actuales: ¿La concentración lectora puede soportar novelas que sobrepasan largas las seiscientas páginas? Parece que nuestra paciencia cognitiva ha sido debilitada por los nuevos hábitos impuestos por internet según demuestra la neurocientífica cognitiva Maryanne Wolf en Reader, come home [Lector, vuelve a casa]: El cerebro lector en el mundo digital. (2018). Parece ya un sinsentido escribir novelas de tamaños decimonónicos. La concentración frente a la extensión se alza como signo por excelencia de nuestros tiempos. Intensidad, símbolo y proyección crítica de la realidad no falta en esta estupenda novela gracias al enorme despliegue de destrezas, al don narrativo siempre atento al rico matiz a la par que a la estructura, permiten saborear los sinsabores de estas Mujeres en la oscuridad ya que la vida siempre continúa…, hasta el final.