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Poesía

Virgilio Cara Valero: La mitad de la fama

domingo 09 de diciembre de 2018, 19:56h
Virgilio Cara Valero: La mitad de la fama

Hiperión. Madrid, 2018. 66 págs. 10 €

Por Inmaculada Lergo Martín

La mitad de la fama es el último poemario del granadino Virgilio Cara Valero (1964), que cuenta en su haber con otros títulos como Los años que pasé fingiendo (1998), No he visto lo que he visto (2004) o Región del desengaño (2009), y que ha recibido galardones como el Premio Antonio Machado en Baeza en 2004 o el Premio Genil de poesía en 1998. En ellos, Virgilio Cara hace gala de una voz siempre templada, atenta al devernir humano de lo histórico, sensible al desarraigo, la soledad y el dolor que lleva implícito. Ahora, en este nuevo libro, el autor, sin perder esta voz propia que lo define, ha elegido el arte, el de todos los tiempos, el de ayer y el de hoy, como motivación y como excusa para su propia creación.

Tres capítulos acogen los poemas de La mitad de la fama: “Donde la pintura”, “Colección particular” y “Donde las palabras”, composiciones todas que han surgido de una contemplación detenida de ciertas obras de arte, o de la lectura de algunos textos; una observación que va siempre más allá de la anécdota que el lienzo o el mármol le ofrecen, provocando en el poeta pensamientos y reflexiones diversas: instrospección a veces, momentos vividos otras…, todas se muestran teñidas de la misma intemporalidad que aquello que las ha provocado. Es uno de los aciertos del libro. El otro, el cuidado exquisito y el respeto con que Virgilio Cara trata a la palabra, al verso, al poema..., construidos con la minuciosidad de la pincelada del artista, con el pulido lento que el escultor imprimió al mármol. Sin olvidar, de otro lado, que el calor de lo humano, de lo cotidiano, de los sentimientos ha de colarse en la obra. Por eso, mientras compone su “Breve poética”, aunque se muestra convencido de que toda obra es “…el útil producto del esfuerzo, / capaz de reunir en equilibrio / lo justo, la verdad y la razón. // Sin embargo, no ha sido ahora la razón, / sino algo diferente, menos frío, / lo que, sin brusquedad ha interrumpido / las tareas que ocupan tus horas de la tarde”. Es este el impulso que aflora a veces, de forma más definida, en poemas como “David”, en que el poeta, frente a la escultura de Bernini, rememorando el gesto de aquel que desafió al tirano, no puede sino dirigirse a él y preguntarle y preguntarse: “¿A dónde mirarás, desde el hastío, / ahora en esta Roma ya sin héroes, / sin gloria, sin peligro ni deseo?”; y es también el gesto, más íntimo, que aflora ante la figura de Paolina Borguese: “Perfecta, sí, y hermosa, pero fría. / Y no como tu piel, esta noche en mi cama, / tan tibia, tan real, tan pasajera”.

La mitad de la fama es un viaje, un viaje del que recogemos la imagen, el instante, (“-Hay mares, hay paisajes, hay rostros, hay espejos-”), puesto que “un instante, / que una imagen, al fin, es lo que queda” y puesto que -confiesa el poeta en “Viaje al corazón”- “enpiezo a comprender que solo existe / un único camino / que múltiple y secreto, nos conduce / de forma inalterable al corazón”.

Palabra, forma y color -“Tan leves son los límites y tanto el equilibrio”- se mezclan de forma magistral en este poemario: “Cuántas veces el verso ha deseado / parecerse al color y, al mismo tiempo, / cuántas el lienzo o el pincel buscaron / la fértil precisión de las palabras”. Y entre ellos, enredados, afloran el amor, la tristeza, el placer, el deseo, la fragilidad de la vida, la muerte, el capricho del destino, el silencio, lo sublime, la mezquindad… Todo aquello que puede resumirse en los últimos versos de “El taller de B”, en los que el poeta, metido en el taller de Francis Bacon, contempla “…el caos asumido / como espacio sin límites entre orden y desorden”, los objetos “que convulsivamente se acumulan”, “los lienzos rotos”, “los cientos de cartas y dibujos / que nunca terminó”; y que le llevan a asumir, junto al genio, “la certeza de que el hombre debe / firmemente creer en no creer en nada”.

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