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Poesía

Manuel García: Mejor la destrucción

domingo 16 de diciembre de 2018, 19:14h
Manuel García: Mejor la destrucción

Renacimiento. Sevilla, 2018. 68 páginas. 14,90 €.

Por Virgilio Cara Valero

Heine dijo que: “Quien quema un libro, quema a quien lo escribió”. Mejor la destrucción, último poemario de Manuel García, es, como lo fuera anteriormente Cronología del mal (2002), título bajo el que se recogían los hitos de la crueldad en la literatura española, un trabajo programático en el que los libros y la maldad humana se convierten en los ejes que vertebran un conjunto de 21 poemas, agrupados en dos secciones, que, su vez, aparecen separadas por un intermedio lírico de 14 composiciones, muchas de ellas de carácter elegíaco, contrapunto a la tensión emocional generada por el intenso tratamiento de la violencia contra las ideas y contra el arte.

Apoyados en una extensa documentación sobre hechos y anécdotas relacionados en casi su totalidad con la quema y destrucción de bibliotecas, este conjunto de textos, fruto de una posterior reflexión y de una cuidada elaboración formal (décimas, estrofas paralelísticas con ritmo dactílico, granaínas, seguidillas, endecasílabos con rima asonante, romancillos...), constituyen un paseo por la historia de la intolerancia y de la represión del pensamiento. Y es que el poeta no sólo se detiene en el análisis de la desaparición de los libros sino que sus reflexiones apuntan también a otros modos de agresión a la cultura como ocurre en aquellos poemas que tienen como motivos la subasta de los libros de Óscar Wilde tras su muerte o la existencia, en el museo Carnavalet de la Bastilla, de un ejemplar de la Constitución de 1793, cuya encuadernación se realizó con piel humana, extraída de los cadáveres de algunos de los nobles guillotinados durante la Revolución francesa.

Aun así, serán las bibliotecas desaparecidas y el exterminio de sus libros el núcleo de la mayor parte de los poemas: la quema de los libros de autores considerados degenerados en la Universidad Von Humboldt en el Berlín de 1933: “la tremenda humareda así atizada / del incendio podía verse incluso / desde Postdam...”; la destrucción de la Biblioteca de Alejandría; el bombardeo de la Biblioteca Nacional de Bosnia Herzegovina, en Sarajevo, en agosto de 1992,”Justo en esa parte del cerebro donde / entra la patria, todo lo demás, / libros, música y arte, se convierte en / una cuestión de higiene”; el Auto de fe celebrado en el huerto de la Universidad Central de Madrid, en 1939; la quema de libros de la Biblioteca del Louvre en 1871; otro auto de fe, ordenado por el Cardenal Cisneros en la Granada de 1500; el edicto imperial de Qin Shi Huang quien en el 213 a. de C. ordenó hacer desaparecer todos los libros, “Libros clásicos de historia, poesía y pensamiento / libros nuevos o heredados, manda que todos sean puestos / en manos de funcionarios para ser quemados luego”; la labor evangelizadora de fray Juan de Zumárraga quien, entre otras medidas, eliminó todos los textos de la cultura azteca; o, en este caso no con fuego, sino con agua, la acción que, en 1823, llevó a un grupo de absolutistas reaccionarios a arrojar al Guadalquivir, desde el barco donde estaban almacenados, los manuscritos y libros de Bartolomé José Gallardo, Bibliotecario de las Cortes, “En agua y lodo / sepultaron tus libros, / como tesoro / quemado a contramano / sin fuego y fósforo”.

Hay, sin embargo, también en el libro, frente a la barbarie, un atisbo de esperanza que queda recogida en los dos poemas titulados “Los manuscritos no arden” que relatan sucesivamente la recuperación de los diarios de Mijaíl Bulgákov, copiados por la policía estalinista antes de ser destruidos por el propio autor y la redacción de hasta siete manuscritos de la novela El color del verano de Reinaldo Arenas, secuestrados por la represión cubana hasta su definitiva publicación en 1999.

En todo caso, nos consta que fueron dos chispas las que avivaron este fuego poético: la muerte del poeta Rafael de Cózar en el incendio accidental de su casa y la exposición posterior de la pintora María Jesús Casermeiro que, con el nombre de Vanitas, presentó una colección de cuadros que subrayaban la idea de la fugacidad del arte y de las tareas humanas. De hecho, el volumen se cierra con el poema “Apoteosis a Rafael de Cózar”, construido sobre cuatro sonetos encadenados con estrambote y un ritmo vertiginoso, en el que el hombre construye, inventa, destruye y espera siempre en el fuego, una especie de ajuste de cuentas con la violencia irracional que, aunque se impone en momentos puntuales de la historia, es incapaz de acallar la palabra y la verdad de los libros: “sólo existe la muerte para el triste / que mató a hierro y que quemó lo ardido...”.

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