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TRIBUNA

Pinturas Murales de Alarcón

lunes 17 de diciembre de 2018, 20:45h

Jesús Mateo, de vocación pintor, me invitó el pasado fin de semana a visitar su obra principal y, seguramente, uno de los monumentos pictóricos más importantes de la España de finales del siglo veinte: las Pinturas Murales de Alarcón. El artista me recoge en Cuenca y me lleva en su propio coche hasta la bellísima ciudad medieval de Alarcón. Conduce con soltura y seguridad. Se nota que ha hecho este camino miles de veces. Es un hombre joven, nació en el inicio de los setenta, y lleno de energía. Habla y habla con un gran sentido de la realidad. No es de los que se engañan con vanas ilusiones. No hay juego de artificio en su expresión. Creo que es un tipo auténtico. Es un hombre de mirada limpia.

Durante todo el camino no para de hablar, incluso habla de sí mismo que es, según mi parecer, lo que mejor conoce. Por fortuna, nada me dice de su trabajo, o sea, de su obra. No es de esos tipos pesados que te dan un manual de instrucciones para que entres a valorar sus “creaciones artísticas”. Estamos ante un genuino artista. Es alguien que quiere que se le conozca antes por su obra que por su nombre, antes por la belleza que por la “estética”, antes por la realidad que por la “teoría” sobre lo real. Me habla sobre todo del joven que era cuando tenía 23 años. Cuenta y cuenta sobre sus aturdimientos, confusiones y azoramientos de aquel tiempo. No para de hablar sobre cómo el azar, la fortuna o, sencillamente, la Providencia le dio la oportunidad de hallar un camino de liberación personal, o mejor, artística… En esos primeros pasos desempeñaron papeles importantes el cura del pueblo, Luis Martínez Lorente, y el obispo de Cuenca, José Guerra Campos, que le permitieron pintar en una iglesia desacralizada, la de San Juan Bautista, en Alarcón, obra del gran Herrera en el Renacimiento. No se cansa el artista de ponderar esa decisión del que fue un gran teólogo católico y uno de los 59 procuradores que, el 18 de noviembre de 1976 en las Cortes Españolas, votaron en contra de la Ley para la Reforma Política que derogaba los Principios Fundamentales del Movimiento de la época de Franco.

Después de detenernos a contemplar una bella panorámica de Alarcón desde el otro lado de la hoz, proseguimos hasta la plaza de don Juan Manuel, todos recordamos al Conde Lucanor y, más especialmente, a su prudente y sabio consejero, Patronio. Si desviamos la mirada del elegante edificio del ayuntamiento, enseguida resalta la iglesia construida por Herrera, inconfundible por sus triángulos y bolas de la fachada, son los mismos objetos decorativos que se repiten en El Escorial y otras cien obras más de uno de los grandes artistas de España, que alguna vez fuera injustamente despreciado por su uso exagerado de la piedra. Por fin habíamos llegado a nuestro destino, a la tierra que vio nacer la “narrativa de autor” en lengua castellana y estábamos a punto de pasar a un templo de la gran arquitectura española del Renacimiento. No pudimos entrar fácilmente en la iglesia, porque antes teníamos que dejar salir a un grupo amplio, no menos de treinta personas, de una visita guiada.

Salían con los rostros muy distendidos, casi alegres, y trataban acomodar sus ojos al fuerte sol del mediodía castellano. Salían en silencio, o mejor, en una especie de silencio sonoro, parecía como si se hubieran reconciliado consigo mismas. Salían perplejas de la visita. La perplejidad es una forma extraordinaria de conocimiento. Me acerco a una de esas mujeres que salen de ver las pinturas de Mateo en la iglesia y responde con sencillez a mi pregunta sobre qué le ha parecido lo visto: “Maravillosa. Creo que Dios está por todas partes”. Abrí bien mis ojos, mientras enarcaba mi mano para que no me deslumbrará el sol, y casi grité: ¡Pues aquí tiene, amiga, al artista, que ha obrado el milagro! Señalé con mi dedo a Jesús Mateo, quien al instante se le subieron los colores a la cara, y trataba de contestar a las preguntas de todas aquellas personas que querían fotografiarse con él. Yo desaparecí del pequeño tumulto. Aligeré el paso y accedí a la iglesia, exactamente, por donde entra el oficiante en todas las Iglesias Católicas, o sea, por la Sacristía. Miré al altar, a las primeras “capillas”, miré arriba y abajo, miré a todas partes… No estaba aturdido. Me sentí a gusto. Y un poco sobrecogido. Estaba en el Aleph, la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Todo podía verlo y el todo me veía a mí. Sentí que estaba en un lugar sagrado. Era un ejemplo excelso de la capacidad expresiva del arte ante las realidades sobrenaturales. Definitivamente, aquello era un lugar sacro. Me sentí un bienaventurado.

Yo nada sabía de esta obra pictórica hasta llegar aquí. Nada había leído sobre ella, y apenas nada sabía de su autor hasta hacía una hora y media, pero al encontrarme en el centro del templo estaba viendo, de verdad, pinturas, que me hicieron recordar tres versos del gran Doctor del Carmelo, son tres versos sencillos, como dijera el inventor de la palabra polígrafo, en la letra como hondos en el sentido:



Entréme donde no supe,

Y quedéme no sabiendo

Toda ciencia trascendiendo.



Poco tiene que ver lo que yo sentí con la manida obsesión de la “estética” políticamente correcta, con el tópico y error grave de tratar de hallar la verdad por la vía del arte. Menos aún tenía que ver mi estado de ánimo, mi sentimiento, con hacer norma de vida de la visión de algo que se le ha puesto arbitrariamente el nombre de belleza. Al contrario, me hallaba transportado a un mundo más allá de la disputa de lo bello y lo feo, lo ideal y lo real. Mi percepción no entraba en las discusiones y diatribas del imperio del arte. Se trataba de otra belleza. Yo ante estas pinturas me movía en otro ámbito: allí donde el ser más abyecto y ruin podía ser iluminado, regenerado, en fin, redimido por la presencia real del “jorismos”, de lo separado, de lo Absoluto. De Dios. ¡Extraña y entrañada sensación! ¿Se puede ser cristiano sin ser ateo y viceversa?…

Al salir me hicieron firmar en un libro para recuerdos o algo así y al instante escribí encima de mi nombre: “Sólo Dios basta”, dijo la Santa, y es Jesús Mateo su fiel seguidor.” Creo que el artista entró, según me contaba en el trayecto entre Cuenca y Alarcón, “turbado” a pintar en las paredes blancas de la iglesia de San Juan Bautista y, después de siete años pintando en soledad, salió liberado y camino de la redención, o sea, convertido en un artista teresiano. Realista. Dios también está en los pucheros. La carne puede elevarse a espíritu, claro, a través del arte, pero sobre todo Dios, contra la opinión de luteranos y calvinistas, tiene presencia real en la tierra. Por lo tanto, Dios puede ser representado. ¿O acaso algo que no tiene presencia puede ser representado? … Mateo, aunque quizá no lo sepa, es un artista que sigue la Musa popular: quiere la presencia real de Dios. O sea Jesús Mateo es un heredero feliz de una inmensa tradición cultural (pintura, música, poesía y teatro) española, que los grandes teólogos alemanes contemporáneos, han llamado teo-dramática, la representación de Dios en la tierra, y que nosotros conocemos como literatura mística en general, o autosacramental en particular.

Un par de cosas me llevo para pensar de esta visita. Entré en una iglesia desacralizada a ver pinturas, pero, cuando salí no atrevo a cuestionar el carácter sagrado del recinto, o mejor, la potencia expresiva del arte ante lo sobrenatural. No puedo asegurar que vayamos de lo sagrado a lo profano sino de la desacralización a la sacralización. ¿Quién habla de desencantamiento del mundo? ¡Sólo Dios basta! Quizá tenga razón la Santa. No sé si alguna vez reparó Mateo en el verso de Teresa, desconozco si alguna vez leyó esos famosos versos :

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda;

la paciencia

todo lo alcanza;

quien a Dios tiene

nada le falta:

Sólo Dios basta.

Pero yo después de ver sus pinturas murales de Alarcón no puedo quitarme de encima el “Sólo Dios basta”.

El otro asunto que me ronda por la cabeza es el despliegue, el agrandamiento y la expansión de todos los grandes pintores abstractos, o mejor, de los componentes del Museo de Pintura de Arte Abstracto de Cuenca, donde ha bebido Mateo, en los muros de la iglesia de San Juan Bautista. Tiendo a pensar que Mateo es, sin duda alguna, un pintor de vanguardia, o sea de vanguardia de vanguardia, porque ha bebido en una inmensa tradición cultural, que inauguró don Juan Manuel al decir, en su más famoso cuento, doña Truhana: “A las cosas ciertas encomendaos, y a las vanas esperanzas, dejad de lado”.

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