El saltador nipón incribió su nombre en los anales de estos templos de la Copa del Mundo de esquí nórdico.
Ryoyu Kobayashi lo ha logrado. Ha pasado de ser una de las grandes promesas del esquí alpino a alcanzar la cima del deporte mundial con su abrumador triunfo en el mítico Torneo de los Cuatro Trampolines de saltos. No obstante, este japones llamado a convertirse en una auténtica leyenda de esta disciplina, ha firmado un pleno que sólo habían podido firmar otros dos saltadores en la historia: el alemán Sven Hannawald, que hizo póquer en la temporada 2001/2002, y el polaco Kamil Stoch, que hizo lo propio en 2018.
El nipón bordó su rendimiento al hacerse con cuatro victorias de cuatro. La guinda la puso en la estación austríaca de Bischofshofen. El saltador de Hachimantai, que tiene 22 años, resplandeció este domingo en el trampolín Paul-Ausserleitner (HS140) de Bischofshofen con 282,1 puntos y dos saltos de 135 y 137,5 metros. Selló su gesta, además, con algo dedrama, pues se había visto a tener que dar lo mejor de sí mismo y remontar después de los primeros intentos.
La primera serie de saltos le había dejado en una discreta cuarta plaza, con 135 metros. En esa altura era el alemán Markus Eisenbichler el que pastoreaba al resto, con una marca de 137 metros. Pero Kobayashi se lució en la segunda serie, propulsándose hasta una distancia de 137,5 metros que resultaría ya inalcanzable para los otros candidatos. El podio final estaría compuesto por el polaco Dawid Kubacki (138+130 metros y 268,3 puntos) y el austríaco Stefan Kraft (134+131,5 y 267,5).
Eisenbichler terminaría en la quinta plaza, pues en su segundo salto se quedó en 131,5 metros, muy lejos de los registros del japonés, que alcanzó en esta fecha a zanjar su octavo triunfo de la temporada y, también, de su carrera deportiva. Y es que esta estrella incipiente no había ganado prueba alguna de la Copa del Mundo hasta esta campaña, la de su explosión y confirmación de las expectativas. Ha vencido en ocho de los 11 concursos. Y sólo quedó sin hueco en el podio en Engelberg (Suiza). Toda una barbaridad.
El relato de la vida de Kobayashi es ciertamente particular. Porque para hacer esta cima ha tenido que golpearse en el suelo en los tiempos en los que su talento estaba siendo desaprovechado por otro tipo de intereses extradeportivos. El nipón, que buscará ampliar su cosecha en la Copa del Mundo en los días 12 y 13 de enero (en las pruebas nocturnas que se desarrollarán en el Trampolino dal Ben de la estación italiana de Val di Fiemme), estaba distraido hasta el extremo con los coches.
El heredero de Kazuyoshi Funaki -el otro japonés capaz de ganar tres pruebas de esta disciplina, hace 20 años- ya estaba considerado como el mejor joven en 2017, año en el que sus aspiraciones se estrellarían y no puntuaría en toda la Copa del Mundo. Y en 2018, con su figura convertida en referente de su país, no pasó de la séptima plaza en el el trampolín corto de los Juegos Olímpicos de Pyeongchang. Un fracaso de enormes proporciones que le llevó a replantearse sus preferencias.
A partir de ese doloroso punto de inflexión despegaría. "Desde pequeño le habían dicho que había nacido para saltar y por eso necesitó los malos resultados de 2017 y 2018 para cambiar de mentalidad", comentó en estos días de atención desmedida su entrenador, el finlandés Janne Vaatainen. "Hacía tiempo que intentaba que se esforzara más, pero no estaba por la labor. Su mejoría ha llegado cuando ha entendido que es mejor entrenar que conducir su Porsche", ha zanjado, redondenado el retrato de una irrupción deportiva sobresaliente. Sin techo detectable.