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CINE

Grand Premiere: Así se hacen las películas

Grand Premiere: Así se hacen las películas
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sábado 09 de febrero de 2019, 16:11h
Siendo este mi primer artículo en El Imparcial, me introduciré brevemente. Soy un estudiante de dieciocho años, natural de Barcelona y actualmente cursando filología clásica en Roma, aunque con la mirada puesta en la dirección de cine.

Me estreno como crítico cinematográfico con un libro y no con una película. Llegué a él hace ya varios años, a través de un foro de internet, y no solo intensificó mis ganas de crear cine, sino que se ha mantenido como un libro al que, de vez en cuando, vuelvo para releer ciertos fragmentos que me siguen poniendo los pelos de punta. Sidney Lumet, probablemente uno de los directores de Hollywood más irregulares de la historia, brillante cuando se forma un equipo lúcido, vano cuando no, nos lleva de la mano por su vida, que es el cine, en «Así se hacen las películas», enseñando, por el camino, cada paso en la producción de una película. A través de su lectura, puedes entender que la formula misteriosa yace en que las piezas simplemente se encajen y las sensibilidades se alineen. Una vez acabado, se te dispara inconscientemente el brazo hacia la cámara para cogerla y hacer algo, lo que sea, pero hacerlo.

Se ve la genialidad del autor con la advertencia del prefacio, «no existen más revelaciones personales que los sentimientos que surgen del trabajo mismo». Cualquier otro había aprovechado la ocasión para chismorrear sobre Faye Dunaway, pero él te agarra y te sacude hasta que consigues entender su pasión por lo humano. Y es que habla de su trabajo, sí, pero, sobre todo, de lo bonito que es escuchar y entender a la gente, sea Paul Newman o el asistente de producción, y lo valioso que es trabajar en equipo para conseguir una visión común. Es ahí donde, según él, se encuentra la magia del cine, en el arte de la colaboración. El que quiere pintar, pinta. El que quiere escribir, coge un bolígrafo o una piedra afilada y le basta cualquier trozo de papel o roca. El que quiere hacer cine, tiene que saber tratar con otras personas, construir conjuntamente una obra de arte matizada por cada integrante del equipo. No escribe el libro para contarte lo buena que ha sido su carrera, te expone su experiencia con humildad para acercarte a los momentos cotidianos de una producción, las pequeñas cosas del día a día que, de ausentarse, acaban degradando la calidad de una película. Esas que no solo están en Hollywood, sino en todas partes, ya sea en el colegio, en la oficina de Correos o en casa. Cosas como un pequeño intercambio entre Lumet y Marlon Brando en el que una escena no sale adelante. Tras treinta y cuatro tomas, Brando consigue domar su tormenta interior e interpreta de principio a fin la escena, un monólogo desolador en la película «Piel de serpiente», donde también participa la maravillosa Anna Magnani. Lumet muestra, pues, su prudencia y respeto:

«Volvimos a su camerino juntos. Una vez dentro, le dije que podía haberle ayudado, pero que pensaba que no tenía derecho a hacerlo. Me miró y sonrió como sólo Brando puede hacerlo, de una forma que parece anunciar el despuntar del día. “Me alegro de que no lo hicieras”, dijo. Nos dimos un abrazo y nos fuimos a casa».

Cuida cada detalle de su película a base de escuchar y razonar. No defenderá su visión por ser suya, sino que luchará por ella si cree que es la que mejor conviene a la película, algo que es, al fin y al cabo, una obviedad, pero digna de puntualizar en una industria reconocidamente egocéntrica. Hay un fragmento, en el capítulo que dedica a la edición, donde Lumet describe esa proyección tan especial e íntima, la primera. Sentado en primera fila y acompañado del editor, productor, guionista, compositor, gente de confianza que tenga algunos conocimientos cinematográficos y su mujer, se abre para enseñar como ya camina el pequeño.

«Alguna vez uno o dos han dicho las palabras mágicas “No toques ni un fotograma”. Tienes que escuchar con mucha atención. Ellos no quieren ser destructivos, pero tu deseo es que te digan la verdad. […] Y formulo todas las preguntas que puedas imaginar. “¿Cómo te afectó esto?”, “¿Está eso claro?”, “En qué momento te has aburrido más?”, “¿Te has emocionado?” Y así, durante un buen rato. Aunque lo cierto es que siempre puedo leer en sus ojos lo que piensan de la película al encenderse la luz, una vez concluida la proyección.»

Descubrimos donde se encuentra su sensibilidad: en esa «lectura» que Lumet hace al final, en la que intenta penetrar en los ojos del espectador para ver si ha tenido suerte y ha conseguido cambiar algo dentro de él, si es exactamente el mismo que ha entrado en la sala una hora y media o dos antes, o si hay algo, por pequeño que sea, que ya no es igual, si ha rescatado alguna memoria de las profundidades, si ha evocado algún olor, sabor o tacto solo con sonido e imágenes en movimiento. Esa es la razón por la que tenemos esa despedida de Max Schumacher ante una Diana confundida, turbada, quizá pensando ya no en valores, sino en virtudes. Esa es la razón por la que tenemos una sala que atrapa a doce hombres sin piedad. Y esa es la razón por la que Sidney Lumet tiene éxitos y fracasos, porque él no forma parte de una cadena de montaje, él es un ser humano intentando plasmar en el celuloide su experiencia, sus conversaciones privadas y sus observaciones del mundo mientras va de su casa al estudio o saca a pasear al perro. En fin, vive para el cine, pero porque vive.

«Hay gente joven que sueña con el momento de hacerse famosos y ganar una fortuna. Pero hay algunos, pocos, que sueñan en descubrir qué les importa a ellos, qué quieren decirse a sí mismos y a quien los quiera escuchar. Se preocupan. Y de entre éstos, unos pocos quieren hacer buenas películas».

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