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TRIBUNA

Seré breve: "si no roban, nos alcanza"

Diana Plaza Martín
lunes 25 de febrero de 2019, 20:50h

Desde que inicié mis estudios sobre la región de América Latina hace ya más de una década, recuerdo que en todas las clases México aparecía como un actor díscolo en términos cíclicos y factuales.

Mientras que las independencias del sur del continente se asemejaban más a la caída del Imperio Romano —como decía Simón Bolivar en su carta de Jamaica: “cada desmembración formó un sistema político conforme a sus intereses y situación”—, México se presentaba como un bloque sólido y acabado, saliente del virreinato más potente: la Nueva España.

Así mismo, con el cambio de siglo, mientras el resto de naciones seguía recibiendo el coaching de Estados Unidos en materia de gobierno, México parecía haberse librado de su injerencia, al menos en términos físicos, e inauguraba en la década de los treinta una democracia ininterrumpida hasta la fecha. Obviamente, cuando yo estudiaba se hacía referencia a las condiciones y características de esa democracia, pero seguía siendo cierto que México no entraba —o al menos no lo hacía de lleno, o como paradigma— en los macrociclos de la región.

Lo que es cierto, es que México aparecía como un elemento potente, a pesar de ubicarse en el polo norte de la región. Algo así como el hermano mayor que, estando fuera todo el año, regresa a casa en Navidad y tiene derecho a agarrar el cuchillo para partir el pavo. Esa misma sensación es la que sigo teniendo ahora. Mientras toda la región ha ido girando nuevamente hacia gobiernos de corte neoliberal/conservador/fascista, previo paso por un “giro a la izquierda”, México se instala en 2019 con un gobierno anti neoliberal.

Sin entrar en detalles sobre el trecho que hay entre el dicho y el hecho, esta posición anticíclica respecto a la región me deja con la misma sensación medio amarga que lo hacía su democracia durante las décadas de los sesenta y setenta, en la que en la región predominaban las dictaduras cívico/militares/CIA.

Ese sabor amargo proviene, en términos generales, de que la propuesta clave del gobierno mexicano de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es sencillamente similar a la del joven Nayib Bukele en El Salvador, esto es: “si no roban, nos alcanza”. Es decir, se acabaron los tiempos en que la gestión gubernamental era algo complejo y obscuro —que sólo podían entender los técnicos en la materia, los cuales trabajaban en un sistema que la mayoría de las veces les impedía dar respuesta a las demandas de la ciudadanía, debido al escaso margen de maniobra que “los mercados internacionales” les dejaban—, para darnos la bienvenida al gobierno sencillo de los honestos, de aquellos que son como tú y como yo. Reitero, sencillos, ciudadanos de a pie, que conocen lo que cuestan las tortillas en México y el café y el metro en España.

Una vez dicho esto, no vayan a pensar que me voy por la crítica ramplona al gobierno de AMLO por algunos de los nombramientos para cargos en instituciones como el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, o por aquello de que gobierna con ocurrencias, sino que quiero señalar algo que me aterra: la nueva tendencia cool de afirmar que gobernar es algo que todos podemos hacer, lo cual justifica montar gobiernos con personas que no han tenido la formación suficiente, ni la experiencia, pero que simplemente por el hecho de ser outsiders son honestos y tienen las credenciales para entrar en ellos.

América Latina es experta en outsiders y sus resultados han sido de todo menos cool. De hecho, la mayoría de ellos ni siquiera lo han sido. Tal vez el único outsider neto fue El Chino, es decir Alberto Fujimori en Perú, y creo que no es mentir si catalogamos a su gobierno (tal vez al lado del de Uribe en Colombia) como perverso, esto es, que goza haciendo sufrir al otro.

Con estos pensamientos en la cabeza, el fin de semana escuchaba al recién estrenado presidente de El Salvador decir en su primer acto de gobierno que “no gobernará con cuadros políticos (porque no los tiene), sino con el corazón de la gente”. Estas declaraciones son dichas por un joven de 37 años en vaqueros (jeans para los mexicanos) y cazadora de cuero, look muy cool que está lejos de la tradicional imagen de un presidente y extrañamente abrigado al lado del de su mujer, quien luce también en vaqueros y con una fina blusa blanca sin mangas.

Bukele no tiene cuadros políticos porque estos están todos manchados de corrupción al pertenecer a los otros partidos. A Andrés Manuel le pasa un poco lo mismo, aunque éste hace excepciones que le hacen a uno atragantarse con un caldo. En términos europeos/españoles, algo similar le pasó al partido de outsiders, Podemos, cuando, literalmente, murió de éxito en unas elecciones y tuvo que hacerse partido nacional.

En resumen, al final de los días parece que a nadie se le ocurre una propuesta coherente, factible y estructurada para solventar los desmanes del neoliberalismo y la corrupción, es decir, los errores del sistema y de las personas que lo gestionan. O, también, que la ciudadanía, como diría Lipovetsky, no está para temas “pesados”, sino para ligerezas cool con las que obtener placer inmediato y sin moverse mucho.

México siempre ha sido anticíclico, pero creo que en este momento puede ser el inicio de un discurso que, si bien refleja la cruda realidad en la que estamos, no deja de simplificar al mínimo un espacio (el de la política y el gobierno) que es de todo menos simple. Por ello, cuando se sitúa en el mismo espacio al problema y a la solución (la corrupción), no puedo evitar tener una sensación de suma cero inquietante.

Creo que en política, más que en ningún otro ámbito, dos más dos no son igual a cuatro. Lo que no estoy tan segura es si la ciudadanía quiere realizar operaciones complejas o prefiere oscilar entre los gobiernos que nos dicen que nos sentemos en el sillón porque es demasiado complejo para nosotros y aquellos que nos dicen que no nos preocupemos, que es sencillo arreglarlo, que es sólo cuestión de que dejen de robar. Entonces ¿el sistema es perfecto y el problema son los humanos que lo operan?

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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