Y, digo yo que se confesarán después.
Hoy comenta el periódico otro caso de pederastia, en un colegio de Bilbao, en el que un sacerdote exigía felaciones a los alumnos incluso revestido con la ropa ceremonial.
Y una no acaba de entender cómo puede funcionar la mente del clero después de tantos siglos y siglos en los que se les ha ido achicando el lóbulo sexual del cerebro exclusivamente en la dirección femenina dado que, de entrada, la mujer de a pie- que no María Santísima-es la encarnación de todo mal.
¿Será, como escribe una teóloga norteamericana, que “si Dios es hombre, el hombre es Dios” y éste, en su representación, se cree que puede exigir al ser humano todo tipo de humillaciones? De ser así, éste parece un Dios del Antiguo Testamento, no Cristo.
Y, en caso de remordimiento, el abusador irá al confesonario de un compañero, que le dará consejos; y éste, acosado por su propio remordimiento de mal aconsejante, se confesará con el obispo que cambiará de parroquia al pecador, y el obispo con el cardenal y así sucesivamente sabiendo que el pecado queda cubierto por el manto indestructible del secreto de confesión.
Me imagino una convención de la Conferencia Episcopal en la que ande flotando este problema en el espíritu de todos los reunidos, pero, por mor del secreto confesional, dediquen la sesión a hablar de la Santísima Trinidad, que es un asunto muy socorrido, y nadie sea capaz de encarar el tema en cuestión. De entrada, el presidente no ha contestado al requerimiento de la ministra Delgado: todo queda dentro de la Iglesia. Y La ley humana, que se busque sus soluciones y castigue a los infractores dentro del campo legal.
Me preocupa, y mucho, que después de tantos meses en los que la prensa se dedica a explicar más o menos detalladamente, la parte morbosa del asunto, haciendo hincapié en el secretismo del clero que solamente se dedica a silenciar- ya que no puede exculpar- al compañero, que ningún periodista haya intentado preguntarse si este blindaje es estrictamente profesional o es que desconoce la estructura básica de la Iglesia. Se puede ser no creyente, no practicante, pero hay que conocer el funcionamiento de una organización en la que ,nos guste o no, estamos sumergidos desde que nacemos. Hay mucha ignorancia entre los profesionales de la información. Qué le vamos a hacer. A ninguno se le ha ocurrido pensar si este secretismo tiene que ver con el Sacramento de la Penitencia, por ejemplo.
Esto de la penitencia o confesión es una tarea muy compleja que requiere investigación profunda.
Porque una cosa aquello de “Un único mandamiento os dejo: que os améis los unos a los otros”, que dijo Jesucristo, y otra la parafernalia que se ha ido montando a su alrededor en los dos mil años que siguen al Maestro.
De entrada, san Pablo fundó una Iglesia con una estructura piramidal, cuya cúpula enseguida se alió con el poder y que para tenerlo controlado se fue sacando de la manga unos Sacramentos según conviniera. El más interesante es el de la Penitencia, que hasta ahora se hacía vis a vis, en voz baja, con la seguridad de que el sacerdote jamás comentaría lo allí contado, aunque en el corazón de cada quién quedara el reconcomeo que ya expuso Segismundo, de que el otro, por muy en nombre de Dios que hubiera actuado “sabía que conocía flaquezas mías”, lo que hace, de hecho, vulnerable al penitente.
Realmente, la confesión ha sido una de las armas de poder de la Iglesia, unida a la excomunión tan utilizada para amedrentar en otros tiempos.
En mi adolescencia se pusieron de moda varias películas ensalzando el secreto confesional en las que hasta moría el sacerdote, acusado por el crimen del que se había enterado en confesión, antes que faltar a su voto. Quiero decir con esto, que lo del secreto se lo toma la Iglesia muy en serio y se ha llegado al heroísmo por defenderlo. ¿Está ahí la piña profesional de no soltar prenda ni en los casos gravísimos de pederastia y que todo se resuelva en casa?
Pero no quiero mirar hacia atrás. En muchas parroquias ya se hacen confesiones comunitarias, en las que los fieles se arrepienten con el corazón, el cura da la absolución colectiva y, de inmediato, quedan los apaños de cada uno desatados en el cielo, que fue lo que le dijo Jesús a Pedro; no que la gente le dijera los pecados en la oreja al confesor para guardarlos en un pozo oscuro.
La Iglesia, lenta como siempre, ganaría muchos puntos si se planteara a nivel institucional, no parroquial, hacer un examen serio del arcaicismo de su estructura dogmática. No vale refugiarse en el Vaticano II, que solo le dio una pátina de barniz sin profundizar. Los fieles de base le están dando lecciones de sentido común a la Curia en éste y otros temas.
Hay que llegar hasta el fondo. Ya sabemos que es difícil; que el Papa Francisco tiene que guardar las formas aunque diga, y diga más de lo que la organización eclesiástica le permite hacer. Pero tiene que coger el toro por los cuernos, estudiarse los Evangelios, olvidarse de la infraestructura defensiva y agresiva que se ha ido acumulando sobre el elemental mensaje de Jesús y cambiar tantas cosas que están en el espíritu de todos que no voy ni a mencionar.
De no ser así, en cuanto se muera esta generación de cardenales y fieles octogenarios, se va a venir abajo el milenario edificio, sostenido por bellas columnas doradas huecas por la carcoma.
Al tiempo.