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ÓPERA

La Calisto, de Francesco Cavalli, convence a todo tipo de público en el Teatro Real

lunes 18 de marzo de 2019, 16:22h
La decimoquinta ópera de Francesco Cavalli se estrenó ayer domingo con éxito notable en el Teatro Real. Pese a ser una obra de la que pudiera pensarse que queda bastante lejos, en lo argumental y en lo musical, de los gustos del público actual, la ópera tiene ingredientes atrayentes: retrata de forma precisa la amoralidad de una época, la de la Venecia del siglo XVII, donde la riqueza, el lujo y el tiempo que se dedicaba al cultivo de los placeres, invitaban, en un ambiente carnavalesco y hedonista, a la transgresión de todos los límites, en especial los carnales.

Ayer domingo, en el coliseo madrileño, el público era más variado que de costumbre: junto al habitual, pudieron verse grupos de adolescentes e incluso algún que otro niño en compañía de sus progenitores. Ello pese que el mismo argumento de la ópera La Calisto es -a las claras- pornográfico; no tanto -por fortuna- la parte visual, que resultó tan atractiva, por su colorido y tratamiento de los personajes, que encantó al público más joven.

En La Calisto los dioses del Olimpo se entregan a todo tipo de pasiones; a veces carecen de moralidad; incluso – podría aventurase- del significado convencional del Bien y del Mal. Júpiter, dios principal del panteón romano, actúa como una especie de precursor del popular personaje de Don Juan, pero en el sentido más maximalista, yendo, en su lascivia, casi a la bisexualidad. Obsesionado por seducir a Calisto, ninfa servidora de Diana, diosa de la caza, la luna y el parto y, en realidad, hija del mismo Júpiter, se disfraza de ésta para conseguir los favores de la ninfa, que defiende a ultranza su castidad. Ante las caricias de la que Calisto considera su diosa Diana, la joven ninfa olvida su promesa de pureza y se entrega carnalmente a su solicitante, acto en el que se materializa la primera relación sexual de la ópera, lésbica en la mente de Calisto, pero en realidad heterosexual, ya que yace con Júpiter. A esta seguirán otras relaciones sexuales de diversa índole, siempre fruto de la intriga -casi bufa- a la que da lugar que Júpiter se haya caracterizado como su hija Diana. Por ejemplo, el bello Endimión, que está enamorado de ésta, al ver como la falsa Diana hace proposiciones lascivas a Calisto, se abalanza sobre la figura de aquella y Júpiter tiene que escapar para no ser forzado por otro hombre.

En todo este desenfreno amoroso que retrata la ópera La Calisto – que en griego significa “la más bella” – subyace la denuncia de la sociedad veneciana dirigente de la época, mientras corren rumores de que el Papa está considerando excomulgar a toda La Serenísima. Lo cierto es que, en medio de tanto desenfreno, emerge la enseñanza de que, pese a que el hombre es víctima de sus propias pasiones, este camino hace al ser humano profundamente infeliz. Así, el argumento de la ópera va evolucionando, conforme avanza la trama, a una mayor espiritualidad: Calisto ha quedado embarazada de Júpiter. Juno, esposa legítima de éste, desciende de los cielos en un carro tirado por dos pavos reales – todo un prodigio de vestuario pocas veces igualado en escena- y, celosa, transforma a Calisto en un oso, tal y como narra Ovidio en Las Metamorfosis. Al final de la ópera Júpiter experimentará sentimientos más nobles y verdaderos: apesadumbrado por el destino de Calisto, la lleva al cielo donde reinará como La Osa Mayor, mientras que el hijo de ésta lo hará como La Osa Menor.

Desde el punto de vista musical, estamos ante un tipo de música brillante, original y armoniosa, que permite el lucimiento de los cantantes. Los recitativos pasan a las arias con fluidez, lo que permite que la trama evolucione con cierta naturalidad. La cantidad de personajes que intervienen propicia la convivencia en escena de un variado elenco de voces. Al mismo tiempo el argumento, situado a medio camino entre lo terrenal y lo divino, se presta a la recreación visual, así como a la fantasía en las caracterizaciones y en la decoración de las escenas. En este sentido, David Alden y Paul Steinberg han sabido responder de forma muy satisfactoria a las exigencias de esta obra -de por sí compleja- ya que demanda una importante maquinaria escénica.

El estreno de La Calisto fue un fracaso en su época, en parte por su dificultad técnica y en parte por su longitud, inicialmente de seis horas, dado que se incluyeron números de ballet de Lully. Solo se consiguieron representar tres funciones.

Con el estreno de La Calisto, una vez más, Ivor Bolton, director musical, demostró, al igual que hace unas semanas hiciera en Idomeneo, que domina el estilo barroco a la perfección y que se conoce muy bien esta obra, hasta el punto de parecer saberse al dedillo el papel de los propios cantantes. Lo cierto es que La Calixto cayó en el olvido tras su fracasado estreno y no volvió a ser programada hasta 1970, de la mano del director británico y clavecinista Raymond Leppard.

Desde el punto de vista vocal, la británica Louise Adler, en el papel de Calisto, hizo ayer alarde de una voz expresiva y bellísima de soprano lírico-ligera y de una interpretación dramática exquisita. El tenor belga Guy de Mey interpretó, con su limpia y segura voz de tenor lírico, el papel de la ninfa Linfea, como personaje travestido; otra de las originalidades de esta producción. El contratenor inglés Tim Mead, en el papel de Endimión, enamorado de Diana, fue, junto con Adler e Ivor Bolton, el más aplaudido de la noche.

Esta producción, de la que se ofrecen nueve funciones entre el 17 y el 26 de marzo, procede de la Ópera Estatal de Baviera.

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