www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

Los estertores últimos de Oscar Wilde en París

Diego Medrano
x
diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 07 de junio de 2019, 20:10h
Actualizado el: 06/07/2019 21:37h

Javier de Isusi (Bilbao, 1972) es arquitecto con amplia trayectoria en la historia gráfica (Los viajes de Juan Sin Terra, La pipa de Marcos, Historias del olvido, La partida del soldado, etc) hasta llegar a ese tocho lisérgico, más de cinco años de trabajo, cuatrocientas páginas que son talismán y alta joyería, amuleto y la mejor metaliteratura en imágenes: La divina comedia de Oscar Wilde (Astiberri). El Wilde último, tres años después del juicio sobre su pederastia, en el fango absoluto del fracaso, alcoholizado hasta la médula, en el sablazo permanente para abonarse el trago, la abyección de su propio fango como vomitona y lecho, chaperos y chicos de alquiler, hoteles que no le quieren allí, una tribu literaria que le es ajena, gordísimo y deforme, jorobado las peores lunas de llena por calles interminables, pegajoso en todas las inmundicias, incapaz de escribir una línea, incapaz de levantar la pluma, comparándose con Dante en el Infierno, atrás la fama inglesa, atrás la reverencia de medio mundo, atrás los aplausos del teatro y los bolsillos llenos, solo la vida bajo desahucio y ruina, ningún libro en mente ni previsible. Se lo preguntaron muchas veces, cómo era posible que su vida, su ingenio, su porte dandy y pirotecnia verbal fueran superiores a sus libros concretos: “Me he limitado a poner el genio en la vida y solo el talento en mi obra”.

El cómic turgente y ofidio, cruel y despiadado, merecería el Premio Nacional de Cómic, y recuerda mucho, por su línea clara y dibujo francés y belga, al de Alfonso Zapico sobre Joyce, otro Premio Nacional del género que estaba cantado. Javier de Isusi no solo es brillante sino certero, su puntería escueta recorre toda la obra de Wilde, emplea secundarios de mucho fuste para narrar al personaje principal, desde Enrique Gómez Carrillo a Frank Harris, desde los hermanos Machado a Reginald Turner, desde Bosie a Robert Sherard, de Maurice Gilbert a André Gide. El corifeo canta, explica, comenta, siempre desde el trato cercano con Wilde, lo mucho que los amigos quieren levantar al ser caído, pisado en la calle como bosta caballar, hundido como colilla, siempre en el temblor y pánico inmediato del suicidio a título de solución. Es el París de 1900, donde caben todos, bohemia proscrita de grandes hoteles y flores húmedas de arrabal, buhardillas perfumadas en vómitos ulcerosos, la inercia del fracaso que nos lleva a sacar unos centímetros el gaznate de la apestosa ciénaga con tal de balbucear: “Los errores más funestos de la vida los cometemos, casi siempre, al actuar de forma razonable”. Wilde descubre el viaje para el cual no es preciso tener público. Wilde vive ajeno a esa vida encima del escenario como arte único. Wilde sufre la peor tortura de todas: ponerse la máscara que la vida ha elegido para su final. No hay plan B, solo caída hasta las heces, desastre absoluto.

Absenta, París, la pura tragedia griega y diaria de no tener un duro, la condena de verse sin público y, sí, la todavía mayor de haber vivido tres años en la cárcel ajeno a papel y lápiz, prohibido o cercenado su arte de escritura por instancias mayores. Sin público no existen los héroes –bien lo sabe el genio irlandés- y el castigo de los dioses no es otro que conceder a sus mortales alguno de los deseos pedidos. Su nombre de vagabundo, su capa y embozo, tiene el sabor de la entelequia: Sebastián Melmoth. El nombre, debido al efebo mártir que murió asaetado por no doblegarse al poder imperial; el apellido, por la obra de Maturin (Melmoth, el errabundo) que consuela en su exilio entre los peores ajenjos. Quiere beber, más y sin pausa, y lo confiesa sin ambages: “El alcohol nos ayuda a quitarnos la máscara y ver las cosas como realmente son. (…) Después de la primera copa ves las cosas como te gustaría que fueran, y después de la segunda las ves como no son, pero después de la tercera ves las cosas como realmente son, ese es el momento más horrible de todos”. La sed de los desiertos, la sed de los océanos, la bendición de los macarras, el dinero ajeno que paga viandas y deja libre la barra, los peores enemigos a la hora del espejo, Sebastián Melmoth saluda al respetable como guiñapo y piltrafa, visita puentes y amenaza con saltarlos, broncas gordas e incendiarias en las borracheras con Henri de Tolouse-Lautrec, no es nada pero no vive invisible, todo el mundo ve a Wilde detrás de Melmoth, la fama de algún modo sujeta el presente roto, casi harapo, cuando la vida imita al arte y no al revés.

Sueña Wilde el espectro de Rimbaud –como apunta Luis Antonio de Villena en el prólogo- y el mayor vaticinio se cumple: su muerte (30 de noviembre de 1900), su funeral (pagado por Lord Alfred Douglas, Bosie, rico heredero del marqués de Queensberry), apenas 57 personas en la misa, solo ocho haciendo corro junto al hoyo en el entierro: el hotelero Duporier, el poeta Paul Fort, el pintor Sarluis, su traductor Davray, etc. Javier de Isusi enternece, conmueve, no echa gasolina al fuego, sino que nos cuenta, a modo de poliedro, las mejores y peores luces sobre los ángulos imprescindibles. Isusi es un mago narrativo, un brujo del dibujo, lector fértil de todos los libros sobre Wilde en varios idiomas para hacer la mejor adenda sobre este testamento jamás en linde con la infamia. Para todos, entrevistados e intervinientes, fue un maestro, generoso cuando tenía y educado cuando pedía. El fracasado, arruinado en días de alcohol y naufragio, cuenta su vida y en ese parlamento se mantiene limpio, digno, ajeno a las parcas inminentes con su aliento acre a descomposición, de espaldar al acíbar de los peores presagios, mártir en las coordenadas siempre prescritas a terceros: “El dandy mantiene la pose en la caída”. Su falta es la escritura, su orfandad son las palabras que no llegan porque no se buscan, el ser hecho para el lenguaje no puede soportar el silencio sin la copa ni el dolor apurado hasta la última gota disponible. El duelo es no escribir y ese vacío sólo pide muerte.

Javier de Isusi ilumina los cielos dorados de Londres, hace correr el agua en las peores alcantarillas de París, acerca el desastre a la fundición más próxima a la verdad, en ningún momento juzga y así la sombra habla
por medio de otras sombras, y así los pasos son narrados por los peldaños de las escaleras mojadas, y así hay una escritura junto a las farolas que es la vida sin letra de molde, a pelo, a calzón quitado, en la mentira tan cierta del arte, con un pie ya en el estribo, frente al enemigo único de la felicidad en los mejores días del ayer y su éxito pleno. Grita el fantoche por sus bastones rotos, sus abrigos perdidos, sus porcelanas y estatuas de Hermes, sus ejemplares dedicados por Whitman y Swinburne, por Mallarmé y Verlaine, por Victor Hugo y Morris. No hay posición social, lugar en la historia, hijos o cuentas corrientes: la nada lo ocupa todo. La apuesta fue la vida y el hogar es ahora cuneta, margen, botellas rotas y vajillas excrementicias. Los ricos le cambian el champán por el vino, acaban dándole cerveza sin que se entere, y el borracho insufrible y pedigüeño acaba mendigando a los criados de la casa. Son los años del fin, contados en súbita excelencia y orla por Javier de Isusi, sin caídas ni errores, el mejor ataúd posible para a quien tantos dio alas y risas, el óbolo de Caronte en su gran peso de crónica y arte pleno.

Diego Medrano

Escritor

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(1)

+
0 comentarios