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La media sonrisa zorruna de David Jiménez

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 18 de junio de 2019, 20:08h

Las medias sonrisas son siempre zorrunas, gatunas, inteligentes. Las medias sonrisas zorrunas son elegantes, su contrario es la risotada, donde se ve la campanilla y los empastes, que Vicente Aleixandre tanto detestaba en Gil de Biedma y Miguel Hernández, muecas de camionero. Leo, sin pausas, el libro de la temporada del exdirector de El Mundo, David Jiménez: El director (Libros del KO). Todo es divertido: va con motes, El Cardenal (mano derecha de Pedro Jota en lo económico, director gerente) va a buscarlo a Nueva York, su periplo siguiente a Asia, se muestra entusiasta con sus titulaciones en Harvard y le habla en principio de una remodelación digital del periódico. Todo se narra desde lo pequeño: su llegada a la redacción, donde no le conoce ni el portero, sus primeros días, su puesta a punto o engrase en la marcha del diario, los consejos que le dan (muy bueno el de Pérez Reverte: “Líbrate de los amigos ruidosos y de los enemigos invisibles”). El intento de fundar otro periódico, salpicado de cotilleos jugosos, donde la lengua sale incluso un par de centímetros de la boca debido a las convulsiones de la carcajada, tan absurdas.

La dilapidación de la columna de Antonio Gala, que no lee nadie, e incluso sale dos días repetida sin que nadie se entere (llama por teléfono el propio Gala, para avisar). Las cifras de otros, que le llaman la atención, un columnista que gana cinco cifras y la llamada a Recursos Humanos, donde, sí, le explican que es una anomalía, que lo puso Pedro Jota, que cobra más que el director y el presidente, por haberse querido ir El País al no coincidir con la línea editorial, pero del que tampoco destaca cantidades (¿Serán mil euros por artículo, veinte mil al mes, según bulos, rumores y farolillos de mentidero?). Se nos cuenta por lo tremendo cómo renuncia al chófer, cómo vio él a directores americanos ir en Metro al curro, pero no nos cuenta el presunto cochazo de setenta mil euros que exige le compren (el Touareg, sí). Se nos cuenta su batalla en los ERE, pero no cómo buscó salvar su culo y no se implicó demasiado en algunos, según la redacción. Se nos habla de La Digna (exempleada de Aznar) y de El Poeta (que pide en los simposios a las afueras de Madrid volver a la información y al papel) y de David Gistau, con nombres y apellidos, que le corteja nada más llegar al cargo para salir de ABC y luego desaparece un tiempo, por si picó el anzuelo. Todo muy rico, muy frutal, muy batido, el concierto de amigos y enredadores en colisión.

El núcleo tiene dos ejes: uno, la pugna de empresarios por apartar noticias que les involucren, a su vez invirtiendo en publicidad; dos, el dilema eterno si apostar por el papel (en caída libre pese a fuegos de artificio u ocasión, estrenos de suplementos y demás) o una renovación digital que lleve a leer el periódico por móviles, ordenadores y tabletas. Desencuentros con El Cardenal, en busca de perras gordas para la empresa, junto a esa pasión de buscar como lazarillo al ciego gobierno de turno, por eso si caen más dólares. El Cardenal se la acaba jugando, enreda cartas, las lleva a Italia, se las muestra a los dueños del periódico, demuestra que la redacción no está con su director, le borran del mapa y hasta luego. Pleitos, conciliaciones, bailes sueltos y agarrados, e indemnización jugosa, que tampoco nos dice cuánto es, pero ofreciéndose El Cardenal a pagar un tanto de su bolsillo, por negar los italianos el monto total. Concierto de un periódico en convulsión, donde él no entiende cómo Umbral pudo cobrar lo de diez o quince redactores por un folio diario (“El puto folio”) y todo tiene una sombra a pasta, parné, dólares, pesetillas, en el azogue maldito de todos los espejos junto a la máquina del café. No consigue lo que se propuso desde el minuto cero: superar las insidias y cabildeos siniestros de la máquina de café.

En mitad de todo, tonterías, ataques a Cebrián, Pedro Jota y Anson (los llamados “Tres tenores”) por perseguir el poder. ¿En serio? ¿No será al revés? ¿No será el Poder, con mayúsculas, quien no deja de llamar a los periódicos porque siempre quiere cosas? Lo dice Miguel Ángel Aguilar en sus memorias: lo primero que hace el poder una vez constituido es formar su oficina de prensa, para un asunto muy simple, sin más rodeos, dar la Buena Nueva con las mínimas interrupciones. La constitución de la prensa como contrapoder la definió Anson de modo sucinto: “La prensa administra el derecho a la información que tienen los ciudadanos y ejerce el contrapoder, es decir, elogia al poder cuando el poder acierta, critica al poder cuando el poder se equivoca y denuncia al poder cuando el poder abusa”. Se mete, a las bravas, con el despacho de Anson en ABC, enorme, y que tenía un semáforo fuera (verde, rojo, ámbar) para regular visitas y llamadas telefónicas. El estudio, estudiar libros, sacar apuntes, trabajar, es algo que no admite interrupciones, y no cuenta, vaya por Dios, lo urgente y prioritario, que Anson ha ido a libro diario durante muchos años, donde no cabe escuchar las quejas de Fulano porque el váter echa el agua fuera. ¿Los Tres tenores? No, amigo, estamos muy cansados de que el éxito en este país siempre sea sospechoso. Aquí lo único que cuenta es la capacidad de trabajo de cada cual, si puedes currar cinco horas seguidas, diez o quince. ¿Quién en la prensa española ha publicado una columna diaria sin desfallecimiento? Otra demagogia repugnante, muy en la linde con ésta, es la de calificar de personalismo el diario hecho por El Cardenal y Pedro Jota, y todo el rato con la matraca de huir del personalismo, abandonar el personalismo, dejar atrás el personalismo, etc. ¡Pero si fueron ellos los que inventaron el periódico, en funcionamiento durante veinte o treinta años! ¿Lo tuyo no es personalismo? Es de chiste.

El papel, sí, como debate eterno, unos profetas de su desaparición, otros nostálgicos de su vuelta, tres mil quioscos cerrados en España durante la crisis y mucha gente que si no hay promoción, regalito, algo que llevar a casa, no suelta dos o tres euros por el amasijo tierno y caliente de las hojas volanderas. Limpiezas de doscientos ochenta trabajadores –se dice pronto-, escabechinas sucesivas, compañeros que no se sienten arropados y su afán por mantenerse purísimo –en contra de El Cardenal- sin saber cómo va a entrar el oro que pague todo el tenderete. Alaba el reporterismo, llega a ver la corresponsalía como exilio lujoso o dorado, pero nada nos cuenta de sus presuntos alquileres en el extranjero, a dos mil euros la vivienda y una serie de lujos que no sé si corresponden a un guerrillero en conflicto. Estopa, ventilador de mierda fresca a doble turno, dimes y diretes, insidias, apuñalamientos por la espalda. Todo muy bonito pero solo falla un asunto, no nos creemos a un tío de cincuenta años ingenuo, así de simple. La ingenuidad va con los granos y los primeros afeitados. José María García dijo que, si es como dice Jiménez, no le conocía ni el portero, le había tocado la lotería con el cargo. ¿No se enteró? Eso no tiene nada que ver con el cerebro y la percepción, se va sintiendo por los tobillos hacia arriba. Lean El director, va en sintonía con el vermú de mediodía, sin gamba. Sospechamos que, con el semáforo de Anson, se hubiese dejado llevar más por la mesa diaria de trabajo que por los flashes nefandos (tertulias, radios, televisiones, colorín variado…). Les convoco, a título de despedida y cierre, al excelente reportaje que hoy, hace escasas cinco horas, publica Periodista digital sobre los enredos del personaje, con tal de influir en el despacho de su hermano abogado, sí, desde El Mundo, en contra de otros hermanos, los del arquitecto Joaquín Torres, por una presunta estafa de medio milloncete de euros. Artículos engañosos, crónicas de mentiras contra los Torres, a la que habría que añadir una operación similar donde pone en la diana a José Luis Montes Toyos, párroco de San Ginés en Madrid, paralelo al lío anterior, donde acusa al cura de llevarse dinero a Suiza. Precioso.

Diego Medrano

Escritor

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