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ORIENT EXPRESS

Viajar a Oxiana con Byron

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 30 de junio de 2019, 19:32h

El verano es tiempo de lecturas. Todos los viajeros hemos pasado por este libro. Como Homero y Jenofonte, como Ibn Battuta y Aymeric Picaud, Robert Byron (1905-1941) es un maestro del libro de viajes. Para disfrutar su obra, lo primero que hay que hacer es evitar la confusión con George Gordon Byron (1788-1824), “Lod Byron”, que sin duda hubiese disfrutado con este diario de una ruta por tierra y mar desde Venecia hasta la frontera norte de Afganistán a través de Jerusalén, Damasco y Bagdad en busca de los orígenes de la gran arquitectura islámica.

Educado en Eton y en Oxford, cohonestó su vocación de escritor con la de orientalista e historiador del arte. Le fue dado presenciar algunos de los momentos más terribles del siglo XX: el éxodo de los griegos del Imperio Otomano, el gran incendio de Esmirna de 1922, el gran desfile nazi en Nüremberg en 1938. El gran amor de su vida -nunca correspondido- fue el esteta Desmond Parsons. Byron murió en 1941 a los 35 años cuando servía a bordo del SS Jonathan Holt, que fue torpedeado por un submarino U-97 alemán en el Atlántico Norte. Su cuerpo nunca apareció.

El “Viaje a Oxiana” es el relato en forma de diario de un periplo entre agosto de 1933 y junio de 1934 en pos de los tesoros de la arquitectura islámica. Está lleno de anécdotas divertidísimas -desde las formas de sortear la burocracia persa hasta las descripciones de los hoteles- y de aventuras camino del Turquestán. Sin embargo, no es sólo un relato de las vicisitudes de un viajero, sino una exploración de la historia, el arte y la espiritualidad de la gran civilización islámica que floreció en Persia, el Asia Central y las dos orillas del Amu Daria -el río que los griegos llamaron Oxus- entre los siglos IX y XVIII. Las descripciones de las ciudades con sus bazares rebosantes de colores y el caos de las calles no enervan la profundidad y la delicadeza de los detalles de las mezquitas, los mausoleos y las madrasas. A su paso por Maragha (14 de octubre de 1933), Byron describe la Rasat-khana, el observatorio construido por Hulagu Kan (1217-1265), el gran mongol que gobernó Persia y ordenó construirlo para el matemático y astrónomo Nasir al-Din al-Tusi (1201-1274). Las entradas de noviembre de 1933 en Herat, en el actual Afganistán, son un compendio de la cultura de los persas, los mongoles y los timúridas. De su mano, atisbamos el gran renacimiento que, desde Samarcanda, irradió literatura, ciencia y arte y cuyas creaciones se mantienen hoy en pie desde Irán hasta Afganistán. La comparación que hace con los Medici no es exagerada en absoluto.

Gracias a Byron, comprendemos la complejidad de esta región, encrucijada de pueblos iranios, turcomanos, árabes y mongoles, chinos e indios. Atisbamos la importancia de aspectos de la historia islámica a menudo soslayados, como el imperio de Tamerlán o la Persia de los safavíes. Damos entrada a la mística y la poesía en un mosaico de miradas y descripciones que enriquecen nuestra comprensión del mundo islámico de hoy.

Este libro le hace justicia a la cultura de Afganistán y a su influencia sobre Persia y el Asia Central. Byron presta atención a las ventanas, los muros, las cúpulas. Conduce nuestra mirada a los detalles que revelan la ambición de un proyecto o la complejidad de una solución arquitectónica. Salpica el relato de referencias históricas, de nombres, de biografías. La edición que yo tengo a la mano, ¡ay!, no tiene más ilustraciones que los mapas y la fotografía de la portada, un ventanal de Shiraz que da sobre las montañas, pero la imaginación del lector puede suplir las fotografías o dibujos que nuestro corazón echa en falta.

Si es cierto, como escribió Melville, que se puede nadar a través de bibliotecas y navegar a través de océanos, “Viaje a Oxiana” supone una etapa bellísima y delicada de una ruta interior a través del tiempo y el arte.

No dejen de leerlo estas vacaciones.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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