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FRACASA MEJOR

Un Vila-Matas perfecto

martes 02 de julio de 2019, 20:31h

Enrique Vila-Matas trasmite a gritos su ambición de borrar su imagen y triunfar como escritor. Quiere hasta límites increíbles modificar lo que dice el modificador modificando la melena revuelta con la mano de la Literatura. “Absorber y absorber, y ante todo huir de las malas horas y de los malos tragos”. Cree en los tropiezos del lector y, personaje individual, intenta vivirse, y tantas veces como intenta vivirse, se encuentra riéndose a carcajadas de la idea de vivirlo. Su novela Esta bruma insensata (Seix Barral) quiere ser repetición de algo sin repetir los nombres del pasado. Hay sombras ante su camino, una sombra cuyo plan es escribir tras un sueño intranquilo, a la manera de Kafka, convertido en un monstruoso insecto, en un diamante astillado y distinto que no es pulverizado por los martillazos de la verdad. El mundo se adaptó a su obra circundada por citas como volcanes. La disciplina del recolector de citas es muy severa y el autor barcelonés coge una cogorza impresionante de lecturas.

Enrique, armando tal alboroto, nos arrastra hacia lo maravilloso, hacia la clarividencia literaria con sentencias que sirven para toda la vida, inventándose lo que se llamó “vilamatismo”, que no es otra cosa que conseguir que todo sea definitivamente irreal, fuera de sí mismo, con un tedio de exilio, como un fantasma en boga que deja de ser un pararrayos, que deja de parar rayos para llegar a digerirlos. Cuida entonces, dando palmaditas bajo el mentón, de las personas que como él contraen la enfermedad literaria. Los contenidos que trepan hasta nuestro hombro son siempre los mismos y siempre distintos (La asesina ilustrada, Historia abreviada de la literatura portátil, El viaje vertical). La bruma de Enrique Vila-Matas tiene una voz permanente en dos tonos, como si fuera una conversación de dos sonámbulos. El citador tiene la gran ilusión por falsificar sonriendo amargamente. Y ya se sabe que el mundo podría no ser tan malo si intentáramos citar un poco más. Vila-Matas está sentado en un cuarto pessoano, donde parece que haya estado siempre y la crítica ya le va cogiendo el tranquillo. Tiene ansia de llevar a cabo las increíbles hazañas de resistencia que ha presenciado y lo metaliterario es aquí más radical que nunca y queda iluminado por una especie de fulgor muy enérgico.

Todas sus novelas nos hacen ver que es un jugador que se reserva su mejor jugada para el momento de la escritura. Enrique Vila-Matas distendido, expandido, multiforme, ilimitado, transformado. Quien lo lea correctamente, encontrará un personaje como Simon Schneider, y pensará sin muecas extravagantes ni chistes trillados: “Ahora puedo entrar en la vida”. Esa es la clave para encontrar sin cortinas oscuras el sentido de todo. Claro, beber el espíritu del libro es percatarse de que hay autores que nos enseñan la puerta de salida diciéndonos que no hay ningún olor que sea igual a otro, como no hay ninguna novela de Robert Musil que sea igual a otra, acortándole mil novecientas páginas. Quedaría hecha una pena. Escribir una novela es dar vueltas en la oscuridad y no permanecer durante horas como una percha en un rincón de la habitación. Ya ven qué fácil. Un escritor escondido en Nueva York a la manera de “gran oculto”, y un habitante de una casa que se reduce a un susurro en un acantilado construyen el reino literario que nos ocupa. Escribir o no escribir. Soñar la propia vida sin ser barrido por el viento audible, como un intervalo entre lo que se es y lo que no se es.

Lecturas como escalones que nos llevan a una montaña de dificultades, el autor sabe que los grandes momentos epifánicos te llevan a un abismo privado donde cada escritor puede sentirse un próspero constructor que puede estar leyendo sin quedar jamás satisfecho. Sus ojos lanzan chispas. Enrique Vila-Matas abre la puerta, se ve inmediatamente. Se siente inmediatamente descubierto. Vivencias sin caviar negro ni galletas, Clubes de los narradores no fiables, siempre cerca de Georges Perec, de Robert Walser, de Walter Benjamin, de Karl Kraus, de Marcel Duchamp, de Wiltold Gombrowicz. Novelista con la estrategia del propio Thomas Pynchon, de obra inacabada, de abandonar una historia y querer saber cómo acaba, capaz de crear él mismo la realidad anotador de lo ajeno.

No olvida que parte del trabajo proviene del inconsciente mientras busca un papel que sea una ampliación de sí mismo. Precisamente Enrique Vila-Matas es cambios continuos de perspectivas, frases fulgurantes, desahogo de pena.

Sabe que “lo que necesita la narrativa actual es empezar de nuevo”, esto es, nuevas prácticas, discutidoras y belicosas. “Leo cada día Heráclito y algunos poetas modernos, como P. Celan, y aunque no comprendiera esos textos, los aprendo de memoria para que formen parte integrante de mi ser” (Steiner). El gran maestro / maestre de la ficción que piensa que Kafka fue Kafka, un genio con casa llena de distanciamiento. Busquemos la cita que nos mantenga encerrados dentro de nosotros mismos y que nos lance a zarpazos para ausentarnos y dejar una voz potente y cálida que no es voz, en múltiples direcciones, como un halo roto.

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