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FRACASA MEJOR

Woody Allen, en su mundo

Miguel Ángel Gómez
lunes 22 de julio de 2019, 21:05h

Llega a Donosti Woody Allen, cualquier detalle, por pequeño que sea, sobre el cine, le fascina. Woody Allen, validez, solidez. Le da al cine una variedad irresistible. Los actores son un folio de trabajo. Llega con su propio mundo a sus 83 años. Yo tengo una confianza implícita en él y en su hoja de servicios sin tacha. El director de Annie Hall sabe que el mejor cine de la modernidad lo han filmado los grandes directores que se plagian a sí mismos. Ha descendido ante nuestros ojos Woody Allen, como desciende a veces, sin querer autoglorificación. Se ha traído de Nueva York sus sueños caóticos como ratones bailando un vals, como cobayas, como ardillas, que dijera Henry Miller. Ya saben ustedes, quiere entregarse glosando el paso del tiempo como Sócrates. El actor cuya intimidad es de todos, con el fruto de su propio esfuerzo. Dice no ser un hipocondríaco sino un “alarmista”. Hay algún arte, alguna grandeza, en las enfermedades. Lo cierto, sí, es que desde el miércoles comenzó a grabar. Woody Allen, validez, solidez. No se jubila y nos lleva fuera del tiempo y del espacio con Rifkin’s Festival, la número 51 de su filmografía, con localización en las localidades de Pasaia y Zumaia. La trama tiene un costumbrismo local, un matrimonio estadounidense llega al Festival de Cine donostiarra y, qué se le va a hacer, ocurren cosas que tienen trascendencia cómica en sus vidas y en sus matrimonios. El cineasta de Brooklyn, el Bergman que controla el desamor con sangre fría, no se desanima fácilmente porque no desconfía de sus poderes.

Woody Allen, validez, solidez. Inicia el rodaje de su película inocente y diabólica. “Probablemente me muera en medio del montaje de una película”, dice. “O en un plató, rodando”. Aquí estoy en mi cuarto habitual, donde me parece haber estado eternamente. Suena, aclarando la confusión y arreglándolo todo, Charlie Parker. Woody Allen: en él hay mucha literatura vibrante, apasionante, cada día se sienta en un escritorio a hablar de cínicos, libertinos, insensibles, etcétera. Su público, sin los ojos ciegos de Max Estrella, no se aburre, les hace pensar que todo lo que ocurre en su mundo woodyallenesco es, en realidad, una gran historia. Todo es un drama fascinante. Cada día va comprobando uno más que “no importa lo que ocurra, hay que centrarse siempre en el trabajo”. Lo dijo en los últimos tiempos Andrés Trapiello: “La hija adoptiva de Woody Allen le acusa de abuso sexual, leo hace un rato en la sección de… Cultura (…) Me escandaliza casi tanto como que lo que dice Dylan Farrow sea verdad”. Coincido con el novelista, nada hermético ni retraído, en que el mayor de los logros de la justicia es la presunción de inocencia, y me repito aquello que se decía en Crimen y castigo: cien sospechas no hacen una evidencia. Es listo Woody Allen y a pesar de oír ruidos de la herrumbrosa cadena del ancla, que da tirones, debido al oleaje producido por la intensa corriente de la crítica, sigue filmando como si estuviera en el mar, navegando.

Con una inteligencia a punto de salir volando hacia nuevas metamorfosis, el director neoyorkino detesta la industria comercial, da la vuelta y se aleja del mismo modo que se haría ante un jardín cerrado al que nadie te invita a entrar. Se muestra distendido, tiene la costumbre europea de revelar los misterios para poder vivir en ellos. Si un Donosti manhattanizado parece raro, es por ser tan apropiado ¿Es feliz? Sí, es feliz haciendo tantos guiones diferentes para ser feliz. Espía gotas y gotas de lluvia en Nueva York y las trae a nuestras salas. Ahora llega un proyecto con luz y sin torpor. Lo protagonizan caras conocidas, Elena Anaya (“Wonder Woman”, “La piel que habito”), Louis Garrel (“Un hombre fiel”), Gina Gershon (“El juego de Hollywood”), Wally Shawn (“Manhattan”, “Días de radio” o “Nunca fuimos ángeles), Sergi López (“El laberinto del fauno”) y Christoph Waltz (ganador del Oscar por “Malditos bastardos” y , “Django desencadenado”, ambas del natural /desatado Quentin Tarantino).

La metáfora de Allen, el Premio Príncipe de Asturias de las Artes con estatua en Oviedo y gafas / antifaz, el mago que consigue hipnotizarnos, no cuenta con ningún tipo de protección. Metaforiza cuando es mencionado en algún lugar y las reacciones le dan una enérgica bofetada. Su metáfora se deshace de todo lo superfluo. La metáfora, en el risco de las meditaciones de medianoche, sabe que el corazón es un viajero incesante. Woody Allen, validez, solidez. Te escribo estos folios como si escribiera a otros directores y directoras de gran eslora: Alfred Hitchcock, Fraçois Truffaut, Sofia Coppola, Federico Fellini, Agnès Varda, Jane Campion, Peter Bogdanovich, Brian de Palma. Sólo este artículo para decir que el tramoyista aprieta el gatillo contra las emociones. El amor es pegajoso. Mírate. ¡Ah, eres tú!, exclaman. Llega la imaginación y la fantasía definitiva y definitoria de la ruptura con la incultura que no nos da ninguna alegría. Los dedos de Woody Allen tiran de la puerta en la duna del jazz.

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