Hoy toca la resaca de la bronca, lo que en un día se quiso pintar al óleo como farsa se comprobó todo lo contrario, distancia y, hoy más que nunca, ruptura y final. Creo la mayor: Pablo Iglesias quería el control absoluto de la mitad de los gastos y el cien por cien de los ingresos, el camino justo hacia Venezuela o Cuba, todo en manos del Estado. Creo en la menor: la soberbia de Pedro Sánchez fue mayúscula, siempre vio en él el mayor competidor, no se fio y por mucho que quisieran pintar con brocha gorda los ministerios cedidos, eran eso, jarrones chinos, adornos tipo Cultura, Sanidad, Igualdad, etc, que en general no son aquellos que por medio de las perras cambian la vida de las personas. Vamos a elecciones, no volverá a crecer la hierba bajo la tierra quemada, nada los une y el odio ya los separa, porque todas las comparecencias fueron a cara de perro.
Da un poco de tristeza, preñada de lasitud y mansedumbre, tedio privado y náusea al ver desde el burladero el completo fracaso institucional. La Transición fueron políticos jóvenes, en armonía, que supieron llegar a la concordia para sacar adelante el país: su nervio hacía vibrar a la calle, todos a una salían del fango, el franquismo quedaba más enterrado, se salvó el escollo de su resurrección callando a los militares (Don Juan Carlos y Suárez de por medio) y democracia y libertad se estrenaban en mayúsculas y para todos. Esto de ahora son azumbres frescos de garrota, como en el cuadro de Goya, bulla y ninguna dirección sostenible, violencia gratuita y asco. “La izquierda pierde hasta cuando gana”, dijo Sánchez, y la derecha (Vox, PP) no quiere saber nada de esta grada justo cuando el centro quiere ser más derecha que nunca (Ciudadanos). Los “indepes” (catalanes, vascos, etc) piden respeto, se saben contando poco en la jarana debido a su número insignificante, y Baldoví (tan amigo de Sánchez) le recordó a Aretha Franklin como manera de acercarse al otro cuando todos apagan los fuegos de julio con gasolina generosa.
Patio de colegio, refriega de monipodio, barriada de ventanuco a ventanuco, corrala donde la ropa limpia se ensucia con palabras y escupitajos ajenos. Se olvidan todos de lo principal: cobran el pastón que cobran para ponerse de acuerdo, tener en primer lugar sentido de Estado y vivir centrados, entregados, sí, en aquello que les une y no en cuanto les separa. Si uno quiere gobernar, derogar leyes y demás, que gane las elecciones, cuando no las ganó. Si el otro quiere gobernar en solitario, lo mismo, que hubiese ganado las elecciones y así no necesitaría socios, ni preferentes ni los últimos de la fila. “Es lo que hay” dicen los jóvenes, pero ellos no se enteran, las ganas o el apetito deberían estar fuera de las negociaciones, hay que partir la tarta a tenor de las urnas y de los resultados obtenidos. Punto final.
Todos los últimos libros de Andrés Trapiello van en busca de algo que este país olvidó: la Tercera España. La guerra incivil fue entre hermanos, unos contra otros, unos en ocasiones casados con los del bando contrario, amalgama imposible de separar, y esa Tercera España (ni izquierda ni derecha) todavía no se ve en las instituciones por ninguna parte. Se lo decía estos días a Julio Valdeón: ¿Dónde está la izquierda nacional? La defensa del territorio nacional, de la unidad de España, debería estar por encima de ideologías de uno u otro sesgo. El castigo, severo, debería ser un correctivo para disidentes e imitadores. Fue todo perverso, bajo ningún concepto debemos regalar Cataluña a nadie y es demagogia repugnante de “¿Cuándo votar fue delito? ¿Cuándo poner urnas a la ciudadanía fue delito? ¿Cuándo preguntar al pueblo fue delito?” debería borrarse desde sus primeros conatos. El nacionalismo es odio, la Constitución brinda espacios y lugares para todas las preguntas posibles y las imposibles, cumplir con ella y no violándola a tenazón es el protocolo sacro que nos une a todos sin distinciones.
Triste la bronca, triste el desencuentro, más triste la distancia actual entre unos y otros, insoportable el desierto donde el agua de la concordia escasea y perder la poltrona o el sillón es lo crucial. ¿Eso es servicio público? ¿Ganas de cambiar las cosas? Pura reyerta tabernaria, quinqui, alejada de la política íntegra y de la oratoria brillante, de la palabra como bote salvavidas en el naufragio. Reyerta, botellón, traición de las navajas cachicuernas bajo las mejores sonrisas y manos tendidas. No les pagamos para semejante derroche, señores. Lo peor de la separación es el tiempo desperdiciado en la oportunidad del acercamiento. A ver si se enteran: unas veces se gana y otras se aprende. Nadie habla desde el otro, nadie cede y todo suena a envilecimiento: no es el arte de hacer política sino el de poder o no enriquecerse, por eso la visceralidad en la supervivencia. Repugnante.